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´Trece velas en la recámara´: la novela juvenil antibelicista

Julia San Miguel Martos retrata cómo se aprehende la violencia en la infancia y cómo esto afecta en la (pre)adolescencia

Trece velas en la recámara es la primera novela de la autora. Se publicó en octubre de 2023, por la editorial Malas Artes. El libro sigue la historia de Mike, un niño que va a cumplir 13 años y pide a sus padres celebrar su cumpleaños en un parque temático de guerra. Fascinado por los cañones, metralletas y espadas se imagina jugando a luchar y pelear con sus amigos. ¿Pero es acaso la guerra un juego? Mike y sus amigos quedarán atrapados en una situación de pesadilla, donde la línea entre realidad y ficción queda cada vez más difusa.

Las temáticas principales

La obra tiene el ritmo ágil característico de la literatura juvenil. Esto hace que sea de lectura fácil, pero tiene muchas capas y no es un libro simple. Lo que vertebra todo es el marcado tono antibelicista de la autora, que se refleja desde la primera página, donde se  adjunta un fragmento de la canción Masters of war de Bob Dylan:

«You hide in your mansion while the young people’s blood flows out of their bodies and is buried in the mud.»

Sin embargo, existen otros temas que no pueden pasar inadvertidos. Algunos de ellos son: la (pre)adolescencia, la maternidad, el aprendizaje de la violencia y la importancia de conocer la historia para aprender de ella. Todos ellos interrelacionados.

La (pre)adolescencia como campo de batalla figurado

Mike va a cumplir trece años. Los trece no dejan de ser una edad rara, en tierra de nadie. Para él, celebrar su cumpleaños es importante y quiere dar la talla: no soportaría decepcionar a sus amigos.  Ya son muy mayores para ir a una piscina de bolas, pero demasiado pequeños para celebrarlo en un pub… El cine y la bolera están muy vistos. La autora ejemplifica con mucho acierto esta sensación: «Álex se deslizaba por la pantalla, con opciones más o menos similares para niños muy pequeños o no aptas para menores de dieciocho años.»

Cuando sale la oferta de celebrar su cumpleaños en lo que parece un parque temático de guerra a Mike le parece el plan perfecto. Solo falta un obstáculo: sus padres. El padre, en el estereotipo eterno de padre “guay” le da el visto bueno en seguida: “Por fin vas a experimentar lo que es ser un soldado. ¿No es eso lo que querías? ¡Con la de veces que has protestado por no poder hacer la mili, como los de mi generación! ¡Qué tiempos!”

Soldados del ejército | Fuente: @senivpetro via Freepik

En cambio, a su madre Adela le toca desempeñar el arquetipo de poli malo, o de madre aburrida: no está convencida de que su hijo celebre así su cumpleaños. Le ha intentado inculcar unos valores muy claros. Sin embargo, por no llevarle la contraria y enfrentarse a lo que posiblemente hubiera sido una discusión decide ceder.

Es inevitable no relacionarlo con la vida personal de la autora de la novela. Como ella misma declaraba:

“Como madre, no sabía hasta dónde proceder con las pistolas de agua, los soldaditos de plástico, los videojuegos… No sabía si permitir o prohibir, en esa dicotomía entre la realidad y la ficción que tanto se da en los cuentos populares. Quería dejarles a mis hijos, a nuestros hijos, un pequeño texto que simplemente les hiciera reflexionar”.

La violencia aprehendida

Pero entonces, si Adela había educado a su hijo en unos marcados valores antibelicistas… ¿Por qué esa fascinación casi obsesiva de Mike por la guerra? A parte de ese padre pro-mili, que no ayuda, este gusto por las contiendas viene de antes.

En los videojuegos, la guerra se presenta como un juego estratégico. Pero esto no implica que la violencia pase desapercibida en este contexto: no faltan imágenes de muertos y sangre, pero al ser un videojuego no se toman en cuenta. El peligro de estos videojuegos radica en quien los juega y en la madurez que tenga. Cuanta más, menos peligro de que la línea que separa realidad y ficción termine por difuminarse, como ocurre en esta novela.

