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Guillermo Aguirre y el consuelo de la escritura: “’Estival’ calmó a mi yo más nihilista”

En Estival, Guillermo Aguirre escribe una pertenencia, una temperatura emocional, un modo de habitar la memoria. Escribe la belleza que se esconde en las cosas pequeñas, en la repetición de lo cotidiano, en el murmullo suave de los veranos que se parecen entre sí, pero que no se repiten jamás.

Desde un pequeño pueblo del norte —que podría ser cualquiera, pero no es cualquier cosa— Jonás, el protagonista, reconstruye su vida únicamente a través de los veranos. Del año 1984 hasta un hipotético 2045, Estival (Sexto Piso, 2025) ofrece al lector una suerte de autobiografía emocional del tiempo, de ese que no se mide en relojes ni calendarios, sino en sensaciones, olores, cuerpos bajo el sol, conversaciones de porche y silencios compartidos.

“Estaba cansado de la oscuridad. Yo quería volver a escribir con placer”

Aguirre no oculta su agotamiento tras su anterior novela, El tal Cangrejo. «Tenía más de seiscientas páginas, era mucho más oscura, con adolescentes, problemas familiares, tramas más densas, más psicológicas. Acabé exhausto». Con Estival buscaba otra cosa. Libertad. Ligereza. Pero no en el sentido de banalidad, sino de autenticidad.

«Necesitaba reconciliarme con el lenguaje. Sentirme libre como cuando escribía a los 17 años, dejándome llevar.», dice Aguirre, «Y el verano, por lo que significa para mí, me daba eso. Me permitía volver a ese tipo de escritura exuberante pero no ostentosa, con muchos adjetivos, con un tono más sensorial. Yo escribo desde la piel, no desde la trama».

Y efectivamente, Estival es una novela sin grandes giros, sin tensión narrativa clásica. Es, en cambio, una secuencia de viñetas estivales. Momentos encadenados donde lo importante no es tanto lo que pasa, sino cómo se siente lo que pasa. La madurez, en no llega como revelación sino como renuncia. No como epifanía, sino como aceptación. Jonás, el protagonista de la novela,se enfrenta a la sensación de no haber logrado nada. Y esa idea le pesa, pero no lo destruye.

«Es la crisis de los 40», dice Aguirre. «El momento en el que miras hacia atrás y piensas: no era esto lo que había soñado. Pero incluso si hubieras conseguido más, tampoco te bastaría. Siempre queremos más. Siempre hay otra cima». Jonás, en cambio, aprende a mirar lo que tiene. Y a quererlo. A cuidar de los otros. A cuidar de sí mismo sin violencia. Solo cuando dejas de perseguir la vida ideal puedes empezar a abrazar la vida que realmente tienes”, afirma el autor.

«Y en ese gesto de aceptación, aparece una belleza nueva». Estival es, entonces, una novela sobre el fracaso, sí. Pero no sobre el fracaso espectacular de las grandes caídas, sino el más íntimo: el de no saber si uno ha sido suficiente. Y sobre cómo, incluso ahí, hay ternura.

En el pueblo siempre es verano, aunque nieve

El hilo central de la novela es el pueblo. No actúa como escenario, lo hace como organismo en sí mismo y el lector descubre que hay rastros de este en los cuerpos de todos los personajes. Aguirre lo explica con ternura, y también con un atisbo de nostalgia: «El pueblo es mi lugar. No hay otro. Incluso en invierno, parece verano. Puedes estar haciendo una barbacoa pelado de frío, pero con los mismos de siempre. Porque las acciones se repiten. El pueblo tiene esa cualidad: conserva. En él, todo permanece. O al menos, lo parece».

 «El verano es el único momento del año en que no trabajamos. Y eso lo cambia todo», dice Aguirre. «Cuando estás todo el año en una oficina, a veces sientes que vives solo esperando esos días en los que puedes holgazanear. Yo quería que la novela tratara sobre ese gozo: sobre la contemplación, sobre el cuidado». Pero no hay ingenuidad en esa mirada. Estival está habitada también por la tristeza, el desencanto, la pérdida. Sin embargo, nunca se deja arrastrar por la oscuridad. La novela, como su protagonista, busca siempre un equilibrio.

En la novela, Jonás nunca se va del todo. Su identidad está anclada allí. Y no es casualidad. Aguirre reconoce que, para él, la pertenencia territorial es clave: «Uno es hijo de un lugar. Aunque no se nombre, el lugar siempre está. Y condiciona cómo hablamos, cómo callamos, cómo nos relacionamos. El norte —el mío— es un lugar de silencios, de brutalidad masculina, de cierta dureza emocional que también está en la novela».

