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Noventa minutos de patriotismo permitido

La bandera de España une en los acontecimientos deportivos, pero divide en la vida cotidiana 

Hay pocas imágenes más normales en España que una multitud con la bandera nacional pintada en la cara y cantando el himno antes de un partido de la selección. En esos momentos, nadie cuestiona el patriotismo. Nadie sospecha de las intenciones de quien ondea una bandera ni se pregunta qué ideología esconde detrás. Es un patriotismo aceptado, celebrado e incluso compartido.

La situación cambia cuando ese mismo símbolo aparece fuera del estadio. La bandera en un balcón, una pulsera con los colores nacionales o una reivindicación explícita del orgullo de pertenecer a España pueden generar incomodidad e incluso enfrentamiento.

Lo que durante noventa minutos se interpreta como un sentimiento colectivo legítimo puede convertirse, al día siguiente, en motivo de controversia. Puedes acudir al España-Uruguay con una bandera a la espalda y nadie te dirá nada. Prueba a colocarla un día cualquiera en tu balcón y no faltará quien te etiquete políticamente antes siquiera de conocerte. Esta diferencia plantea una pregunta interesante: ¿por qué existen formas de patriotismo que la sociedad acepta y otras que incomodan?

La respuesta tiene mucho que ver con el contexto. En el deporte, el patriotismo se percibe como una celebración. Es emocional, festivo y temporal. No pretende influir en decisiones políticas ni cuestionar modelos de Estado. Simplemente expresa apoyo a un equipo que representa a un país. Por eso genera consenso.

El orgullo de las victorias compartidas

El historiador e hispanista francés Benoît Pellistrandi sostiene que los éxitos deportivos españoles de las últimas décadas han contribuido a renovar el patriotismo en nuestro país. Un patriotismo que define como «simpático«: no excluyente, no basado en una supuesta superioridad sobre otros pueblos, sino en la celebración colectiva de los éxitos compartidos. Es el orgullo de sentirse compatriota de quien gana un Roland Garros o de una selección que conquista un Mundial.

Precisamente ahí aparece una de las paradojas españolas. Nos sentimos cómodos compartiendo la alegría de las victorias, pero no tanto reivindicando con naturalidad los símbolos que representan a esa misma comunidad nacional cuando desaparece la emoción del triunfo.

Algo parecido ocurrió durante la pandemia. En pleno confinamiento, miles de personas colgaron banderas en sus balcones y ventanas. En aquellos meses de incertidumbre, miedo y aislamiento, los símbolos nacionales dejaron de ser objeto de debate para convertirse en un elemento de cohesión.

La bandera representaba entonces algo más grande que una ideología: la resistencia colectiva frente a una crisis compartida. Parece que, cuando una sociedad se enfrenta a una amenaza común o celebra un éxito colectivo, la bandera une. Paradójicamente, cuando regresa la normalidad y desaparece ese sentimiento de propósito compartido, el mismo símbolo vuelve a generar divisiones que antes parecían haber quedado en suspenso.

La historia reciente de España ha provocado que determinadas expresiones de identidad nacional hayan sido asociadas a posiciones ideológicas concretas. Sin embargo, el problema no es que algunos hayan hecho uso de esos símbolos, sino que otros hayan decidido abandonarlos.

Porque la bandera no pertenece a ningún partido político ni a ninguna ideología en particular. Pertenece a todos los españoles. Cuando una parte de la sociedad renuncia a identificarse con ella, deja el espacio libre para que otros la representen en exclusiva. Y es entonces cuando un símbolo común corre el riesgo de convertirse, injustamente, en un símbolo de parte.

Una mirada al exterior

La comparación con otros países resulta reveladora. En Estados Unidos, por ejemplo, la bandera forma parte del paisaje cotidiano. Ondea en jardines, escuelas, edificios públicos y eventos de todo tipo sin que ello implique necesariamente una adscripción ideológica concreta. Los símbolos nacionales son percibidos como elementos transversales, compartidos por ciudadanos de sensibilidades políticas muy distintas. España, en cambio, se siente más cómoda con la bandera durante una final que durante un martes cualquiera.

El problema aparece cuando confundimos patriotismo con partidismo. Amar a tu país no implica compartir una ideología determinada. Del mismo modo que criticar aspectos de tu país no significa rechazarlo. Una democracia madura debe ser capaz de distinguir entre ambas cosas.

El verdadero reto de la sociedad española es normalizar un patriotismo cívico. Un patriotismo basado en la voluntad de mejorar el país, respetar sus instituciones, valorar su historia y sentirse parte de una comunidad política compartida. Un patriotismo que no pertenezca ni a la izquierda ni a la derecha, sino a los ciudadanos.

Porque si somos capaces de celebrar juntos una victoria de la selección sin preguntarnos a quién vota la persona que tenemos al lado, quizá también deberíamos ser capaces de entender que el amor por un país no depende del lugar, del momento o de la camiseta que llevemos puesta.

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