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El armisticio del macho alfa

En Desarmar la masculinidad, Beatriz Ranea nos invita a evaluar la virilidad hegemónica

«Es urgente desarmar la masculinidad: nos va la vida en ello» es la frase con la que la doctora Ranea Triviño concluye su libro. En él, toma la masculinidad como objeto de estudio exclusivo. Realiza una evaluación y define la virilidad como una construcción identitaria y ficcional sometida a constantes pruebas. Temas como la pornografía, la prostitución, la violencia, los hombres blancos enfadados o los sugar daddies entran en escena.

Beatriz Ranea Triviño es Doctora en Sociología y Antropología por la Universidad Complutense de Madrid. Sus áreas de investigación son la prostitución y trata con fines de explotación sexual, el cambio social, la masculinidad y las violencias de género. Ha tomado una muy relevante posición en el campo de los Estudios de Género de mano de las publicaciones de sus libros: Puteros (2023), Feminismos (2019) y Breve diccionario de feminismo (2020) conjuntamente con Rosa Cobo, quien prologa su libro Desarmar la masculinidad (2021). Todas ellas publicadas por la editorial Catarata.

La gran ficción del género

Apenas iniciando su libro, la autora propone: «¿Y si comenzamos acercándonos a la masculinidad como una ficción?» Se refiere a la virilidad como un relato hegemónico que viene desarrollándose a lo largo de los siglos. Es una ficción extracorpórea que se les asigna a los cuerpos entendidos bajo los estándares del sexo-género masculino. La masculinidad son los comportamientos y atributos propios de los varones, las ideas que se hilvanan con respecto a su género, pero, siendo este una construcción social, es preciso formular las narrativas que secunden cierta imagen del hombre-hombre.

Más aún, Ranea Triviño afirma que «la masculinidad se define a través del antagonismo». Lo masculino se comprende como todo aquello que rechaza la feminidad. De hecho, el proceso de reafirmación de la virilidad, ya desde los patios de las escuelas e institutos, suele incidir en alejarse de todas aquellas actividades o cualidades interpretadas como femeninas. Lo femenino es entendido como sumiso, dependiente, pasivo, débil: es «ser-para-otros». En cambio, lo masculino es activo, poderoso, independiente y autónomo: es un «ser-para-sí-mismo». Todo lo que se acerque a la feminidad pierde fortaleza y, por ende, la categoría de hombre, de macho de verdad.

El ritual de masculinización

Al tratarse de una ficción generada por contraste, por la tensión contra lo femenino, es preciso demostrar la masculinidad, puesto que «no está en el terreno del ser, sino que se ubica en el espacio del reconocimiento». En ese sentido, la identidad viril ha de construirse buscando la autorreafirmación y la validación del grupo de iguales. Por eso, se trata de un trabajo constante, de una perpetua performance o teatralización en la que es preciso dejar claro quién es el macho, tanto en un sentido de oposición a la feminidad (vertical) como en una competición dentro de la propia masculinidad (horizontal).

La hombría, la cualidad del macho, es una proyección y cualquier leve fisura en la interpretación -como sucede con las mentiras- puede delatar su falsedad, haciéndoles perder ese estatus. El hombre tiene reconocida su superioridad y capacidad de dominación no en virtud de lo biológico, sino más bien con arreglo a su capacidad de mostrar la masculinidad, que está «sometida a una evaluación constante». De no ser así, no se entendería la competitividad dentro del grupo de pares y la discriminación -a pesar de su condición de hombres- de los homosexuales y bisexuales, los hombres racializados o los de clases bajas.

Fortaleza impenetrable

Dentro de la narración del género masculino, le son atribuidas ciertas facultades y comportamientos que estaría bien analizar. La doctora Ranea Triviño destaca algunas. Además de su fuerza física o capacidad para la violencia, el cuerpo masculino -que es el lugar en el que se sustantiva la masculinidad- tiene la cualidad de ser impenetrable. Esta impenetrabilidad, siguiendo con los contrastes, le diferencia de individuos de menor estatus social, como son las mujeres o los homosexuales.

Las dinámicas sexuales pueden muy bien definir lo social, puesto que, como decía Foucault, el poder también está en las relaciones subjetivas y no sólo en las grandes estructuras. De esta manera, «el cuerpo masculino normativo es activo y, por tanto, ha de ser penetrador pero no penetrado«. Aquellos que sí son penetrables -de los que el portador del falo puede disponer- son pasivos y vulnerables, nada que ver con el verdadero macho. Además, la impenetrabilidad que convierte al hombre en una fortaleza no sólo es corporal, sino también afectiva y empática. 