Pero Estival no es simplemente una elegía al pueblo, es también una reflexión sobre lo que significa crecer en comunidad: sobre la cuadrilla, ese grupo casi mitológico del que es difícil escapar. “Jonás es víctima de esa seguridad que dan los suyos. Pero también está atrapado. Yo no me siento tan prisionero, pero sí entiendo el placer que siente. Lo comparto”.

«Jonás sufre, sí. Hay fracasos, hay miedo, hay culpa. Pero después de cada herida, él busca la belleza. Es un vaivén. Un ir y venir entre lo que duele y lo que alivia. Como la vida misma». El verano, entonces, no es un fondo estático, es una forma de mirar, una estación que enseña a detenerse, a observar, a no esperar grandes transformaciones sino pequeños destellos. Lo que importa no es lo que ocurre, sino cómo se siente.

Es autoficción… hasta que deja de serlo

La pregunta sobre si Estival es una novela autobiográfica parece casi inevitable. Su tono confesional, la familiaridad emocional de los paisajes y la manera íntima en que está escrita dan la impresión de que su autor habla, en realidad, de sí mismo. Guillermo Aguirre no lo niega del todo. «Es autoficción, sobre todo en la infancia y en parte de la adolescencia», admite. «Yo siempre empiezo desde algo personal, pero luego dejo que el personaje evolucione hacia otra cosa».

Jonás, ese hombre que vive la vida como una secuencia de veranos, es en efecto un punto de partida. «Pero no soy yo», insiste Aguirre. «Jonás acepta mejor el fracaso. Vive más tranquilo. Tiene una vida más estable, más predecible. Se queda en el pueblo. Le gusta pintar. Yo necesitaba que fuera un personaje sencillo, que no se moviera demasiado, porque la historia solo lo muestra durante los veranos. Tenía que quedarse ahí, anclado, para que su evolución pudiera leerse en lo que no cambia».

Lo que sí le pertenece es otra cosa: el tono, la temperatura de la memoria, el deseo de fijar algo que se escapa. «Cuando estás pensando en traer una vida al mundo, inevitablemente vuelves a la tuya», dice. «Leticia (su mujer, autora de Papá nos quiere) y yo hablábamos de tener un hijo mientras yo escribía la novela. Ella soñaba con su infancia. Yo escribía sobre la mía».

Es allí donde Estival se vuelve profundamente personal. Porque no es tanto una historia sobre un personaje, sino un intento por comprender qué significa recordar. Qué significa haber sido niño, haber amado un lugar, haber repetido los mismos veranos con las mismas personas. Es autoficción, sí. Pero no de la que busca confesar: es autoficción que desea reconciliar.

La casa necesita una nueva generación para no morir

La novela se detiene en el año 2045. Un año que podría parecer aleatorio, pero no lo es. Para Aguirre, ese momento marca el cierre de un ciclo vital: el nacimiento de un nieto —no de sangre, pero sí simbólicamente real— y la continuidad de la memoria a través de una nueva vida: «La casa, más que el pueblo, es lo que importa. Es donde están los retratos, los objetos, las voces de los que ya no están. Si nadie la habita, muere. Si no hay niños, se vende. Y entonces desaparece todo: las fotos, los muebles, los muertos».

Jonás comienza la novela con un bebé en casa. La termina con otro. La repetición no es casual: es la forma que tiene la historia de cerrarse sobre sí misma. «La casa necesita una nueva generación para no morir», dice Aguirre. «Y ese nieto —aunque no sea suyo de sangre— es lo que le da sentido al relato. Es el hilo que une el pasado con el futuro».

La casa como cuerpo de la memoria, como lo que protege lo que fuimos y última frontera frente al olvido. Hay una dimensión íntima en Estival que no puede ignorarse. No es solo una novela que mira hacia atrás. Es también una escritura que intenta conjurar el miedo. Un talismán contra el cinismo. «Es un libro para calmar a mi yo más nihilista», dice Aguirre. «Para recordarme que, aunque todo parezca ir mal, todavía hay belleza. Todavía hay cosas que se pueden cuidar. Todavía hay sentido». No es una afirmación ingenua. El autor sabe —y su personaje también— que la vida duele. Que no siempre sale bien. Pero aún así, escribe. Y al escribir, se sostiene.

«Quería decirme a mí mismo que todo estará bien. Aunque no sepamos cómo. Aunque no tengamos garantías. Aunque no tengamos éxito». Eso es Estival: una novela escrita no para enseñar, sino para acompañar. No para cambiar el mundo, sino para recordarnos que el mundo, a veces, basta si sabemos mirar.

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