En su debut literario, Papá nos quiere, Leticia G. Domínguez explora qué es lo que ocurre cuando la infancia hiere dejando cicatriz
«Lo que pasa de puertas adentro no hay que contárselo a nadie». ¿Qué secretos deben suceder en un hogar para que esa frase sea la norma?
Papá nos quiere cuenta una historia del interior de cuatro paredes. Sin embargo, ese interior, esas cuatro paredes, aparecen y afectan a otras cuatro totalmente diferentes, y no solo reaparecen en tiempo y espacio, sino que se pegan a la persona, en este caso, a su protagonista.
La novela está narrada en una primera persona completamente confesional e íntima. En todo momento es como si una niña pequeña se acercase a tu oído y te susurrase cosas malas, cosas que un niño no debería saber, o al menos, cosas de las que no debería darse cuenta.
El catolicismo extremo y la violencia intrafamiliar es lo que define el ambiente que vive la protagonista de Papá nos quiere. A medida que crece, la niña cierra los ojos ante la violencia más evidente y lucha por seguir manteniendo su ficticia tranquilidad familiar. Trabaja el olvido e intenta fintar el abuso, refugiándose en su hermana Jade como única salvación de la realidad.
Con una prosa inquietante y con el demonio evidente en los detalles, Leticia pone en duda el rol de la familia, la lealtad ciega, y la defensa rigurosa del padre.
Muchas veces, papá no nos quiere
Pregunta: ¿Por qué escribiste este libro?
Respuesta: Estaba analizando mi propia infancia porque me di cuenta de que había heridas que no habían sanado. Eso me llevó a un proceso de documentación no consciente en el que estuve leyendo muchos libros sobre las repercusiones de los traumas infantiles en los niños y los adultos, y esto también me llevó a poner este tema encima de la mesa. La infancia no se acaba, nos la llevamos siempre. Y también combatir la idea de que la familia es un refugio, un lugar de amor, y que debemos satisfacer esas ideas de satisfacción familiar que nos impone la sociedad.
P: ¿Y a qué se debía esa disección en tu infancia?
R: La novela es una autoficción, aunque yo no soy la protagonista, la biografía en sí hay un entramado entre la realidad y la ficción. Me di cuenta de que esas heridas no habían cerrado, y eso suponía una intromisión en mi camino, algo que no podía dejar atrás del todo. Es un poco lo que reflejo en la novela; es una adulta que se va de casa, pero se lleva su casa dentro.
P: ¿Cómo fue tu proceso de escritura?
R: Cuando escribo leo muchas novelas que me alimenten, que tengan una estructura similar a la que quiero tratar, porque mientras leo reflexiono sobre mi propia escritura. Yo estaba buscando la voz y el tono de mi novela, y encontré Florescencia de Kopano Matlwa, y me gustó mucho la protagonista al ser una voz honesta, directa y vulnerable que está sometida a una circunstancias más grandes que ella, que se tratan de las circunstancias sociopolíticas de Sudáfrica. Me inspiró mucho para lanzarme a un tono muy íntimo y confesional, que era el que quería. Todavía causa mucha vergüenza y muchos problemas el contar lo que ocurre en la familia. Creo que está más superado en cuanto a la pareja, pero hay un lugar sagrado, santo, intocable, en la familia. Por eso la niña está contando un secreto, y quería hacer partícipe al lector en esa sensación de intimidad y confesión, por eso es un tono tan íntimo.

P: Es justo lo que dicen en la contracubierta, “lo que pasa de puertas adentro, no hay que contárselo a nadie”
R: ¡Efectivamente! También me inspiré en Ojos azules de Toni Morrison, que tiene mucha oralidad en su tono para transmitir que te estabas metiendo en una charla íntima y pequeñita. Creo que, mirando atrás, muchas lecturas de mi juventud o incluso infantiles me han inspirado, y una es Celia, de Elena Fortún. Te contaba de forma muy inocente a la vez de meter el dedo en la llaga.
P: ¿Por qué crees que tendemos a idealizar tanto a un padre, a la figura masculina?
R: Esto lo dice Blanca Lacasa muy bien en su libro Las hijas horribles. Tradicionalmente, al rol masculino se le ha exigido menos. Hemos asumido que estaba bien que un padre fuese un padre ausente, una figura un poco canalla, gamberra, ausente, y al asumir esa figura de padre, hemos asumido que no hay daños. Sin embargo, la madre debe de ser una madre abnegada, sacrificada, ideal, que en raras ocasiones se cumple (es lógico, es ideal). Pero eso hace que un padre, si es ausente, por mucho que duela, se está comportando como se espera que se comporte un padre.
