Alauda Ruiz de Azúa vuelve a adentrarnos en la irremediable contradicción que supone la libertad
Afilada pero discreta, elemental pero sutil. Así es el último cuento de la realizadora vizcaína, que supone la entrada al olimpo de las grandes directoras de nuestro siglo. Si con Cinco Lobitos (2022) la cineasta alcanzó la consideración de una industria que le había negado la oportunidad durante años. La llegada de Querer (2024) amplió los límites de su realismo hasta llegar a rozar lo fantástico de la mano de lo invisible: la fe como principio, eje y final.
Pilar Palomero, Carla Simón y Alauda Ruiz de Azúa. Tres directoras, tres formas de afrontar la realidad. En Los destellos (2024), el abismo del cine de la autora que obró el milagro con Las niñas (2020) alcanzó un nuevo síntoma de profundidad, siempre bajo la influencia de Tarr. Con Romería (2025), aquello que comenzó con un ejercicio de memoria acabó por transmutar el recuerdo en identidad, mirando a la cara a la clase alta del cine francés. No obstante, en Los domingos, lo propio llega por la vía del misterio, de aquello que las palabras no pueden reflejar por miedo al rechazo, pero sin renunciar a la epifanía estructural, que ya es una constante en su obra.
Y, si bien podíamos imaginar por donde iban los tiros con el eco que llegaba de San Sebastián, el verdadero protagonista de esta historia es la vulnerabilidad. El pensar que por creer vamos a salvarnos del mundo que nos rodea. Pero, Ainara se sitúa antes de sembrar esa inquietud, pues no conoce con certeza su entorno ni tampoco aquello por lo que se siente atraída. Sí es consciente del sentimiento que emerge en sus entrañas. En la casualidad de que la contestación a todas sus fracturas sea una causalidad dibujada en cruz.

¿Creemos en lo que negamos?
Sin deidades ni reyes se construye esta historia, como la nuestra, y con la esperanza inapelable de que, para bien o para mal, el agua correrá por el mismo cauce que hace dos horas. Nada ha cambiado, las parroquias seguirán medio llenas los domingos y las salas medio vacías en la mayoría de las sesiones. No así lo hará el subconsciente, que en nosotros ha sembrado la duda del cine, de por qué el espectador está en el centro de todo lo que ocurre. ¿A qué lado de las rejas del convento, encuadradas como los barrotes que imperan en nuestra mente, nos situamos?
Siendo sinceros, aquí hablo desde el «yo», no hay algo que un ateo consciente anhele más que la fe, incluso en la privación del deseo. Otra cosa es que la fe propia, por definición, consista irreparablemente en el rechazo de la fe ajena. Por aquella afición generalizada de negarnos los unos a los otros. Mas, precisamente aquí es donde surge el debate sobre aquello en lo que creemos, pues el principal argumento debería de pasar por la fe en uno mismo. ¿Cómo si no vas a enunciar conjeturas sobre el desdén de lo que «no existe»? Pues qué vino antes, las ganas o la razón.
El personaje de López Arnaiz cree que, en efecto, lo sobrenatural solo es un mito y, por su parte, la madre Isabel percibe la naturaleza como causa primera de todo por lo que vive. Por lo que, bueno, en realidad creemos todos un poco en lo mismo. Ruiz de Azúa se topa con la eterna duda de lo incomodo y su relación con la moral para dejarnos con más cuestiones de las que ella se planteó al comenzar a escribir.
La falsa controversia de la fe
Tal vez lo fuera años atrás, cuando Bresson humeaba la cruz con los restos de Juana de Arco o Buñuel satirizaba los emblemas artísticos de la religión. Hoy en día, es una cuestión moral más que un acto de fe. Pues la diversificación del concepto público ha borrado la huella de los viejos tabús y, por momentos, nos hemos perdido el respeto. Que se lo digan sino a Scorsese y su dedicación completa a la devoción cristiana y al debate interno sobre el poder de la llamada y la insistencia de los poderosos, de la Iglesia. Pero hoy, tal vez sea agua pasada y la controversia solo es el afán de algunos, más que el enfado de otros.
Otro tema es la discusión in situ, en el centro de operaciones, en el convento, en Los domingos. Hay una frase que enuncia una monja de clausura mientras que Ainara reposa en la ventana. Después de empaquetar varias cajas llenas de dulces, se encuentran recogiendo la cocina cuando, sin tenerlo planeado, surgen las dudas acerca del abandono a la fe. «El demonio siempre te tienta«, declara una de las dos hermanas. Así que sí, quizás creemos en lo que no queremos ser en tanto que pasa la vida y conocemos lo que de verdad somos. Por eso evitamos conversaciones. Por eso no nos cansamos de observar. Pero desde la oscuridad de la clausura solo se percibe la fisicidad de las rejas, una vez más, recordando la elección del sitio en el que hemos decidido vivir.

¿Y en la familia creemos o no?
Pero llega el punto y final a la historia. Donde el destino azota a todos los presentes para, quizás, decirnos que, efectivamente, esta película ya la habíamos visto, pues no deja de ser hija del tema central que parece acaparar todas las mentes pensantes del cine patrio. La familia, el abandono y la salida inesperada al final del túnel. Aquí se pierden historias para dar comienzo a nuevos recuerdos, tal y como nos presenta la realidad que se encapsula en el celuloide. Somos presos de nuestras decisiones y consecuencia de los hechos que nos ocurren, como la pérdida o el desencanto. El azar sigue siendo predominante e inexorable. Por eso creemos, para no abandonar nuestra historia.