Fragmento del libro comic «Blue Bettle» en el que un padre le indica a su hijo que no llore tras la muerte de su madre. | Fuente: Wikimedia Commons.

Entre Christian Grey y Julio Iglesias

Otro de los pilares sobre los que se asienta la narrativa de la masculinidad -de nuevo, no en el hacer, sino en el demostrar- es en sus dinámicas sexuales. Partiendo de la obra Erotismo de Autoayuda de la socióloga Eva Illouz, Ranea destaca que «la sexualidad masculina se construye en relación al consumo de experiencias sexuales». Se considera más macho al que más evidencia una «sexualidad serial» en la que acumula lances eróticos que luego comparte a modo de «batallitas». Así, en la lógica neoliberal, como también afirmaría Byung-Chul Han, el sexo se convierte en «rendimiento y capital».

Entendiendo esto, se ha creado la idea del Businessman, del emprendedor, que se confronta con el tradicional macho español de toda la vida. El primero basa su capital social, no sólo en la capacidad de conquistas sexuales, sino en su rendimiento y prestigio en el mundo de los negocios. El segundo, más bien de clase popular, basa su virilidad en la fortaleza física y el trabajo con las manos como medio para compensar una precariedad laboral en un sistema neoliberal que vira en esa dirección.

¿Quién le hacía la cena a Adam Smith?

Es una pregunta que platea Katrine Marçal, a la que Ranea Triviño añade: «¿quién le lava la ropa? ¿Quién limpia el baño? Es más sencillo poseer tiempo para pensar y escribir cuando son otras quienes satisfacen las necesidades de cuidados del individuo pensante» También el intelectual ilustrado genera una idea de autonomía y vocación reflexiva que, en esencia, sólo es posible sostener si otro -otra, en casi todos los casos- se dedica a las labores domesticas y a los cuidados. Al fin y al cabo, ¿quién le quitaba el polvo a la biblioteca? Como en todo el relato de la masculinidad, se trata de un enmascaramiento. No se trata de ser un individuo autónomo, como se pretende proyectar, sino de invisibilizar su dependencia.

Advertencia: la masculinidad mata

En la que puede perfectamente ser una de las afirmaciones más potencialmente polémicas del texto, Ranea Triviño dice que «la masculinidad hegemónica debería ser considerada como un riesgo para la salud pública» ya que está íntimamente relacionada con la exposición al riesgo propio y ajeno. Esta argumentación se abre en multitud de ámbitos. Un ejemplo es que el 74% de los suicidios acontecidos en España en el año 2018 fueron varones. Entre cuyas causas se encuentra el «no poder cumplir con algunos mandatos de la masculinidad y tener mayores dificultades para pedir ayuda o para mostrar determinadas emociones».

El 90% de los homicidas son hombres, según datos de las Naciones Unidas. Y otra ilustración: en 2019, hubo 245 condenados por abusos sexuales a menores de 16 años y sólo 4 eran mujeres. Convendría entonces acudir a un término acuñado por Rita L. Segato que es la «pedagogía de la crueldad». En la socialización masculina, desde edades muy tempranas, la normalización de la violencia, el sadismo y la brutalidad están muy presentes. «La empatía y las emociones relacionadas a la afectividad han de reprimirse para encarnar la masculinidad hegemónica», dice Ranea Triviño. De hecho, las únicas emociones legitimadas en este esquema son el enfado y la ira.

Pancarta durante una manifestación en contra de la licencia de armas en Portland, EEUU. | Fuente: Wikimedia Commons.

La cultura de la violación: prostitución

Otro de los problemas derivados de cierta imagen de la masculinidad es su relación con la prostitución. Analizándolo solamente desde el punto de vista simbólico, «las mujeres prostituidas emulan un modelo de feminidad que los puteros perciben como cada vez más complicado de encontrar fuera de los espacios de prostitución». Hay que alejarse del mito del «pobre hombre» que consume prostitución porque no encuentra pareja sexual o porque necesita compañía, puesto que, en realidad, «paga por un modelo concreto de feminidad, teatralizado por las mujeres prostituidas. Son espacios percibidos como lugares donde las mujeres serían realmente mujeres y los hombres realmente hombres«. Un tema que se aborda más en concreto en Puteros, el último libro de Beatriz Ranea Triviño.