P: ¿Cuál es el momento en el que esta idealización desaparece por completo?
R: En la novela, realmente desaparece cuando se empieza a analizar la infancia desde una perspectiva que pretende ser realista y respetar las emociones propias. Esto tiene lugar en la novela en el espacio de terapia. Por un lado está la interpretación infantil que ella hace de sus padres, y en la novela lo digo, que ella está enamorada románticamente de sus padres. Pero en la terapia se cae la venda. Creo que, socialmente, no ayudamos a que esto ocurra, porque como sociedad aún dibujamos la familia como un sistema ideal donde todo se hace en nombre del amor, que por amor todo vale. Creo que las dinámicas que por fin hemos identificado como maltrato en pareja, están normalizadas en familia. Cuando la sociedad de ese paso de reconocimiento, la gente se sentirá más libre para identificar que sus vínculos no están bien.
P: ¿Crees que la sociedad intenta tapar este tipo de maltrato por mantener el status quo en cuanto a las dinámicas familiares perfectas?
R: Yo creo que la sociedad todavía está progresando. Ahora hemos empezado a cuestionarnos y deconstruir el amor romántico en la pareja, entonces, ahora le toca a la familia. Por eso hay tantos libros en torno a la familia. Aunque no seamos conscientes, la primera experiencia del amor se vive en la familia, y lo dicen los psicólogos: Los niños nacen enamorados de sus padres.
P: Aún no estamos preparados para hablar de este sentimentalismo negativo.
R: También yo creo que hay un poso católico muy fuerte en nuestra sociedad. La religión sitúa a la familia como la piedra angular de todo, en el libro también hago un correlato con eso de “La Sagrada Familia”. Yo creo que ese poso en la religión, persiste. Y claro que tiene que ver con un problema, como tú dices, de mantener el status quo, donde tampoco se nos anima a cuestionar aquellas figuras que son autoritarias. Aún nos cuesta poner límites a nuestros jefes, nos cuesta poner límites con nuestras parejas, y nos cuesta poner límites a nuestras familias.
Diseccionar la infancia y diseccionar los sentimientos
P: ¿Crees que el padre y la madre son los primeros roles de autoridad que podemos encontrar?
R: Suponen la medida de todas las cosas, de la verdad universal. Lo de “en mi casa el parchís se juega así” “las lentejas se hacen así”, demuestra lo universal que creemos que son nuestras familias. Creemos que son la norma de todo, la medida.
P: ¿Por qué crees que las críticas en la ficción a familias disfuncionales pasan tan desapercibido?
R: Yo creo que todavía no somos conscientes de la repercusión de las heridas de la infancia en la vida adulta. Yo creo que esa experiencia determina la relación con nosotros mismos, la relación con el mundo, porque, en la familia se aprende el significado, como tú dices, de autoridad. ¿Qué es autoridad? ¿La autoridad es mala, flexible? ¿Qué es el amor, que sea siempre sumisa, que me intenten comprender?
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P: ¿Cómo crees que estas heridas sin sanar afectan al crecimiento de este niño?
R: En El drama del niño dotado de Alice Miller, vertebra la relación de los padres y la protagonista. Alice Miller decía que, en un ambiente donde los niños tienen que hacer esfuerzos desmesurados por ser aceptados, y que ser aceptados supone encarnar un rol, van a suprimir sus propias emociones y van a renunciar a su identidad. Entonces la protagonista tiene que encarnar el rol femenino que esta familia conservadora entiende; dócil, sumisa, que no se defienda, que tenga que estar todo el día en la casa y que sea pura y virginal. Para encarnar este rol debe reprimir incluso cuáles son sus ideas, deseos, porque debe estar encaminada en esa manera y renuncia un poco a su propia identidad para gustar. Y se la lleva a su vida adulta. También hay violencia, y esta realza a una persona en un cuadro de estrés postraumático, con mucho miedo a los demás (ha aprendido que el ser humano es dañino), con poca capacidad de socialización (su familia es asfixiante y la encierra…). Me acuerdo un poco de la historia de Los Javis, de La Mesías. Ellos vieron que muchas familias religiosas extremas encierran a sus hijos porque no quieren que escuchen otros puntos de vista, o se vean empapados de otras ideas. Esto causó muchos problemas de socialización también, y por supuesto muy destructiva consigo misma e incapaz de crear lazos en general.