Paisaje de guerra y conflicto con soldados disparando | Fuente: Freepik

Por supuesto que los videojuegos no son los últimos responsables, existen más factores, como lo que se aprende sobre Historia bélica en los colegios e institutos.

No permitir que se anteponga lo épico a lo ético

La narrativa de los conflictos armados no está libre de épica y cierto distanciamiento. Este tipo de relatos corren el riesgo de calar. El siguiente fragmento de Trece velas en la recámara lo ejemplifica a la perfección:

«—Deberíamos haber elegido la Primera Guerra Mundial, en vez de la Segunda. Es más elegante, creo.

—¿Estás bien, Gonza? ¿Desde cuándo una guerra es elegante? ¿Te has dado un golpe en la cabeza o qué?

—No, de verdad. La Primera Guerra Mundial tiene un cierto encanto. Es que era una guerra diferente, pero nadie lo sabía. Al principio se siguieron las tácticas antiguas, las que usaba Napoleón, como el ataque frontal, cuerpo a cuerpo. Pero, con el nuevo armamento, la forma de combatir cambió, creando un 81 sistema de trincheras muy complejo, y usando la tecnología que, bueno, tenía sus defectos».

¿De qué sirve enseñar en los colegios e institutos los progresos tecnológicos en armamento si no se hace hincapié en las víctimas que murieron a consecuencia de ellos? Lo necesario no es quitar importancia a ninguna de las dos, sino enseñarlas de la mano y así permitir que las futuras generaciones crezcan sabiendo los acontecimientos históricos completos, y no a la mitad.

¿Realidad o ficción?

Precisamente, fruto de todo este abanico de elementos: cómo se enseña la historia en el entorno educativo, la normalización de la violencia en productos culturales, el cerebro (pre)adolescente (susceptible de manipulaciones) y los grises de la maternidad llevan al relato a un sinsentido justificado.

Llega un punto en el que el lector no sabe que esta ocurriendo. Se sabe que los protagonistas de esta historia están celebrando el cumpleaños de Mike en una suerte de parque temático de guerra. En éste se dan recreaciones de batallas históricas relevantes, en las que pueden participar aquellos niños que han decidido acudir a ese espacio. Pero los juegos de rol que se desempeñan allí envuelven la atmosfera de un aire raro, en el que se duda constantemente qué está pasando y qué es fruto de la imaginación de esos niños aterrorizados.

«—¡Esto está muy bien recreado! —exclamó Gonza con entusiasmo.

—Es que parece de verdad —dijo Gema, que desobedeciendo las órdenes del capitán se mostraba atenta a la amenazante presencia enemiga.

—Sí, demasiado real… —Álex miraba hacia los lados preocupado mientras Clara, ajena al combate, hacía lo posible por vencer el mareo».

Si bien se puede echar de menos algo más de profundidad en esta contradicción, Trece velas en la recámara cumple con lo que pretende: suscitar reflexión en los más jóvenes, y en los que no lo son tanto, para acabar con esa fascinación desmesurada por lo bélico.

Sobre la autora

Esta es la primera novela de Julia San Miguel Martos. Antes de lanzarla, ya había escrito más de diez cuentos infantiles para editoriales como Bruño, Edebé o Kalandraka. Ya en el instituto comenzó a obtener diferentes premios en relato y poesía,  tal vez esto explica su decisión de estudiar Filología Hispánica en la Universidad Complutense de Madrid.

Julia San Miguel Martos con ‘Trece velas en la recámara’ | Fuente: @julia.sanmi via Instagram

La autora afirma que diez años atrás quedó impactada por una fotografía publicada por Amnistía Internacional de un niño vestido de militar con un arma en la mano, bajo la leyenda: “No está sucediendo aquí, pero está sucediendo ahora”. Esto fue lo que la impulsó a escribir esta historia.

“Este es el libro que nunca me hubiera gustado escribir, pero que me gustaría que nuestros hijos leyeran. Es un libro comprometido y responsable. Un pequeño intento de concienciar y ser conscientes de que debemos seguir construyendo un mundo mejor”.

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