La prohibición del burka en Lleida reabre un debate que España todavía no ha resuelto
La prohibición del burka en Lleida vuelve a poner sobre la mesa una cuestión difícil: cómo defender la libertad y la igualdad sin decidir por otras personas cómo deben vestir o vivir.
Hay debates que vuelven una y otra vez porque nunca terminamos de resolverlos. El burka es uno de ellos. Esta semana, Lleida ha vuelto a situarlo en el centro de la conversación después de que su Ayuntamiento aprobara una ordenanza que impide llevar en los espacios públicos prendas o elementos que cubran completamente el rostro. Aunque el texto no menciona directamente el burka ni el niqab, la medida afecta a ambas prendas y contempla multas de entre 400 y 750 euros.
La decisión ha contado con los votos del PSC, Junts y Vox, mientras que PP, ERC y Comú han votado en contra. Y aquí aparece una pregunta que considero más importante que saber qué partido ha apoyado la medida: ¿qué estamos intentando solucionar exactamente?
Una norma puede aprobarse en un pleno, pero el debate no termina cuando se levanta la sesión. Al contrario. Es entonces cuando empiezan las preguntas sobre sus consecuencias y sobre los derechos que puede afectar.
La prohibición del burka en Lleida no empieza de cero
Lleida ya vivió esta discusión hace más de una década. En 2010, el Ayuntamiento aprobó una prohibición del velo integral en determinados espacios municipales. Tres años después, el Tribunal Supremo anuló aquella ordenanza porque consideró que el consistorio no podía limitar mediante una norma municipal un derecho fundamental como la libertad religiosa.
Ahora la ciudad vuelve a intentarlo con una regulación diferente. La nueva ordenanza habla de cualquier elemento que cubra por completo el rostro y establece algunas excepciones. Entre ellas aparecen los lugares de culto y determinadas situaciones en las que cubrirse la cara responda a costumbres sociales aceptadas o al ejercicio de un derecho fundamental.
Por eso no creo que podamos reducir esta discusión a un simple “a favor del burka” o “en contra del burka”. El asunto es mucho más complicado.
Está la libertad religiosa, pero también la libertad personal. Está la igualdad entre hombres y mujeres, pero también el derecho de cada persona a tomar decisiones sobre su propia vida. Y está la convivencia en los espacios públicos, pero también los límites que deben tener las administraciones cuando regulan nuestros derechos.
Todas esas cuestiones merecen algo más que un eslogan.
No podemos hablar de las mujeres sin escucharlas
Hay algo que echo en falta en buena parte de este debate: escuchar a las propias mujeres que llevan estas prendas.
Cuando hablamos del burka o del niqab solemos hacerlo desde fuera. Hablan los partidos, los ayuntamientos, los expertos, los medios de comunicación y las redes sociales. Mientras tanto, las mujeres que utilizan estas prendas pueden acabar convertidas en una imagen sobre la que los demás proyectamos nuestras propias ideas.
Eso debería hacernos pensar.
Si una mujer lleva una prenda porque alguien la obliga, estamos ante una situación que necesita ayuda y una respuesta de las instituciones. Si otra asegura que la utiliza por motivos religiosos o personales, también tenemos que ser capaces de escucharla. La libertad pierde sentido cuando decidimos por otra persona qué debe hacer sin preguntarle qué quiere.
El debate sobre la prohibición del burka en Lleida debería tener en cuenta precisamente esa diferencia. No basta con decidir qué puede llevar alguien. También hay que preguntarse qué ocurre después, cómo se pueden detectar situaciones de imposición y qué ayuda reciben las mujeres que puedan encontrarse en una situación en la que no pueden decidir por sí mismas.
¿Regular para convivir o decidir por los demás?
El Ayuntamiento de Lleida defiende la nueva ordenanza como una medida relacionada con el civismo, la convivencia y los derechos de las mujeres. La decisión llega, además, mientras otros países europeos mantienen sus propias restricciones sobre el velo integral.
Pero que otros países hayan tomado determinadas decisiones no responde por sí solo a la pregunta de si esa es la solución adecuada para España. Tampoco lo hace que algunos partidos hayan convertido esta cuestión en una de sus principales reivindicaciones.
Lo que deberíamos pedir es un debate serio.
Prohibir puede ser una herramienta cuando existen razones claras para hacerlo. Pero una prohibición también puede crear nuevos problemas si no va acompañada de medidas que permitan a las mujeres tomar decisiones con verdadera libertad.
La discusión, por tanto, no debería quedarse en una prenda.
Debería hablar de libertad, igualdad, convivencia y derechos fundamentales. Y tendría que hacerlo sin convertir a las mujeres musulmanas en el escenario de una batalla política.
La prohibición del burka en Lleida vuelve a abrir una cuestión que España lleva años discutiendo. Ahora habrá que ver cómo se aplica la nueva ordenanza y cuál será su recorrido ante los tribunales.
Mientras tanto, quizá convenga recordar algo básico: los derechos fundamentales no deberían depender de quién consiga imponer el discurso más fuerte.
Tampoco las mujeres deberían convertirse en el instrumento que unos y otros utilizan para demostrar que sus ideas son las correctas.


