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Cinco minutos más

Una radiografía del cansancio, la precariedad y la necesidad de dormir cinco minutos más 

«Cinco minutos más» es, probablemente, la frase más repetida de nuestra vida. Casi la primera que pronunciamos con verdadera convicción. Desde pequeños, nuestro mayor sueño siempre ha sido —valga la redundancia— seguir nadando en él, permanecer un poco más en ese lugar tibio donde el mundo todavía no exige nada.

Cuando somos niños niños no queremos ir al colegio, levantarnos temprano, estudiar los verbos irregulares o hacer filas en el patio con frío. Cuando somos mayores, simplemente no queremos enfrentarnos a la interminable lista de problemas que nos espera nada más apagar el despertador ni armarnos de valentía para poner un pie —a poder ser, el derecho— en el suelo.

Apagar el despertador en ocasiones puede ser un deporte de riesgo. No todo el mundo está preparado para poder apagar las 40 alarmas programadas. A las 8:00, 8:03, 8:05, 8:10. Como si retrasar unos minutos el despertar pudiera retrasar también todo lo demás.

La vivienda. El trabajo. El alquiler imposible de un piso diminuto. La incertidumbre de no saber si la empresa que te explota durante tu periodo de prácticas acabará contratándote algún día. El miedo constante a quedarse atrás. Llegar a casa con la espalda encorvada, el pelo revuelto y los ojos dolorosos y secos de mirar pantallas durante horas. Que por dolor te duela hasta el aliento y aún así acumules más minutos trabajados que esos «cinco minutos más» en la cama que mendigas cada mañana.

Nos dijeron que el cansancio era temporal, que todo esfuerzo tendría recompensa, pero hay generaciones enteras viviendo en una especie de agotamiento estructural. Dormimos menos y descansamos peor. Y no es casualidad que el insomnio se haya disparado después de la pandemia. Aquellos meses dejaron algo más profundo que mascarillas y distancia social.

Hay quien se despierta varias veces de madrugada para revisar el teléfono sin motivo aparente. Hay quien tarda horas en conciliar el sueño pensando en facturas, contratos temporales o entrevistas de trabajo. Otros simplemente ya no recuerdan qué significa descansar de verdad. Porque la precariedad tiene una crueldad silenciosa, que desafortunadamente no termina cuando sales del trabajo. Se mete contigo en la cama y no te deja contar ovejas en orden.

Y mientras tanto, seguimos romantizando el agotamiento. Vivimos en una época donde estar cansado parece una obligación moral. Si duermes ocho horas eres un vago; si sobrevives a base de café y ansiedad, entonces eres productivo. Hemos convertido las ojeras en una estética y el estrés en una personalidad.

Por eso esos cinco minutos extra no son pereza. Son una forma mínima de resistencia. Un intento desesperado de retrasar el momento de volver a un mundo que aprieta demasiado. Nuestros padres soñaban con comprarse una casa. Nosotros soñamos con dormir una noche entera sin despertarnos pensando en el mañana. Y cada amanecer repetimos el mismo ritual. Suena la alarma, abrimos apenas un ojo y negociamos con la vida cinco minutos más.

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