La tutela de la pornografía

Por su parte, el porno «ha llenado el vacío dejado por la ausencia de una educación afectivo-sexual». Recogiendo las ideas de Mónica Alario, se explicita que estos contenidos erotizan el dolor de las mujeres, la falta de voluntad de estas para tener relaciones sexuales o la humillación. Todo esto nos habla de un falocentrismo de las relaciones íntimas, una excesiva genitalización y un olvido de la satisfacción de la otra como sujeto deseante. Bajo la tutela de la industria del porno, la sexualidad corre el riesgo de naturalizar el sadismo, la ausencia de consentimiento y adscribirse  al «imaginario sexual que se aleja de relaciones sexuales libres y basadas en un mutuo reconocimiento de la subjetividad (sexual) de cada una de las partes».

Estamos ante una conversión de la sexualidad en pornografía, como expresaría Byung-Chul Han. El hombre encarna la racionalidad en todas las facetas menos en la sexual, en la que se convierte en un macho cabrío, en una fuerza natural irrefrenable. Esto, sumado a la educación derivada del porno, se correlaciona con la concepción de los preservativos como un obstáculo y, por consiguiente, en la aparición de prácticas de riesgo como el stealthing, consistente en retirar el condón en mitad del coito sin el consentimiento de la pareja sexual.

¿Adónde ir, entonces?

En el libro, Beatriz Ranea Triviño aborda muchos más temas de los que sería posible resumir en una reseña. Habla de conceptos como la feminidad enfatizada, el poder de la mirada masculina, conductas de riesgo o figuras como el sugar daddy. Pero, lo más relevante es su enfoque final. No pretende dar respuestas, puesto que lo verdaderamente útil es formular las preguntas idóneas, evaluar los roles de género y las construcciones identitarias del mismo. Reflexiona sobre «la posibilidad de otras formas de construir la masculinidad o de acabar con ella. Necesitamos pensar e imaginar alternativas más o menos realizables».

Una de las acertadas particularidades que presenta esta obra es el haber advertido la necesidad de dar una vuelta de tuerca al papel de la masculinidad en la sociedad. Debe haber una visión integral de los problemas derivados de los estereotipos de género. «No podemos seguir pidiendo únicamente transformación a las niñas, ¿qué pasa con los niños?». Ranea Triviño señala la necesidad de anular el mandato sobre los niños de demostrar perpetuamente su masculinidad. Hay que dejar de concebir como único camino el decirle a las jóvenes: «venga, niña: empodérate, reclama tu lugar». Este libro explicita la necesidad de comenzar a tratar el asunto de una manera estructural.

Las nuevas masculinidades

No puede reducirse este análisis a la máxima «mira lo que el patriarcado nos hace a nosotros». Sí, el mandato de género, la necesidad de ser un macho, ocasiona un daño en los hombres, pero las grandes damnificadas siguen siendo ellas. En cambio, el poder de los hombres en esta lucha gira en torno a un ejercicio de «desempoderamiento y escucha activa». No basta con proclamar ser un «hombre deconstruido y feminista» para recoger una medalla y retornar a esa figura central. Se trata de una postura de reflexión, autocrítica y humildad para adecuar los roles de género a una sociedad más igualitaria e inclusiva.

Quizás, como señala Rosa Cobo en el prólogo, haya que «desactivar los mandatos de género hasta que la feminidad y la masculinidad desaparezcan o se produzca lo que Celia Amorós denomina cierto mestizaje de género«. El objetivo podría estar en la necesidad de hacer «hombre» sinónimo de «empatía», desvincularse del uso de las violencias, evaluar las nuevas paternidades verdaderamente igualitarias o abandonar una sexualidad pornográfica que olvida a la pareja. La máxima es la siguiente: «Solo tomando conciencia se puede iniciar la transformación».

Hay que entregar las armas

Hablamos de un armisticio del macho puesto que, pudiendo escoger cualquier otro término (desmantelamiento, deconstrucción, abolición, etc.), Beatriz Ranea Triviño ha escogido «desarmar». Y lo hace por sus dos acepciones posibles: desunir, separar en piezas; y entregar las armas, «en relación a la vinculación entre masculinidad y violencia». No sabemos si la solución es la abolición del género, el solapamiento de los binarismos o encaminarnos hacia posturas propuestas por la Teoría Queer, pero lo cierto es que debemos evaluar la masculinidad con un fin en concreto: que nadie salga herido.

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