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Hay que restaurar el Honmoon

Cómo el racismo cultural, el clasismo artístico y el monopolio del pop occidental ocultan al verdadero caballo ganador… o un disparo anticapitalista a Taylor Swift

Durante todo el verano ha habido un debate estúpido entre miles de críticos y fanáticos musicales, que para variar, se repite todos los años: ¿cuál es la canción del verano? Se la daban a Quevedo, a Aitana, a rusowsky (algunos) o a Bad Bunny.

En octubre, aún nadie ha hablado como se merece del elefante en la habitación: la canción del verano es de una película de animación adolescente que trata de cómo un grupo de K-pop femenino lucha contra demonios para mantener el mundo a salvo. La canción del verano es Golden, de la película K-Pop Demon Hunters, pero aún, por lo que sea, no se atreven a admitirlo.

La indiferencia no es accidental; es sistémica. La cultura mainstream occidental, aún anclada en una mentalidad rancia de establishment, tiene un doble rasero que explica este silencio. Primero, está el racismo institucional que sigue relegando al K-Pop a una categoría de nicho exótico. Sin gustarme demasiado, es objetivo que el K-Pop es una fuerza cultural y económica global que exige un rigor estético y una coreografía narrativa incomparables, pero se le niega la seriedad, tratándolo como un producto hiperfabricado y sin «alma».

Segundo, y con una dosis de clasismo intelectual profundamente equivocada, está el desprecio al cine de animacion, y por extensión, a la cultura juvenil. Y aquí hay que ser precisos: la animación no es un género, es un medio. El director Brad Bird lo ha dicho hasta el hartazgo, y es una verdad que la crítica seria se niega a reconocer. La animación es una forma de arte y un método capaz de albergar cualquier género (drama, horror, ciencia ficción), igual que el live-action. Sin embargo, este rechazo se manifiesta en la infantilización injusta que automáticamente etiqueta a cualquier banda sonora asociada a una película animada como carente de valor artístico serio. La premisa es simple: si la canción proviene de una producción que la crítica relega al cajón del entretenimiento para niños o adolescentes, no importa su complejidad de producción ni su impacto viral. Es decir, la industria se niega a analizar la calidad compositiva o el impacto cultural de una canción como Golden porque su origen la descalifica de entrada.

El triunfo de Golden no es solo un éxito viral. Es una victoria insurgente. Fue el número 1 mundial en Spotify durante todo el verano, fortalecido por una comunidad que entiende que el arte, en la era digital, es una batalla constante de voluntades. Era un éxito orgánico hasta que de repente, llegó ella. Llegó Taylor: la corporación, el monopolio y la cara musical del capitaliso (taylor’s version)

La irrupción de Swift con su álbum The Life of a Showgirl y su hit The Fate of Ophelia es la activación de una máquina de monopolio tan bien engrasada que resulta aterradora. El problema, el verdadero, no es su poder, sino la calidad del producto que utiliza para ejercerlo. The Life of a Showgirl es un álbum que muchos críticos despacharon con notas miserables. Se siente como un trabajo apresurado, vacío de la profundidad emocional y la lírica aguda que solía ser su firma. ¿Quién puede identificarse de verdad con un puñado de canciones de amor genéricas escritas por una de las personas más ricas del planeta? Lo que apena del álbum de Swift, de todas formas, es que está diseñado para dominar las listas. Es un cash-grab envuelto en la estética del girlboss capitalista, y camuflarlo, para la cantante y para su equipo, es cada vez más complicado.

Llegamos tarde para decir que Taylor Swift ya no es una artista; es una fuerza económica que mueve billones. Rompe récords de ventas de vinilos al lanzar 30 variantes de un mismo álbum (que por cierto, es una estrategia descaradamente adoptada del K-Pop, pero llevada al extremo capitalista del cash-grab). Ella y su equipo han perfeccionado el arte de la escasez artificial y la lealtad hiper-consumista, y como resultado, ocupa, sin interrupción, los 12 primeros puestos de la lista global de Spotify. Es la imagen de la perfección rubia, esbelta y hegemónica, el ideal que el establishment ama validar. La Reina Midas que sella el statu quo del pop occidental.

El enfrentamiento de HUNTR/X contra Taylor Swift es, por lo tanto, otro ejemplo de la lucha cultural más clara del siglo XXI: la resistencia comunitaria, diversa y descentralizada contra el monopolio corporativo. Los críticos no hablan de Golden porque es más fácil rendirse a la inevitabilidad de la estadounidense o aplaudirle las gracias a cualquier reguetonero (siendo yo consumidora) que admitir que la canción del verano es un himno asiático-americano que apela a la comunidad queer sobre salvar el mundo a base de beats y coreografía. Es un miedo a admitir que la verdadera innovación, alma y resonancia cultural puede venir de fuera de las estructuras de poder que ellos mismos representan.

Pero la resistencia nunca ha sido fácil. Y si queremos que la cultura pop sea algo más que un balance de cuentas corporativo que empuja productos mediocres con un marketing brillante, debemos apoyar a quienes aún entienden el arte como una forma de magia, de defensa. Hay que restaurar el Honmoon.

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