La nueva película de Alice Rohrwacher llegó a las salas de cine el pasado 19 de abril
Tras ser presentada a competición en el pasado Festival de Cannes, las críticas la destacaron como uno de los grandes títulos del año. Con la colaboración de Isabella Rossellini y Josh O’Connor, La Quimera supone un ejercicio de reflexión sobre la muerte, el dolor y el paradigma social de la Italia rural.
A lo largo de los últimos años, la crítica cinematográfica ha nombrado a Alice Rohrwacher como la gran sucesora del neorrealismo italiano. Sus notorias influencias de autores como Fellini o Pasolini y su estilo tan marcado, juntando elementos mágicos con la realidad social, la han elevado a la posición en la que se encuentra. Es curioso porque sus películas suelen contentar tanto a la audiencia como a los críticos. Y es que parece que Rohrwacher llevara haciendo cine toda la vida pero en realidad La Quimera es su cuarto largometraje.
En 2011 daría el salto a la dirección con Cuerpo Celeste. Una cinta que cautivó al público y fue una de las grandes sorpresas del Festival de Cannes. En 2014, ganó el llamado Gran Premio del certamen en cuestión gracias a El País de las Maravillas, un film que habla sobre el deseo impedido de una niña por descubrir el mundo que le rodea. Poco a poco la realizadora italiana iría depurando su técnica incluyendo temáticas recurrentes como el ambiente rural y la crítica social, todo ello disfrazado de una fantasía poética.
En este contexto, llega en 2018 la que para mí es su gran obra maestra hasta la fecha, Lazzaro Feliz. Un relato que trabaja la figura de un joven bondadoso que se enfrenta a la cruda realidad que suponen las injusticias sociales y el egoísmo humano. Aunque en realidad es mucho más que eso. Es un ejemplo de cómo tratar las relaciones entre personajes, de establecer un ritmo alterno de narración, de expresar con la mirada… En realidad el cine de Rohrwacher es mucho más que palabras.

Sinopsis
Nos situamos en los años 80 de la Italia rural, un joven llamado Arthur (Josh O’Connor) vuelve a casa tras un largo periodo fuera. Este pasa los días ayudando a su grupo de tombalori a asaltar antiguas tumbas etruscas para vender las riquezas que residen en su interior. Sin embargo, desde que volvió no es el mismo porque no se quita de la cabeza a Benjamina, su antigua novia. De esta manera hará todo lo posible por encontrarla, por encontrar a su quimera.
La búsqueda desesperada del sentido
La Quimera habla sobre la pérdida y el encuentro de uno mismo, pero también del vacío que puede llegar a generar un amor incondicional. En este caso el personaje de Arthur tiene una extraña relación con la muerte durante todo el relato y gracias a ella es capaz de identificar la ubicación de las tumbas que profanan. De esta manera, el protagonista siempre está involucrado en un conflicto moral que se ve opacado por la dualidad interna que presenta su personaje. Esta divide su alma en una parte puramente intangible que se apoya en lo onírico para conectarse con su amada. Mientras que, en la parte más terrenal se plantea si existe algo más allá de la propia vida al mismo tiempo que convive con sus amigos con el piloto automático activo.
Arthur se encuentra atrapado en ese continuo conflicto que le atormenta. Encerrado en dos mundos, el de los vivos y el de los muertos. Este lid interno se ve reflejado en la imagen a través de la segmentación del plano mediante múltiples técnicas. Es interesante resaltar esto porque el sentir del personaje se interioriza mejor con el reitero de dichos elementos. De este modo, la forma de conducir al espectador entre lo poético y lo ficticio pero sin caer en lo inteligible derrocha una maestría muy personal.

El fruto de una insistencia honesta
El cine de Rohrwacher siempre se ha caracterizado por lo inmersivo y profundo que es. Además del inmenso respeto con el que la cineasta trata a todas las piezas que componen sus obras. En este contexto, muchas de las técnicas que ha ido puliendo con el paso de sus películas son reflejadas en La Quimera con un resultado sumamente óptimo. El ejemplo más claro es el manejo de la relación actor-personaje. En un cine en el que las miradas cobran un papel casi protagonista, la directora italiana es de las que mejor sabe guiar y exprimir todo el potencial de sus intérpretes. La mirada de Josh O’Connor es casi un juicio en sí mismo. Un alarde de melancolía, dolor y desconsuelo que se dirige en primera persona al espectador. Aunque en realidad uno de los puntos en común de todos sus filmes es la construcción del protagonista en base a un personaje enigmático que esconde una gran verdad. Tanto Gelsomina, como Lazzaro y ahora Arthur.
En resumen, para los amantes de sus antiguas películas, La Quimera es todo eso y más. Incluso se adentra en géneros nunca antes explorados, la parte de los tombalori tiene tintes de humor que la hacen sumamente divertida. Combina el cine clásico y el moderno según lo requiera la escena en cuestión. Este conglomerado de hechos consagra a Alice Rohrwacher como una de las autoras de primera línea del cine italiano.


