Retrospectiva sobre el prodigio enfermizo que es la ópera prima de Aritz Moreno
Víctor Erice afirmaba en una entrevista que, por su naturaleza contemplativa, la experiencia de ver cine era parecida a la de observar el paisaje mientras se viaja en tren. Una película que invita al espectador a imaginar desde el tren establece desde ese momento la sombra de la duda en cuanto a veracidad se refiere.
Un billete al infierno

En Ventajas de viajar en tren de Aritz Moreno, adaptada de la novela homónima de Antonio Orejudo, ocurre desde el primer momento: Un narrador, que más tarde descubriremos que es escritor (más allá de ser una simetría simpática, esto subordina su narración a malabarismos metacinematográficos que constituyen el hilo narrativo), da comienzo a la película emplazando al público a ser partícipe de la misma, a involucrarse, pero no de cualquier manera: dándole forma.
Imaginar, elaborar, elucubrar… es lo que hacen los protagonistas de una película conformada por una amalgama de historias que explícitamente solo comparten la anomalía psicológica de sus protagonistas: esos circunloquios estrambóticos en los que remojan la realidad para dotarla de una inconfundible y virulenta particularidad vehiculada en Pilar Castro, Ernesto Alterio y Luis Tosar, entregados por completo a roles difusos y, como las vivencias que padecen en la película, en constante bifurcación.
Pero por intrincados y complejos que sean los hilos narrativos que convergen en Ventajas de Viajar en Tren, siempre tiene que haber manos detrás de su movimiento. En este caso los titiriteros son el guionista Jorge Gullón y el director Aritz Moreno, dando lugar a una colaboración atípica pero indudablemente portentosa. El primero, que ya trazaba líneas paralelas entre las metanarrativas y la multiplicidad de personalidades adaptando a Saramago para Villeneuve en Enemy, sienta como anillo al dedo a un director curtido en el cortometraje, que quizá precisamente por ello es capaz de llevar a cabo de manera tan sobresaliente la propuesta de la película como un grupo de relatos de corta duración.
Sólo ida, por favor

No obstante, la longitud de onda de esta convergencia mental no es nada desdeñable, pues resulta en un thriller ácido y lisérgico cuyas historias concatenadas priorizan el viaje sensorial de sus protagonistas frente a una trama impulsada por sus acciones. Viajes sensoriales, que, además, destacan por su abordaje de una cuestión tan espinosa como la enfermedad mental alejados de truculencias empalagosas y candidez condescendiente. La banda sonora de Cristobal Tapia de Veer, ya brillante en Utopia (2015), acompaña el delicioso terror con el que esta película encadena excentricidades.

El prisma bajo el que Ventajas de Viajar en Tren deja ver la erosión espiral de sus personajes, a menudo bajo colores chillones y un potentísimo gran angular, es para mostrar situaciones tan escatológicas como la coprofagia, la pedofilia, la zoofilia y el síndrome de diógenes, entre otros. Pero lo hace con una crudeza escandalosa e incómoda, procurando un espanto fidedigno alejado de efectismo y de pasiones dramáticas, y aprovechando la dispersión narrativa de la película para crear una atmósfera de confusión. De no ser por esto, el modelo de collages encadenados con los que la película conduce a los personajes recordaría a las técnicas de Truffaut o al Auster más abstracto. Pero en su distancia a los mismos la película encuentra su propia sofisticación.
Estación nodriza

La película supone un deambulatorio de historias contra la estetización romántica de la enfermedad mental. Pero implícitamente analiza críticamente la figura del espectador y sobre todo alega contra las mentiras de la ficción, y lo hace, primero, desde el eslogan de su póster: “La realidad está sobrevalorada”, muy similar a la última frase de Ángel/Martín, “La verosimilitud está sobrevalorada”.
Ventajas de viajar en tren cierra con un dardo al papel expectante del público lo que, al mismo tiempo, comienza con un recado de participación al mismo. No es hasta que escuchamos el monólogo del personaje discapacitado hacia el final, que señala a Garcilaso y a Góngora directamente como responsables de la alteración de su visión del mundo, y que vuelve a manifestarse de nuevo en la última reprimenda de Helga Pato: “¿Mentir forma parte de su terapia?” A lo que quien dice ser Ángel responde que “Si la gente se cree a pies juntillas lo que alguien les cuenta en un tren, es problema suyo, ¿no le parece?”.
Es en el tren de la ficción en el que, en pos de la evasión de los afilados ejes de la realidad, el espectador recurre a vías de evasión a las que a menudo les espeta el defecto de no ser verosímiles.
Un andén a transitar
Solo entonces descubrimos que el “Imaginemos” del principio no conlleva una propuesta o invitación, sino un desafío en toda regla. Desafío que va más allá de sostener la mirada a Javier Godino presenciando mutilación infantil o a Pilar Castro siendo violada por un perro; es un reto que exige fabular con la historia, agitar cerebros y ante el dictado de la ficción esteticista, atreverse a imaginar con lo que nos brindan unos personajes que son tan bellamente pasajeros de la propia película en el plano simbólico y paradójicamente literal. También se le atribuye a Víctor Erice el haber dicho que “La imagen bella no es la imagen bonita sino la imagen necesaria”.
Aritz Moreno y su equipo demuestran que la habilidad en la artesanía del cine no va ligada a que la proyección sea espejo bello de la realidad, y lo hacen atreviéndose a buscar en la purulenta basura de nuestros propios fantasmas, rompiendo el espejo en fragmentos profundamente incisivos.

