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Las mujeres también piensan en el sexo

¿Por qué seguimos aceptando mejor a las mujeres deseadas que a las mujeres que desean?

Quizá una de las contradicciones más curiosas es que muchas veces resulta más fácil practicar el sexo que hablar de él. Tenemos relaciones, compartimos intimidad, mostramos nuestros cuerpos y, sin embargo, seguimos encontrando dificultades para expresar lo que deseamos, lo que nos gusta o aquello que no queremos. Como si la acción estuviera permitida, pero la palabra siguiera estando vigilada. Tal vez, el tabú no es el sexo, sino la posibilidad de nombrarlo.

Estamos rodeados de mujeres sexualizadas, en anuncios, películas, videoclips, redes sociales o pornografía. Los cuerpos femeninos han sido protagonistas del arte, la literatura, el cine o la fotografía durante siglos. Hemos sido musas, amantes, esposas, madres, solteronas, vírgenes y prostitutas, siempre observadas desde todos los ángulos posibles. Sin embargo, durante mucho tiempo, apenas hemos tenido la posibilidad de hablar desde nuestra propia experiencia. La cuestión no es la ausencia de representación, sino quién sostiene la mirada y quién es observado.

Las mujeres queremos ser sujetos, no objetos. La sociedad está llena de cuerpos femeninos deseables, pero muchos menos de aquellos que dicen «quiero o no quiero esto», «me gusta así». ¿Cuántas han vivido experiencias sexuales sin preguntarse realmente qué deseaban? ¿Qué sucede cuándo son conscientes de poder ser sujetos del placer? 

¿Qué ocurre cuando una mujer deja de ser el personaje de una historia y empieza a contarla?

Resulta interesante observar cómo distintas creadoras han intentado abordar estas cuestiones desde representaciones audiovisuales, el arte, la fotografía o la literatura. Hace unas semanas vi la serie Cochinas, de Prime Vídeo y qué decir aparte de que nunca había visto una serie con tanto contenido sexual y realmente tan poco sexualizada. Porque de eso versa la serie, de tratar la sexualidad de forma visible, como parte y elección del ser humano. 

Escrita por Irene Bohoyo y Carlos del Hoyo, y dirigida por Andrea Jaurrieta, Laura M. Campos y Núria Gago, la producción cuenta con una marcada mirada femenina sobre el deseo y su expresión. A través de la industria pornográfica y del contexto de los años noventa, la serie explora la represión social y sexual de las mujeres y muestra dinámicas que, aunque hayan cambiado de forma, siguen resultando sorprendentemente reconocibles.

Si algo deja claro esta serie es la necesidad de la educación sexual y una industria pornográfica que no emplee —porque no hay otro verbo para describirlo— a la mujer como objeto de placer.  Hemos aprendido demasiado sobre cómo somos vistas, pero mucho menos sobre cómo deseamos. Desde adolescentes, o incluso antes —si «somos muy maduras para nuestra edad»— aprendemos a cómo sentarnos, vestirnos, gustar, parecer interesantes o resultar atractivas. Mientras que en pocas ocasiones se nos pregunta qué queremos en lugar de qué deberíamos o sería apropiado querer, solo qué queremos.

Por qué se ha querido controlar la sexualidad femenina

El pilar del sometimiento de la mujer en cualquier aspecto social, profesional o ámbito personal y del hogar está íntimamente ligado con el sometimiento sexual. Si una persona no es tratada como igual en la intimidad y vulnerabilidad de un cuerpo desnudo, con los mismos deseos y placeres, ¿cómo puede esto suceder en la esfera pública? Puede que la respuesta esté en la célebre frase: «el conocimiento es poder».

Controlar el deseo implica controlar la autonomía. Una mujer que sabe de sus deseos, límites y placer, y que puede expresarlos libremente es mucho más difícil de someter que una mujer educada para gustar. Quizá el problema nunca fue que las mujeres tengamos sexualidad, sino que este aparece cuando esa sexualidad deja de estar al servicio de otros y pasa a pertenecernos

Portada del libro "I want orgasms, not roses" | Fuente: evaszombat
Portada del libro «I want orgasms, not roses» | Fuente: evaszombat

Otro día, paseando descubrí una pequeña librería, y un título consiguió detenerme en seco: I Want Orgasms, Not Roses. Más allá de la provocación aparente, aquella frase me hizo pensar sobre una idea profundamente arraigada: que el deseo femenino necesita una explicación. Si se busca enamorarnos para poder mantener una relación sexual se está haciendo únicamente por placer ajeno y colocando por debajo nuestro deseo.

Y sin embargo, seguimos asociando el deseo femenino al enamoramiento mucho más de lo que hacemos con el masculino. ¿Por qué parece que una mujer necesita una justificación sentimental para desear, mientras que el deseo masculino se acepta como algo autónomo? 

Representaciones femeninas desde dentro

La artista Cindy Sherman dedicó décadas a fotografiarse a sí misma convertida en personajes femeninos distintos. Más que autorretratos, sus imágenes funcionan como una exploración de los papeles que históricamente se han proyectado sobre las mujeres, recordándonos que ser representada no es necesariamente lo mismo que representarse.

Rosalía fotografiada por Petra Collins
Rosalía fotografiada por Petra Collins | Fuente: Instagram (@petrafcollins)

No queremos ser valientes por hablar de sexo, ni liberales por no escandalizarnos ante él. Tampoco reprimidas por no responder a expectativas ajenas. Mucho menos modernas o avanzadas por reconocer algo tan simple como que tenemos deseo. Porque quizá la cuestión nunca fue si las mujeres tienen sexo, eso nadie lo discute. La cuestión es que seguimos viviendo en una sociedad que acepta mejor a las mujeres deseadas que a las mujeres que desean. 

Y sin embargo, también pensamos en sexo. Sentimos curiosidad, fantaseamos, elegimos. También podemos querer una historia de amor o una noche sin ella. No porque seamos más libres, más modernas o valientes, simplemente porque somos personas. La cuestión nunca fue únicamente quién podía ser deseada. La cuestión es quién tiene derecho a nombrar su propio deseo y convertirlo en relato.

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