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El informe PISA deja en entredicho al sistema educativo actual

Los datos son preocupantes: en España se produce un descenso en las tres competencias evaluadas

El informe PISA estudia mediante un cuestionario realizado a jóvenes de 15 años sus capacidades en matemáticas, ciencias y comprensión lectora. Está elaborado por la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) con el fin de mejorar los sistemas educativos de los países participantes. El estudio tiene un carácter trienal aunque de ahora en adelante se realizará cada cuatro años dada su complejidad. En la presente edición (2025), han participado 760.000 estudiantes de los cuales España aporta 30.000.

Datos sonrojantes

Si bien se ha producido un descenso generalizado en las tres competencias mencionadas, España se encuentra por debajo de la media de la OCDE y la UE.

Datos obtenidos en el informe PISA 2025 | Fuente: Informe de OCDE (Elaboración propia)

Los datos de 457 y 451 puntos en matemáticas y comprensión lectora, respectivamente, sitúan al alumnado español en el nivel 2 del informe PISA. Por lo que, según el estudio, los alumnos «no tienen las capacidades de interpretación y representación matemática de situaciones de la vida cotidiana». Tampoco la habilidad para «extraer la idea principal de un texto de extensión moderada», justo en este último aspecto, donde el informe enfatiza más detenidamente.

Falta de comprensión lectora

Para los investigadores, la lectura ocupa un lugar central en el desarrollo educativo de los jóvenes ya que, en palabras textuales, «resulta un aprendizaje fundamental por sí mismo como una base para el aprendizaje en todas las materias». Entre las posibles causas se destaca la dificultad a la hora de concentrarse en tareas que «requieren de una concentración sostenida».

Ya en 2010, en La sociedad del cansancio, Byung-Chul Han señalaba que el conocimiento requiere un entorno donde la atención profunda se pueda desarrollar. Sin embargo, para el filósofo surcoreano, esta forma de atención se estaba viendo reemplazada por otra más peligrosa: la hiperatención, la cual se caracterizaba por un rápido cambio entre las diferentes tareas y fuentes de conocimiento.

Quizás hoy veamos con más claridad la tesis de Han. El informe destaca «una falta de atención prolongada debido al cambio de una tarea a otra, dedicando así menos tiempo a prácticas de lectura prolongada que favorecerían una mejora de la comprensión lectora». Haciendo uso del refranero español: «Quien mucho abarca, poco aprieta».

Sociedad y educación, educación y sociedad

Los expertos achacan esta falta de atención al «nuevo entorno de aprendizaje, en el que la lectura sostenida, la participación activa, el apoyo pedagógico y el desarrollo acumulativo de competencias pueden haber pasado a ser más difíciles de mantener». En pocas palabras: el sistema educativo no funciona.

Como Chesterton decía: «La educación es, sencillamente, el alma de una sociedad pasando de generación en generación». Es también el espejo de una sociedad; el fondo último y fundamental donde se ven reflejadas sus fortalezas —y, sobre todo— sus problemas. Por ejemplo, uno de los grandes retos del futuro: gestionar el tiempo de pantallas.

Según un estudio de la Comisión Europea de 2024, la media de tiempo frente a los dispositivos electrónicos de los adolescentes de entre 13 y 18 años se sitúa en 4,5 horas durante la semana, mientras que durante los fines de semana se dispara hasta 6,1 horas. Tan desproporcionado consumo supone un riesgo para la salud mental de los jóvenes, así como la pérdida de atención en clase. Queda patente que el problema educativo no es un fenómeno aislado, sino el reflejo directo de las inercias de nuestra sociedad; dos vasos comunicantes imposibles de desligar.

Más allá de la ley: la falta de recursos

Por eso no se debería apuntar hacia una sola dirección, pues la realidad es mucho más compleja de lo que parece. Pese a todo, muchos clamarán contra la ley actual de educación («Ley Celaá») argüyendo que no se ajusta a las necesidades de la población. Cierto es que se marca metas realmente utópicas sin ofrecer soluciones al profesorado —como la mejora en la implicación familiar o la inclusión de saberes transversales—. No menos cierto es que son objetivos obligatoriamente necesarios si se quiere avanzar todos juntos en sociedad.

Pero para conseguir construir una educación de calidad no basta tan solo con la pura palabrería, sino con los hechos. En un entorno escolar tan diversificado —a nivel intelectual, social y cultural— se necesitan personas que logren satisfacer las distintas necesidades de los alumnos. En este sentido, el 67 % del profesorado subraya que «más del 10 % de la clase presenta altas capacidades y/o bajo rendimiento», generando así una diferencia que entraña una dificultad enorme para los docentes.

Y una mejora del sistema educativo pasa por una inversión mayor o, en su defecto, por una inversión mejor. Según un estudio de la Comisión Europea, España destinó en 2024 el 9,1% de su gasto público a la educación, lo que supone el 4,1% de su PIB, varias décimas por debajo de la media de los Veintisiete. Por lo que es momento de trazar nuevos horizontes; y no solo a nivel presupuestario. Puestos a revisar el sistema, ¿por qué no redirigir también su filosofía, su fin último?

Quo Vadis?

Uno de los más grandes filósofos —si no el más— creía que el objetivo de la educación era alcanzar la virtud y convertirse en un buen ciudadano. Hasta cierto punto, parece que en un principio es un argumento irrefutable o, al menos, así lo refleja la Constitución. En el artículo 27.2 dice: «La educación tendrá por objeto el pleno desarrollo de la personalidad humana en el respeto a los principios democráticos de convivencia y a los derechos y libertades fundamentales».

¿Seguimos creyéndolo así? O, mejor dicho, ¿seguimos trabajando para que sea así? Es tiempo de reflexión, pero también de acción, porque España necesita urgentemente un sistema educativo que garantice una base férrea sobre la que pueda construir su futuro.

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