P: ¿Es posible no caerle bien a un padre o madre?
R: Manejamos ideas equivocadas del amor, que es un poco el amor romántico, y que existe en la familia. Querer a alguien significa querer igual, y ser iguales, que uno sea el reflejo del otro, que la ideología debe ser la misma… Leyendo Usos amorosos de la posguerra española de Carmen Martín Gaite, explicaba cómo las familias decidían el futuro sentimental de sus hijos, varones y mujeres. Y venimos de esa educación, en la que la máxima de amor a sus padres era absoluta obediencia.
P: De este libro, ¿cuál ha sido la parte que más se te ha complicado?
R: Para mí, imaginarme las emociones de un niño o una niña no ha sido difícil. Les veo tan tiernos, tan blanditos y vulnerables… esa voz tan tierna que no puede expresar lo que les pasa… ha sido un ejercicio un poco de amor, para mi protagonista. La adolescencia y la adultez me resultó más complicado también por espacio de páginas. La liberación. ¿Cómo expreso algo tan fuerte sabiendo que estoy escribiendo un libro? Y al final me inspiré en Marguerite Duras, en El amante. Aunque mucha gente la califica de una novela erótica, yo siempre he sentido que es una novela que hace un acto radical a través de su cuerpo y su sexualidad, mediante el cual se declara como un individuo independiente de esa familiaridad. Pese que a ellos no les gusta. La liberación fue a través del cuerpo inspirándome en El amante, pero de otra forma.
P: Esta novela, a pesar de que sea una autoficción, tiene cosas tuyas, que son de tu infancia.
R: Sí. La experiencia del rechazo, de la soledad. A pesar de estar con sus padres, la niña está sola. Hay un abandono emocional. Sus emociones no son validadas, nadie la escucha, nadie le pregunta, a nadie le interesa su mundo interior infantil. Viene de esa creencia de que los niños no tienen sentimientos, no tienen emociones, y son tontos.
«Me quedo entre esas páginas porque ahí no temo»
P: ¿Cuál sería la solución a este sentimiento?
R: En este caso, en la novela, ella se aferra a su hermana. Aunque está en un ambiente muy complicado, tiene sus herramientas de supervivencia. Se aferra a su hermana, que es una niña adoptada y tiene una visión diferente del mundo, de su familia, y es capaz de reconocer y señalar lo que está ocurriendo en esa casa. Cuando se aferra a ella, lo que hace es aferrarse a la verdad, porque esta niña, Jade, representa la verdad. Ella es muy pequeña, no puede asumirla ni aceptarla. Es como eso a lo que se va a ferrar toda su vida y en el futuro lo reconocerá, porque solo reconociendo la verdad va a poder sanar. Y esto es muy importante. Reconocer la verdad significa legitimar sus propias emociones, pensar que lo que sentía y percibía tenía sentido. También se aferra a la literatura, a los sueños. Los sueños son muy importantes porque son la expresión de una ambición. Si soñamos, es que creemos que una vida mejor puede ocurrir, y sin esto, no intentaremos cambiar las cosas.
P: ¿Crees que una de las salidas que se podrían dar en la familia sería con la muerte de uno de los padres?
R: Probablemente sería, pero sería muy traumático, por destructivos que fuesen, o una liberación absoluta. Yo creo que la clave sería que, como sociedad, reconociésemos que algunas relaciones familiares no son sanas, y al igual que, como hacemos con las relaciones de pareja, hay muchas dinámicas que son perjudiciales, y también creo que la sociedad debería mirarse más. Ser capaces de romper esa barrera de “¿Qué te pasa, estás bien?”. Todavía esta conversación, entre amigos, es dura. A lo mejor me han contado algo tras cinco años de amistad. Nunca se llega a contar del todo y tú nunca te atreves a dar tu honestísima opinión de lo malo que está siendo para esa persona.
P: ¿Hay casos que no son reconocidos del maltrato en la infancia en los que ni siquiera la víctima es capaz de identificar?
R: Sí. Creo que uno de los efectos de los traumas, sin ser yo una experta, es que se olvidan para poder sobrevivir. Por eso, gente años después, recuerda que ha sido violada, o recuerda un capítulo muy intenso de su existencia. Otro problema que se añade es que un niño en su familia no conoce otra cosa, cree que es lo normal y no es del todo capaz de pronunciar la palabra “maltrato”, y también el maltrato psicológico es invisible, para todo el mundo.
