Tras el reciente fallecimiento del Papa Francisco, este será el procedimiento que se seguirá para elegir a su sucesor
Cada vez que la Iglesia Católica debe elegir a un nuevo Papa, se activa uno de los procesos más antiguos y cargados de simbolismo: el cónclave. Aunque ha evolucionado a lo largo de los siglos, el ritual conserva una esencia de misterio y solemnidad que capta la atención del mundo entero. Lo veremos pronto, debido al reciente fallecimiento del Papa Francisco, pero, ¿cómo funciona exactamente un cónclave?
Una ceremonia de encierro
La palabra «cónclave» proviene del latín cum clave, que significa «con llave». Y no es solo una metáfora: durante el cónclave, los cardenales electores —aquellos menores de 80 años— quedan literalmente encerrados en el Vaticano hasta alcanzar un acuerdo sobre quién será el próximo Pontífice. El lugar habitual para esta deliberación es la Capilla Sixtina, decorada con los majestuosos frescos de Miguel Ángel, que añade una dimensión espiritual y artística al proceso.
Durante el encierro, los cardenales no pueden comunicarse con el exterior. Se suspenden los móviles, internet y cualquier forma de contacto. Para garantizar aún más la confidencialidad, el Vaticano instala sistemas de inhibición de frecuencias y revisa exhaustivamente las habitaciones donde se alojan los electores.
¿Quién puede ser elegido? Una ceremonia de tradición y estrategia
En teoría, cualquier varón bautizado podría ser elegido Papa, pero en la práctica, desde hace siglos, solo se elige entre los cardenales presentes. Antes de iniciar las votaciones, todos los cardenales prestan juramento de guardar absoluto secreto sobre todo lo relacionado con el proceso.
El cónclave comienza tras el funeral del Papa anterior o, en caso de renuncia, después de la llamada Sede Vacante. Antes de encerrarse, los cardenales celebran varias reuniones preparatorias, conocidas como «congregaciones generales», donde analizan el estado de la Iglesia y perfilan las necesidades que debería atender el próximo Papa.
La elección se realiza mediante votaciones secretas. Cada cardenal escribe su elección en una papeleta, que luego dobla y deposita en una urna especial. Para que un candidato sea elegido, debe alcanzar una mayoría de dos tercios. Normalmente se realizan hasta cuatro votaciones por día: dos por la mañana y dos por la tarde. Si tras varios días no se alcanza el consenso, se pueden aplicar medidas de presión como limitar las opciones a los dos candidatos más votados.
A la hora de votar, cada cardenal escribe el nombre de su elegido en una papeleta que debe doblar y depositar en una urna especial. Todo el procedimiento está pensado para ser solemne: los cardenales, uno a uno, se acercan al altar de la Capilla Sixtina, sosteniendo la papeleta en alto, pronuncian un juramento y luego la introducen en la urna. Para que alguien sea elegido Papa, debe reunir al menos dos tercios de los votos. En un cónclave con el máximo de electores permitido (120), eso significa 80 votos.
¿Qué pasa si no se ponen de acuerdo?
Si tras varios días no se alcanza un acuerdo, se puede cambiar el procedimiento. Desde 1996, gracias a la Constitución Apostólica Universi Dominici Gregis de Juan Pablo II, se establece que, tras 34 votaciones infructuosas, solo se podrá elegir entre los dos candidatos más votados, aunque sin que estos puedan votar por sí mismos.
En la historia, algunos cónclaves se alargaron mucho: el más largo conocido fue el de Viterbo (1268-1271), que duró casi tres años. Cansados de la espera, los habitantes de la ciudad llegaron a encerrar a los cardenales, racionar su comida y hasta quitar el techo del edificio para obligarlos a decidir.
La famosa fumata
Tras cada votación, los papeles se queman en una estufa instalada en la Capilla Sixtina. Si la elección no ha tenido éxito, se añade una sustancia química para producir humo negro, la famosa fumata nera. Si hay nuevo Papa, el humo será blanco, señal inequívoca de que el mundo católico tiene un nuevo líder espiritual.
El anuncio: «Habemus Papam»
Una vez aceptado el cargo, el nuevo Papa elige el nombre que usará durante su pontificado. Luego se viste con las ropas papales —que se preparan en varias tallas para adaptarse rápidamente— y se traslada a la Loggia delle Benedizioni de la Basílica de San Pedro.
Desde allí, el cardenal protodiácono proclama el histórico anuncio: «Annuntio vobis gaudium magnum: Habemus Papam». Tras las palabras en latín, se menciona el nombre civil del nuevo Papa y el nombre papal que ha elegido. El recién elegido se asoma al balcón para saludar a la multitud y ofrecer su primera bendición Urbi et Orbi («a la ciudad y al mundo»).
Aunque profundamente arraigado en la tradición, el cónclave también refleja los cambios del mundo moderno. Desde la renuncia de Benedicto XVI en 2013 —la primera en más de seis siglos— hasta los debates sobre la representatividad de los cardenales de distintos continentes, el cónclave sigue siendo un momento donde historia, fe y futuro se entrelazan en un ritual que nunca deja de fascinar.

