Hace poco más de dos meses se cumplió el cuarto aniversario del libro del historiador de arte y magíster en la Universidad de Granada, Daniel José Carrasco de Jaime. Más allá de algunos artículos publicados, el misterioso secreto que descubría la obra no tuvo mucho más recorrido: Francisco José no se bautizó como Goya, sino que fue un apellido que adquirió posteriormente. Tampoco se apellidó Lucientes al nacer. Así lo reveló el autor del libro, especialista en Goya, a quien estudia desde hace aproximadamente 15 años: Goya no sería otra cosa que el acrónimo de Gnóstico Oriental y Arquitecto y el de Gran Oriente y Aragón, los cuales dan el nombre al libro en cuestión; mientras que el apellido Lucientes vendría de Lucen Mentis (la luz de la mente en latín).
El autor respaldó la idea con el hecho de que el apellido Goya no existió jamás antes de que el pintor lo adoptara. No existe ninguna referencia histórica que haya documentado la existencia de dicho apellido en ningún momento, y el escritor ya adelantó que el segundo apellido del pintor tampoco existió. Por si fuera poco, la supuesta partida de nacimiento de Francisco José de Goya y Lucientes tampoco sería verdadera, puesto que Carrasco de Jaime tuvo acceso a ella, de la que sólo se conserva una fotografía ya que desapareció durante la Guerra Civil. El documento presenta un rasgo que levanta la sospecha sobre su autenticidad. En el margen derecho del certificado, aparece una nota marginal escrita según los indicios por la misma mano que redactó el resto del escrito, y en esa nota testifica: “Pintor de su majestad en la Corte”. Este apunte indica que el documento fue hecho a posteriori, es decir, mucho después del día que se dejaba constancia de su nacimiento.
Hijo bastardo de un noble masón
La incógnita de quién era realmente Francisco José de Goya y Lucientes cobraba más fuerza que nunca. Carrasco opina, según sus estudios, que Goya era el hijo bastardo de un noble de alta alcurnia. Esta respuesta, declaró, se encontraba en el armario número 38 del Archivo Vaticano, donde se custodian unos documentos que conducen a un entendimiento diferente de la Casa Real española, los cuales, por supuesto, son confidenciales. De este modo, Goya vendría a ser hijo ilegítimo de un miembro de la casa Borbón-Lavedán, una rama extinta de los Borbones.
El significado de las cuatro palabras que conforman el acrónimo que presuntamente escogió el pintor para formar su apellido se relaciona con la masonería. El padre de Goya fue masón, y en uno de sus viajes a Sevilla en busca de la identidad de su progenitor, logró su objetivo y establecieron un vínculo muy estrecho. Es en este momento cuando Goya empezó a entrar en contacto con círculos masónicos y donde se iniciaría como tal.
Simbología masónica en su pintura
A partir de aquí, se nos descubre un abanico de simbología masónica inmerso en muchos de sus cuadros. La masonería contiene una serie de símbolos y representaciones, frecuentemente discretos, que otorgan a los miembros de la masonería un lenguaje particular para transmitir el “conocimiento”. Simbología que sólo pueden comprender los hermanos masones, evidentemente. Estos símbolos tienen un doble sistema de decodificación: uno está basado en la tradición y le proporciona a cada uno de los símbolos y al conjunto de los mismos determinados significados, que constituyen una suma de mensajes-enseñanza tradicionales; el otro es la libre especulación filosófica, basada en el ejercicio de la racionalidad y la libertad humanas para la interpretación. En ambos casos, los símbolos masónicos cumplen la función de comunicar ideas por medio de mensajes visuales.
De esta manera, Carrasco ha revelado algunos de los códigos masones que ha podido insertar Goya en su pintura, como pudiera ser una mano metida en la casaca, escondida (como Napoleón, otro masón), que significa, según la simbología masónica, que pertenece a la comunidad. Otro de estos signos sería el hecho de portar un documento o un libro, que encarna la ley. Tanta fue la influencia de la masonería, ya no sólo en la pintura, sino en su trayectoria vital, que el historiador aseguró que el motivo de que su cadáver se encontrase decapitado responde al motivo de haber obtenido el máximo grado dentro de la masonería. “Para un Gran Oriente que abandona geográficamente su zona de influencia, el que se le decapite constituye la máxima distinción. Que se conserve tu cráneo es un gesto de gran honorabilidad, porque significa que esa cabeza contuvo iluminación”, afirma Carrasco.
Sea como fuere, el halo de misterio nunca abandonará a uno de los grandes artistas que ha dado la pintura. Una mirada única a la hora de percibir la oscuridad y el desengaño de su tiempo, intensificados probablemente por su sordera y el exilio. Pero siempre leal a su manera de comprender el arte, que enmarcó una realidad libre de todo idealismo y caracterizada por su crudeza y acrimonia. Una pintura, la suya, que sentará las bases del arte moderno y será fuente de inspiración de numerosos artistas que comparten un hueco en la historia.


