Una colisión entre la (ir)realidad veraniega y el absurdo del influencer
A veces sería divertido soñar con haber ganado la lotería. No solo por sacarle provecho al talento olímpico de procrastinar, sino por estar a gusto —en mayúsculas— y olvidar la indigencia intelectual de lo que consumimos. Seguimos más cerca del pan y circo escrachando al influencer de turno que de una forma funcional de resolver los problemas.
Resulta que coquetear con las vergüenzas propias antes que con las ajenas se nos ha quedado anticuado. Con certeza, qué bonito sería derramar el champán sobre la pantalla del móvil y no saber más nada.
De todas formas, desaparecer totalmente es un lujo imposible para nosotros, mortales golpeados por la vida productiva. El sueño dura lo que tardo en apagar el teléfono —tras aguantar el enésimo vídeo sobre La Velada del Año VI y el brillante historial de Roro— y buscar refugio contra todo este cotilleo estival en el Libro del desasosiego. Fue así como llegué a preguntarme el gran disparate de si a Fernando Pessoa le habría caído bien Roro. Y vaya estupidez de pregunta. Porque Pessoa solo se amigaba con la verdad que soñaba; la única de la que no podía tener dudas.
Tampoco podría culparse, porque desde sus ensoñaciones había entendido que, para encontrar coherencia en el mundo, observándolo rígidos y prejuiciosos no se puede entender del todo. Vivir no es una experiencia monolítica y, por proximidad, nosotros tampoco, aunque el entretenimiento se empeñe en convertirnos en personajes fáciles de clasificar.
Nunca seremos lo que proyectamos, pero tampoco lo que decidimos ver en los demás. Y eso se convierte en un pequeño consuelo cuando a muchos se nos escapan las horas de las manos.
Ante la falta de cosas que decir, recibimos cinco tazas. No sufrimos, porque mañana llegarán siete y podremos opinar de todas. Sería insulso e irresponsable pensar que ninguna de ellas vale la pena, porque, entre tanta ponzoña, de algunas cosas sí cabe hablar.
El problema surge cuando nos transformamos en tecnócratas o filósofos de cuneta para conseguir el aplauso fácil. Necesitamos al tonto útil del verano, alguien a quien colocar en el centro de la plaza para que la audiencia pueda lapidarlo durante unas semanas. En esta ocasión le ha tocado a Roro. La siguiente será otro.
Ahora, sus números han bajado medio millón como castigo fan por sus malas acciones, puede que en unos días hayan subido el doble. A estas alturas ya iremos por treinta tazas. Yo he decidido que las mías no valen ni para venderlas al peso.
Siendo francos, los comentarios de Roro hace cinco años, el casco que se pone para pelear en una pasarela de publicidades o con quién decide —o no— tener sexo no nos van a dar de comer. Y, aunque vivir encerrados en la mente al puro estilo Pessoano tampoco pagará las facturas, salir a pisar tierra ayudaría cuando nos tienta servir la cabeza del que desentona.
Lo preocupante no es que existan influencers absurdos, polémicas absurdas o público absurdamente entregado a ellas, sino que hayamos convertido nuestra atención en una especie de moneda sin dueño y estemos dispuestos a gastarla en cualquier cosa que nos prometa cinco minutos de indignación.
Con los años, algo podría salvarnos de ser nuestro propio parásito y hacernos exterminar el «nosotros» contra «ellos» de odio que hemos construido. No seremos quienes lo logremos, ni muchísimo menos el hilo de X a la hora de la cena, pero me permito imitar su famosa frase para decir que «hoy, a lo mismo de siempre, le ha apetecido robarnos la atención y el tiempo».