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P: ¿Qué primeras huellas de maltrato psicológico se pueden dar en una relación de familia?
R: Yo me di cuenta leyendo los libros de Alice Miller, del estrés postraumático. Tiene un libro llamado Salvar tu vida, que es del maltrato en la infancia, en la que en la parte de atrás publica las respuestas de ella a las cartas de sus pacientes. Me di cuenta de que casi todos ellos tenían un síntoma común, que no llevaban las riendas de su propia vida, que el faro de su existencia estaban desplazado a sus padres, cuando el centro debe estar en una misma, que todo debía contar con la aprobación de sus padres, y gente con muchos problemas en los vínculos, afectivos, sexuales… y de ahí saco a la protagonista, basándome en esas cartas.
P: En cuanto a tu etapa de documentación, ¿cuál ha sido el infohazard con este tema?
R: Se me ha quedado muy grabado esa estrategia adaptativa en la que habla Alice Miller en la que un niño renuncia a su personalidad para adaptar otra que provoque ser aceptado en el ámbito familiar, en este caso. Pero también, esto puede ser muy retorcido, y, según ella, cuando un niño consigue que alguien le hable es cuando hace algo malo. Es cuando consigue existir y que se fijen en él, pero al final son comportamientos que no son propios, que no son una tendencia natural, sino estrategias de supervivencia. Se me ha quedado muy grabado. Y por supuesto todo lo que nos afecta en la vida adulta.
P: ¿Cómo influye la imposición de una moral católica tan extrema de la vida en familia como retratas en el libro?
R: Lo retrato, por ejemplo, con una persona que tiene un conflicto muy grande con su propia sexualidad. A su vez, ella no lo vive de una forma espontánea, está ahí la idea del malestar, la culpa, el pecado. Ella se cae en la bañera y se hace daño en sus genitales, y su madre no le deja tocarse, ni la toca. Ahí pongo la primera piedra de la relación antisexual con su propio cuerpo, incluso a la hora de darse abrazos. ¿Cómo me voy a sanar si no puedo abrazarme ni reconocer dónde están mis heridas? Yo lo reflejo por lo menos así, en mi historia. Sobre todo, yo creo que está ahí, y si la familia, según su idea católica, tiene la verdad absoluta y la moral, ¿cómo te vas a despegar de ella? Casi viene de Dios. La familia se hace más poderosa, ellos deciden dónde está el cielo y el infierno, y te lo está transmitiendo.
P: Noto que hay dos grandes verdades, o dos puntos de vista sobre la verdad. Uno es el de Jade, que es la hermana, que sería el punto de vista científico, y otro el religioso, el de la familia.
R: He querido ser ecuánime con la religión. La familia utiliza todo como un instrumento de manipulación y control, y la religión es una cosa más. La vestimenta es una herramienta de control, la etapa social también. Todo está controlado y manipulado. La niña usa la religión como una tabla de salvación, la vive de una forma diferente. Establece un diálogo con un Dios y es una comunicación que le ayuda. No querría tachar la religión como algo malo per se, sino cómo de mal se relaciona el ser humano con la religión. Igual que la ciencia. Hemos creado y usado la bomba atómica, pero no es mala per se, es como nos relacionemos con ella. Está la verdad de la familia, que usa la religión de forma manipuladora y cruel, y luego la verdad de Jade, que podríamos decir que es justo, la verdad objetiva, científica, una observadora en tercera persona objetiva del experimento que es esta familia.
P: ¿Podría ser uno de los temas de la novela la resiliencia, o el primer paso para querer salir de una situación así?
R: Sí. Cuando escribí este libro, me acordé de la frase de “Todas las novelas épicas empiezan con el héroe marchándose de su casa”. Como Hércules. Pensé que esta protagonista quiere ser la heroína de su propia existencia, y con eso no quiero decir que quiera tener una existencia épica, sino que ella aspira a una existencia ordinaria que ella la dirija todo lo que pueda, dadas las circunstancias económicas, políticas, que ella vive y todos vivimos. Ella quiere ser consciente de sí misma y sus deseos, y tratar de llevarlos a cabo. Es una novela de la búsqueda de la propia identidad, también.
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P: Que ella tome el control de su vida ya es una épica.
R: ¡Efectivamente! Al final, es la épica a la que todos aspiramos en nuestra propia vida.
