El país se pone en pausa mientras los problemas nacionales avanzan
Agosto tiene algo de pacto no escrito. Las ciudades se llenan de turistas, los correos electrónicos comienzan a responderse de manera automática y una frase se convierte en habitual: «Lo miramos en septiembre».
Es el mes del descanso y de las vacaciones. Y eso, sin duda, es positivo. Descansar no es un privilegio, sino una necesidad. Sin embargo, una cosa es que las personas se tomen unas semanas de desconexión y otra muy diferente es que un país entero entre en modo de espera.
En España, agosto sigue funcionando como un paréntesis colectivo. La actividad política disminuye hasta casi desaparecer, las administraciones ralentizan sus trámites, las reuniones se posponen y proyectos que podrían resolverse en días quedan parados durante semanas. Es como si el calendario nos hubiera convencido de que los problemas también se toman vacaciones.
Pero la realidad nunca ha entendido de meses. La economía no deja de moverse porque sea agosto. Los ciudadanos continúan necesitando respuestas del Gobierno, las empresas siguen tomando decisiones y las emergencias no esperan a septiembre para aparecer. Tampoco lo hacen las olas de calor o los incendios forestales como los vividos recientemente en Andalucía, Cataluña y Castilla-La Mancha.
Paradójicamente, vivimos en una sociedad que presume de estar permanentemente conectada. Podemos realizar gestiones desde el móvil, firmar documentos electrónicamente o celebrar reuniones a miles de kilómetros de distancia. La tecnología ha eliminado muchas barreras, pero todavía no puede sustituir la voluntad de responder, decidir o gestionar. De poco sirve que un trámite pueda iniciarse por internet si nadie lo revisará hasta dentro de un mes.
No se trata de cuestionar el derecho a las vacaciones. Todo lo contrario. Una sociedad que no descansa es una sociedad menos productiva y menos saludable. El debate debería centrarse en cómo organizamos ese descanso para que el funcionamiento de las instituciones y de muchos servicios no dependa de que el calendario marque agosto.
Otros países de Europa también disfrutan de vacaciones estivales, pero la sensación de parálisis generalizada resulta menos evidente. Las plantillas se organizan de forma escalonada y la continuidad de los servicios forma parte de la planificación. En España, en cambio, todavía persiste la idea de que septiembre es el verdadero comienzo del año, como si julio y agosto fueran un largo punto y aparte.
Quizá esa cultura tuvo sentido hace décadas, cuando la economía era distinta y la actividad dependía mucho más de los ritmos industriales. Hoy vivimos en un entorno globalizado que funciona las veinticuatro horas del día. Mientras nosotros aplazamos decisiones hasta la vuelta del verano, los mercados continúan abiertos, las inversiones siguen moviéndose y otros países mantienen su actividad con normalidad.
Ni siquiera la política escapa a esa lógica. Resulta llamativo que Pedro Sánchez tenga las vacaciones más largas de todos los presidentes de Europa mientras su gobierno está inundado por los casos de corrupción. Esas cinco semanas de vacaciones transmiten la idea de un país que asume que agosto es «tiempo de espera» incluso para su líder.
Mientras tanto, la vivienda sigue siendo inaccesible para miles de jóvenes, la presión migratoria continúa y las familias siguen sufriendo el aumento del coste de la vida. A ello se suma un aspecto del que se habla menos: el impacto de las altas temperaturas sobre la salud mental. Un estudio del Imperial College de Londres ha constatado que el calor extremo empeora el bienestar psicológico y aumenta la irritabilidad.
Quizá haya llegado el momento de cambiar esa costumbre de dejarlo todo para después del verano. No porque debamos trabajar más, sino porque podemos organizarnos mejor. Un país moderno debería ser capaz de garantizar el descanso de quienes lo hacen posible sin dar la sensación de que durante un mes entero las decisiones importantes dejan de serlo.
Porque, mientras nosotros disfrutamos de unos días de descanso, los problemas siguen ahí. Y esos, por mucho que lo intentemos, nunca se van de vacaciones.


