¿Y si la lluvia nos ayudara a recuperar la convivencia?
La lluvia llegó. Y el otoño llegó con ella, supongo. La naturaleza parece obedecer las leyes de la física, pero yo no me conformo, alguna razón se esconde. Es irrefutable que los ciclos estacionales arrojan un índice de precipitación más elevado en este periodo. Luego, en teoría, las lluvias del fin de semana pasado atienden a motivos meramente meteorológicos; sin embargo, para mí es una explicación incompleta.
Me tomo la licencia de resguardarme en el paraguas histórico de nuestros antepasados, aquellos que en un primer momento buscaron explicar los fenómenos físicos desde una óptica metafórica y generosa. Porque sí, pese a quienes creen que la verdad es objetiva y nominal, esta hunde sus raíces en mitos compartidos que escapan de toda lógica. Historias que no nos pertenecen; historias que son fruto del vínculo entre el hombre y la Tierra.
De entre todas estas irracionales explicaciones, recordé un pasaje de La Península de las Casas Vacías, donde toda Iberia sufre un tempestuoso temporal. El cielo de Jándula «se hizo con todo el líquido que pudo para lloverlo después». Uclés simboliza el diluvio como presagio de la posterior Guerra Civil. En mi caso no lo encuentro tan catastrofista aunque, al igual que él, ciertamente lo interpreto como un aviso. Algo así como un toque de queda. O, más bien, un llanto de recogimiento.
Mientras la lluvia arreciaba con fuerza y la Puerta del Sol se inundaba de manifestantes y agua, fantaseé con la lejana posibilidad de que, al menos, aquel aluvión humano tuviese un buen fin. Y no me refiero a un milagroso decreto que ponga punto final a los problemas que llevamos arrastrando desde 2008, pues me es imposible creer que lo que no se ha avanzado en casi dos décadas se resuelva en una semana. Hablo, en concreto, de un objetivo más profundo y significativo: el de recuperar la confianza en los demás.
La lluvia obliga a buscar resguardo, refugio bajo un portal o un porche. Crea puntos de encuentro y comunión entre las personas. Por eso, cuando un chaparrón se desata, no nos importa —a unos más que a otros— ceder nuestro espacio personal bajo un techo para que, donde normalmente cabrían dos personas, ahora lo hagan cinco. Es una cuestión de empatía y convivencia, valores que parecen haberse diluido entre la llovizna.
Sé que mi interpretación corre el riesgo de resultar extremadamente idealista y utópica. Basta recordar —aunque algunos ya lo hayan olvidado— uno de los temporales más feroces de los últimos tiempos: la DANA de 2024. Una catástrofe en la que, a pesar de tanto daño causado, parecimos entender que, tarde o temprano, la lluvia moja a todos por igual.
Y es que la naturaleza es una soberana imparcial, cuya mano implacable nos empuja a buscar abrigo en los demás. Por eso debemos estar atentos a sus señales; no tan solo a las lluvias. No vaya a ser que, como en La Península de las Casas Vacías, lleguemos nuevamente a presenciar la erupción de un volcán cargado con la sangre de los habitantes de Iberia. Un estallido de dolor; una sacudida fratricida quizás demasiado dura de resistir.
Se prevé un otoño tormentoso, cargado con precipitaciones violentas y nubarrones fragmentarios. Ojalá, la próxima vez que la lluvia caiga, seamos capaces de ir un paso más allá: de resguardarnos en los brazos del contrario y, simplemente, descansar en él.