El coste de una cárcel mental
P: Hay una frase muy destacable del libro; “La abrazo esas veces que llora a punto de marcar el numero de las mujeres victimas de maltrato.” Aún hay muchas mujeres que callan el maltrato en el matrimonio.
R: Yo pienso, y lo he reflejado en la novela, que hay una frase que es “su madre dijo que lo aguantara todo”. Ahí también está el mandato familiar. Esta mujer ha construido su vida al servicio de lo que significa ser femenino o femenina según lo que le han enseñado, y aceptar todo del varón, que es quien abarca las normas y dice lo que está bien. Son las circunstancias del personaje de esta novela. Hay muchas circunstancias por las que una persona abarca maltrato, y la idea que tiene esta mujer de ver el mundo la hace estar atrapada, aparte de que depende económicamente de este hombre, que ese es el problema.
P: Ahora las mujeres, al poder tener una economía propia, tenemos un paso a poder escapar de este maltrato.
R: Es verdad. Una vez que una persona reconoce que está siendo maltratada, que puede ser muy difícil reconocerlo, solo puede irse si tiene una independencia económica. Y efectivamente, durante muchísimas generaciones, no ha sido así.
P: Uno de los aspectos más destacables de la novela es que la madre se fija mucho en las familias de todo el mundo. ¿Intenta sacar algo malo de todos para amenizar un poco su situación?
R: Yo creo que es verdad que es una familia con superioridad moral, que se creen mejores que los demás, que educan con valores de competición. Tienen esos deseos aspiracionales muy típicos de los 90, de escalar en la escala social, tener el mejor coche, la mejor casa, y los mejores hijos.
P: ¿Cómo se encuentra la resiliencia en una situación así?
R: En mi novela he querido reflejar la ayuda indispensable de la terapia. Ahora ya no tanto, pero sigue siendo un tabú, un estigma social, el tener problemas. Todos tenemos problemas porque todos somos seres humanos, pero ese espacio de la terapia supone un espacio de autorreflexión, donde supone mejorar esta relación con nosotras mismas, que está reflejado en el espacio de los autocuidados.
P: ¿Hay algún tema que no quieras que nadie se pierda?
R: El tema de una educación machista. Esta familia recoge valores sociales y los multiplica por 100, los hace mucho peores. Pero no se está inventando las cosas. Recoge los valores, los empeora, pero están ahí. Muchas veces hablamos de la lucha del individuo contra la sociedad, pero no nos olvidemos que todos somos hijos e hijas, y que quizás deberíamos revisar nuestra propia educación. No para destruir las familias, porque creo que es algo muy importante y que ojalá siempre sean amor y refugio, sino para decir: “Yo veo la vida en este aspecto así, igual no es tan válido para mí”.
P: En cuanto a la educación machista, ¿crees que puede afectar más a un niño o a una niña?
R: Creo que, como decía Simone de Beauvoir en El segundo sexo las que nos hemos quedado abajo hemos sido nosotras, que recibimos el aguijón del poder, y que nos ha tocado el papel del que se nos ha despojado de derechos y de nuestra libertad individual, y de esa larga lista de agravios que conocemos. Pero creo que el machismo no ha sido bueno con los hombres. Ha asumido que todos deberían ser heterosexuales, e incluso aquel que se identificaba con una orientación heterosexual, tenía que ser un padre de familia, tener una responsabilidad económica y encarnar un tipo de masculinidad que no le convenía nada. Así que, también, en la familia, represento al hijo, que aunque no se sienta heredero del sistema y lo acepta, también eligen un destino para él.
P: ¿Tienes algún próximo proyecto?
R: Estoy trabajando en un próximo proyecto que está aún muy en pañales, y creo que escribo desde un sentimiento de enfado y la ira. Estoy un poco cansada de escuchar la frase de “los hombres eligen ciencias porque es natural, y no para las mujeres”. Quiero ir en contra de ese mito que también va arrastrando las libertades humanas.
Sobre la autora
Leticia G. Domínguez, nacida en Madrid en 1987, obtuvo su licenciatura en Ciencias Físicas y ha dedicado su carrera profesional a la programación en el ámbito de las startups. Además, ha colaborado en la redacción de varios artículos para medios culturales destacados, incluyendo Nayagua, Ámbito Cultural y La Grieta, entre otros.
Completó el Máster en Escritura Creativa de Hotel Kafka, ampliando así sus horizontes más allá de la programación. «Papá nos quiere» es su primera novela publicada, marcando así su incursión en el mundo literario.


