La banda argentina se guarda a la Sala Mon en el bolsillo para seguir adelante con su gira europea
Tres fechas en Madrid colgando el cartel de Sold-out, lo mismo con Mallorca, Valencia, Barcelona, Berlín o Dublín. Casi parecería que promocionar un show de El Kuelgue es innecesario. El ecléctico grupo rioplatense sigue jugando en casa aun estando muy lejos de su Buenos Aires natal. Todo muy lógico, teniendo en cuenta su energía y el viaje en el que embarcan al público en cada concierto.
El Kuelgue
Esta polifacética banda nació en el Barrio de Villa Crespo en el año 2004. Desde entonces, su proyección ha sido exponencial y su alcance ha cruzado el charco. Pese a su especial incidencia en su país natal y los vecinos de Uruguay o Chile, su incidencia se ha generalizado en el ambiente de la música en castellano. Su registro abarca el rock, el funk, la bossa nova, el candombe o el jazz. Todo ello en una mezcolanza sublime que se alía con los sintetizadores, los efectos de voz y la improvisación.
Desde su álbum debut, Beatriz, han ido conquistando los escenarios de ambos hemisferios. Incluso, el legendario miembro de los Beatles, Paul McCartney, les seleccionó como teloneros para sus conciertos en el Estadio Único de la Plata en el año 2016. En esta ocasión, vuelan hasta Europa en el contexto de su último disco, «Hola Precioso». Han llenado las salas de numerosas ciudades españolas y harán lo mismo con Copenhague, Berlín, Dublín o Londres. Después de su aventura en el viejo continente, regresarán al Movistar Arena de Buenos Aires, a la sala GAP en Mar del Plata y al Club Sportivo Floresta de San Miguel de Tucumán.

El concierto
Ha sido, sin lugar a dudas, uno de los mejores directos de una banda en las salas de Madrid, y, por aquí, pasan los mejores. Ya desde un inicio, la iluminación y las pantallas LED, tienen un propósito en el show. A diferencia de otros grupos, en los que solo adquieren una función testimonial, cada uno de los destellos, juegos de colores e imágenes tienen el objetivo de cosechar la complicidad del público. Además, terminan por internarte en ese delirio psicodélico y seductor hacia el que apunta su música.
Un bajista, un batería, dos saxofonistas, un trompetista, un encargado de las percusiones digitales, un guitarrista, un tecladista, voz y sintetizadores y un vocalista. Nueve tipos encima del escenario para enfrentar un aforo de en torno a 800 personas. El Kuelgue no pierde ni un ápice de música artesanal por el hecho de utilizar elementos digitales. Son como un buen perfumero, saben sacar cada uno de los extractos necesarios para conseguir un aroma exquisito.

Maestro de ceremonias
Julián Kartun, su líder y vocalista, podría ser, además de cantante, director de un espectáculo de cabaret, humorista, bailarín, socorrista de un parque acuático, mimo o hasta monitor de una clase de Zumba. Su capacidad de improvisación es incomparable, sabe perfectamente cómo cautivar a los espectadores, pero sabe, también, cuando tiene que dar un paso al costado para darle a los músicos su debido protagonismo.
El tipo es tan genial que ve, casi en un exceso cortazariano, un tornillo sobre el suelo del escenario y se pone a componer en directo una canción que llamaremos El tornillo, la tuerca y la arandela. Cada momento del show, sin abandonar la maestría musical de todos los integrantes, es una enorme broma absurda. Si Groucho Marx siguiese vivo, le habría encantado presentar su curriculum vitae a la banda. Todos ellos se mueven con soltura aprovechando la iluminación, se trata de una coreografía intrínseca que acaricia los destellos multicolor y causa un tremendo impacto visual.
Decía Julio Cortázar que odiaba las etiquetas y que hay que hablar muy en serio sobre el juego. Pues, parece que sus paisanos de El Kuelgue han interiorizado este concepto. Su puesta en escena es lúdica en el más alto sentido de la palabra. Juegan, trastean y se divierten con total naturalidad, sin ninguna atadura, por eso es tan contagiosa su energía delirante. Ni su música, ni sus movimientos o ademanes tratan de entrar en ningún molde. Todo es esporádico, súbito y desinhibido.

Jugar por jugar
Tampoco sería muy descabellado, guardándoles el debido respeto, afirmar que, cuando agarran sus instrumentos y salen de entre bambalinas, lo que hacen los muchachos de El Kuelgue no se llama trabajar. Parece que acuden a esa fiesta llamada concierto con las mismas exigencias con las que lo hace el público: deleitarse y dejar a un lado las preocupaciones cotidianas, los sucios escarnios del día a día.
Cuando cantan Peluquita, Jimena, Carta para no llorar, Bondi o cualquier otro de sus éxitos, uno, desde la pista de baile, lo único que puede pensar es en hacerle caso a ese tango que compusieron el gran Astor Piazzola y Horacio Ferrer y dice: «Ya se que estoy piantao, piantao, piantao… No ves que va la luna rodando por Callao; que un corso de astronautas y niños, con un vals, me baila alrededor… Bailá! Vení! Volá!».
La energía de El Kuelgue es total, es categórica, tanto como lo es su libertad. Se trata de un deleite para los sentidos que bien haría en experimentar el público español en general. Atrévanse a ser locos, a estar piantaos, chiflados y acudan a un concierto de la banda. Estando totalmente vendidas las entradas para sus conciertos en Europa, tengan agallas, entren en la web de su aerolínea de confianza y persíganlos hasta las salas y avenidas de Buenos Aires: valdrá la pena.

