Una reivindicación del progreso silencioso que se aprende azada en mano
El tañido aletargado que vuela desde el campanario pregona el comienzo de una mañana tórrida. El verano avanza y empieza a regalar sus frutos: ya se pueden recoger las patatas.
Las «tempranas», claro está; las «tardías» esperarán al otoño. Por eso, saca la bicicleta y pedalea hasta el campo de su abuelo, acompañado de una brisa fresca y apremiante. Dentro de poco, los rayos del sol penetrarán verticalmente en su piel hasta volver el aire irrespirable. Aun así, no hay prisa.
Por el camino gobierna el silencio, solo interrumpido por el traqueteo de la cadena y el brinco de algún que otro guijarro al ser aplastado por las ruedas. Las hojas de los olivos sisean intentando opacar el ruido de su rastro, pero no son capaces: él, aunque no se dé cuenta, arrasa con la calma propia de la naturaleza.
Al fin llega a la huerta, recibido por los imberbes racimos ocultos tras las pámpanas. El anciano lo espera en el sitio donde todos los veranos siembra una infinidad de hortalizas: pimientos de cornicabra, tomates pera —los mejores para la conserva—, calabacines y, por supuesto, muchas patatas.
Antes de empezar, sin faltar a la tradición, su abuelo le enseña la forma de cosechar que evita estropear el tubérculo. Con sus antebrazos rocosos, sujeta firmemente la azada y, asestándole un golpe certero al surco, saca un puñado generoso de las raíces.
El suyo es un obrar diligente, podría decirse que prodigioso. Él se pregunta si algún día conocerá la fuente de aquella sabiduría primigenia; sabe que no, pues su sitio está lejos de los viñedos y los patatales. Para cuando termine el verano, el frenesí de la ciudad lo espera, debe seguir estudiando y progresando.
Cuando terminan la faena, se sonríen con complicidad al contemplar aquella espuerta llena de patatas. Son más pequeñas que el año pasado —ambos lo saben— pero no importa. De sus manos recibe una bolsa bien colmada, antes de que su abuelo lo despida con dos besos húmedos.
Al volver a casa, se maldice por haber descubierto tan tarde que el progreso, al igual que las patatas, también se esconde bajo la tierra. La cadena ya no chirría y las piedras no rebotan. Así que, ahora, los olivos callan.


