El mito del esfuerzo

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¿La cultura del esfuerzo es real? Esta es una pregunta que nos hacemos a menudo, pensando que si nos esforzamos lo suficiente y basamos nuestra vida en un único objetivo lo podremos conseguir.

Desde pequeños se nos bombardea con el discurso neoliberal de «la cultura del esfuerzo». Nos dicen que prosigamos nuestros sueños, que si nos esforzamos mucho los podremos cumplir y tendremos una vida feliz haciendo lo que nos gusta. Pero cuando crecemos nos chocamos con la realidad y todo ese cuento que nos habían contado se nos desmorona y acabamos trabajando en algo que aborrecemos para poder vivir dignamente.

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Todo el esfuerzo que puede suponer sacarse una carrera o trabajar dejando a un lado todos los demás aspectos de la vida, en ocasiones intercalando ambas cosas, no solo no se ve recompensado sino que a veces se convierte en una necesidad. La juventud se convierte en simples máquinas de producción que no puede desarrollar otras facetas de la vida como socializar o culturizarse, incluso relacionarse con su familia.

Estos aspectos son considerados una pérdida de tiempo, a pesar de ser fundamentales para el desarrollo de las personas, por lo que es arrebatado a la juventud por este mantra del esfuerzo que se repite constantemente.

Algo imprescindible como la salud mental se deja a un lado con tal de ser más y más productivos, siendo una de las causas directas de que la actual generación sea la que más depresión o ansiedad sufre.

Todo esto recae sobre los jóvenes, haciéndoles sentirse culpables por no cumplir con la idea de persona productiva que se nos ha inculcado. Asimismo, se señala desde todos los ámbitos sociales a las personas que no cumplen con esa imagen.

La crisis en la que nos encontramos desde hace diez años, sumada a la que se ha producido debido a la pandemia, ha provocado que sea muy difícil evitar la precariedad. Ya ni siquiera la gente con estudios se salva de caer en trabajos con unas condiciones pésimas y que no dan para vivir.

La actual generación que ha vivido siempre en crisis y que no ve una salida clara a su futuro, yendo de alquiler en alquiler, enlazando trabajos temporales y precarios, que no les permiten asentarse en su proyecto de vida.

El éxito: ¿Cuestión de merito o de posición social?

Este discurso de la meritocracia choca frontalmente con la realidad en la que vivimos, donde vemos que la mayoría de la población pasa su vida en trabajos que nos les permiten desarrollarse como personas, ni alcanzar determinados puestos en la sociedad.

Ilustración sobre la meritocracia:. Fuente: Carola Josefa(https://www.instagram.com/carolajosefa/?hl=es)

Una de las claves para romper con este discurso es que vivimos en un sistema de igualdad de oportunidades, pero no de recursos. Es decir, todos tenemos la oportunidad de llegar a cualquier puesto que queramos, aunque el problema radica en que hay personas que no tienen los recursos necesarios para poder lograr tales objetivos.

Los recursos y privilegios a los que pueden llegar determinadas personas por su condición social y la familia a la que pertenecen les posicionan con ventaja en una carrera por determinados puestos de trabajo. Otros, que por nacer en un barrio humilde y pertenecer a una familia obrera, no tienen acceso a esos recursos, quedándose atrás.

Por tanto, el éxito profesional se convierte en una cuestión de clase donde solo los ricos pueden cumplir sus sueños, mientras se le es negado a los pobres. A excepción de ciertas personas que, en determinados sectores, pueden alcanzar el éxito gracias, fundamentalmente al factor suerte que puede, o no, corresponderse con su esfuerzo.

Un estudio realizado este año por la Fundación COTEC, junto con la Fundación Felipe González, llamado El Atlas de las Oportunidades, revela que el lugar y la familia en la que nacemos, influye en el nivel de renta al que podemos acceder en el futuro. Este estudio se ha basado en datos de niños nacidos entre los años 1984 y 1990, a través de la declaración de la renta de sus padres realizada en 1998. Esta estudio se completa con las rentas de esos mismos hijos en 2016.

Grafico sobre la movilidad nacional en renta. Fuente: cotec.es

Según este estudio, los hijos de familias pobres tienen rentas menores cuando crecen. El gráfico siguiente muestra que los hijos de hogares pobres ganan, de media, unos 14.000€ y los hijos de hogares en la media rondan los 16.000 €. Pero la curva es no lineal hacia arriba ya que los hijos de familias de renta media-alta ingresaron de media unos 18.000€, los del 10% más rico unos 20.000€ y los hijos del 1% rico ingresaba una media de 32.000€ a los 31 años.

Grafico de movilidad de renta según el hogar. Fuente: cotec.es

Este segundo grafico muestra que solo el 12% de los hijos de hogares pobres pertenece al quintil con más rentas de joven, mientras que un 33% de los hijos de hogares ricos está en ese quintil rico.

También conforme los hijos van creciendo, el peso de las rentas de los padres va aumentando por lo que con 26 años, los hijos de familias ricas y pobres que tienen ingresos escasos son los mismos.

Cuando alcanzan los 32 años, los datos se desequilibran y solo el 16% de los hijos de familia rica tienen bajos ingresos frente al 27% de hijos de familia pobre. La probabilidad a esta edad de ser rico es el triple para los hijos de familias ricas que para los de familias pobres. Dicho estudio también configura un mapa interactivo en el que se puede consultar dichos datos según el código postal.

Otro informe que avala que la movilidad social en las clases bajas es casi imperceptible es el realizado en 2018 por la OCDE, llamado ¿Un ascensor social roto? Cómo promover la movilidad social. Este estudio afirma que el patrimonio de la familia tiene un rol primordial en la vida de las personas.

La meritocracia se transforma en un discurso vacío en el momento que los éxitos conseguidos dependen de la renta y no del merito de la persona. Este sermón hace creer a los pobres que pueden alcanzar a los ricos, por lo que no atienden al sistema en el que viven, donde sistemáticamente se les priva de determinados privilegios por su clase, a los que solo pueden acceder unos pocos. Además de dificultarles el acceso a servicios esenciales.

Las desigualdades a las que están sujetas las clases sociales bajas hacen que esta cultura del esfuerzo pierda todo su sentido. Sin recursos, el esfuerzo no sirve de nada, por tanto se convierte en una especie de mito que solo lleva a una juventud frustrada y depresiva. Creando así la generación perdida de la que tanto se habla.

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