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‘El viento conoce mi nombre’. Cuando la vida concede una tregua

Isabel Allende, emblemática escritora chilena, recopila en su última novela los nuevos comienzos de personajes tan dispares en edad como similares en fortaleza

“No puedo ser optimista en este mundo de porquería, pero ahora tengo las ganas de cambiarlo que no tuve antes”. La infancia de Samuel Adler no fue fácil. De origen judío, tuvo que emigrar tras la llegada de Adolf Hitler al poder. Sin el abrigo de sus padres y con la única compañía de su violín, Samuel desembarcó en las costas estadounidenses con más desconcierto que esperanza. Ocho décadas después, Anita, una niña salvadoreña, llegará a su vida en busca de la empatía de quienes el azar ha tratado con fiereza desmedida.

Pero siempre hay alguien dispuesto a reparar los estragos que el hado deja a su paso. Leticia, también salvadoreña, acumulaba desgracias vitales cuando empezó a trabajar en casa de Samuel y le ayudó a sobrellevar la vejez y el confinamiento. Anita encontrará a su ángel de la guarda en la figura de Selena, una voluntaria encargada de acompañar a los niños migrantes en los procesos judiciales.

La literatura denuncia las desigualdades

Isabel Allende recoge en su última novela las peripecias de unos personajes a los que el destino ha entrenado en el arte de la resiliencia. Samuel y Anita no son los únicos que sufren en su propia piel la violencia y la emigración forzada. La infancia de Leticia estuvo marcada por la masacre de El Mozote y su etapa adulta por los amores desgraciados. Selena, por su parte, trata de arreglar México, el país de sus raíces, con empleos de trabajadora social que le suponen un empeño titánico traducido en ingresos irrisorios.

El viento conoce mi nombre expone a través de la ficción una verdad manifiesta: el contexto familiar y socioeconómico determina las oportunidades de salir a flote. En un mundo donde la meritocracia asegura que el trabajo duro es el ascensor social más rápido, quien nace pobre permanece condenado a la precariedad eterna a pesar de sus sacrificios. “Algunos de sus descendientes pasaron por breves épocas de prosperidad, pero el karma de esa familia consistía en mucho esfuerzo y poca recompensa”.

La etnia es otro obstáculo insorteable para los personajes de la novela: “Aquí los niños son sagrados solo cuando son blancos”. Isabel Allende conoce de primera mano el exilio y los claroscuros de la vida en Sudamérica. Después del golpe de Estado de Chile en 1973, en el que asesinaron al presidente Salvador Allende, su pariente, tuvo que abandonar su tierra natal al recibir amenazas de muerte.

Isabel Allende
Isabel Allende | Fuente: Flickr

El viento conoce a los espíritus

Isabel Allende dibuja paralelismos entre el argumento de su última obra y su biografía, aunque las alusiones a sus libros pasados también se encuentran a simple vista entre las páginas de la novela. No es para menos: es considerada como la escritora viva más leída del mundo de la lengua española y ha vendido 73 millones de ejemplares a lo largo de su carrera literaria. Durante los trece años que duró su exilio, escribió La casa de los espíritus, su obra primigenia. En ella, relata la historia de sus antepasados, la familia Trueba, a lo largo de cuatro generaciones. 

“Es un don de nacimiento. Algunos muertos se comunican con ella. A veces también los ve”. Selena del Valle atribuye a su abuela las mismas dotes sobrenaturales que Alba Trueba observa en la suya. El misticismo de Clara del Valle aporta la dosis de realismo mágico imperante en la literatura hispanoamericana del boom. Incluso a través de la pequeña Anita, Isabel Allende diluye la frontera entre la última obra y la primera nombrándola de manera casi explícita: “La tía Lety me explicó que se llama casa encantada porque hay espíritus”.

El sufrimiento entrena la imaginación para lograr evadirse de la realidad que duele. Anita crea el mundo imaginario de Azabahar, un reino seguro donde puede encontrarse con sus familiares perdidos. De la misma forma, Isabel Allende edificó sus propios fuertes en la literatura: La casa de los espíritus palió sus años de exilio, Paula la enfermedad de su hija y El viento conoce mi nombre la incertidumbre de los años de pandemia. Ahora son los lectores quienes, siguiendo el ejemplo de la escritora y sus personajes, canjean la bandera blanca por el ondear de sus palabras.

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