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Byung-Chul Han: el porno está por todas partes

Para Han el concepto de porno va mucho más allá de un vídeo

En su libro, La agonía del Eros, el filósofo alemán Byung-Chul Han entiende el concepto «porno» dentro de nuestra sociedad narcisista y neoliberal como algo mucho más amplio que una simple página web. Un vídeo no es la única pornografía que se consume, puesto que el porno se ha cronificado y generalizado en muchos otros aspectos de nuestro día a día. La hipervisibilidad ha atrofiado nuestra fantasía y así rechazamos lo distinto, es decir, al otro. Estamos condenados al vacío del ego, a matar a Eros y permanecer solos por mucho que nos rodeemos de gente.  

Vivimos en una sociedad capitalista e individualista que se ha lanzado irresolublemente al narcisismo. Si bien la socialdemocracia o los movimientos sociales hicieron que desapareciese -al menos aparentemente- la explotación, el capitalismo ha encontrado mejores métodos de coerción. Se ha cambiado la máxima «tú debes» por el «tú puedes». La sutileza de este mecanismo es pasmosa: basándose en la supuesta libertad individual, lo que se consigue es que sea el propio individuo el que se explote a sí mismo bajo la lógica de la producción y el progreso. Y, además, es mucho más efectiva que la explotación de un capataz o una empresa, puesto que: «La coacción propia es más fatal que la coacción ajena, ya que no es posible ninguna resistencia contra sí mismo».

El reinado del ego

Estos mandatos subliminales, la idea parecida a los estuches de Mr.Wonderful de que “tú puedes con todo” es psicológicamente mucho más despiadada que la explotación directa, puesto que responsabiliza a cada uno de su situación. En la lógica neoliberal el pobre lo es porque se lo merece, piensan que la igualdad de oportunidades existe. «Quien fracasa es, además, culpable y lleva consigo esta culpa dondequiera que vaya. No hay nadie a quien pueda hacer responsable de su fracaso.» Nos hemos ahogado por completo con la idea de nuestro yo, todo a nuestro alrededor es una proyección de nuestro propio ego.

Si en La agonía del Eros Han observa lo que podría denominarse una conversión de la sensualidad en pornografía, es porque el ser humano occidental está únicamente enfocado en su propio rendimiento y capital. Yo, yo, yo y nunca el otro. Para que Eros esté vivo es preciso el otro, sentirse llamado por el otro, tratar de descubrirle olvidándose de uno mismo. «El Eros se dirige al otro en sentido enfático, que no puede alcanzarse bajo el régimen del yo», nos dice. Es necesario, como bien podría decir Ortega y Gasset en sus Estudios sobre el amor, que al amante le sobrevenga esa especie de «enfermedad de la atención» que es el enamoramiento, el flechazo de Eros. Debe perder el foco de atención sobre sí mismo y centrarlo en otro, pero el capitalismo no estaría muy contento, disminuiría la producción y el consumo.

El sexo industrial y pornográfico

Si en algo podría destacarse nuestra sociedad, además de en su narcisismo, es en la deshumanización del otro. Hoy en día se establecen las órdenes del mercado, del consumirlo todo aun sin desearlo, del FOMO, de las necesidades infinitas, de abandonar todo lo que exige cuidado y dedicarse al consumo sin ataduras. «El sexo es rendimiento. Y la sensualidad es un capital que hay que aumentar». Ya no «existe» el enamorado fiel y dedicado o, al menos, está en peligro de extinción. Lo que hay ahora es lo que Milan Kundera llamaría «el gran coleccionista», una persona tan inmersa en su ego que sólo encuentra como manera de aumentar su valía la acumulación de vivencias sexuales con el consiguiente y lógico vacío interior, como delataría Erich Fromm.

El otro no es ya una persona, sino una herramienta o un objeto con el que satisfacernos, es un bien de mercado. «El cuerpo, con su valor de exposición, equivale a una mercancía», lo observamos en enormes escaparates: fotos reveladoras en Instagram, aplicaciones de «citas» o directamente en la calle. Todo se exhibe en un mercado persa de la carne en el que se espera vender el propio cuerpo a cambio de una satisfacción con el del otro. Una satisfacción que no es más que Ego, no Eros. «El otro es sexualizado como objeto excitante» y «En ese sentido, el otro ya no es una persona, pues ha sido fragmentado en objetos sexuales parciales.»

Moral contra mercantilización

Hace décadas, quizás antes de la Revolución Sexual, el erotismo estaba amenazado por un código moral que lo consideraba pecaminoso. Las barreras que el pensamiento judeocristiano le impuso al Eros fueron tan destructivas que lo dejaron cojeando, pero, para Han, no eran nada comparadas con lo que la sociedad de consumo le tendría preparado. «La sexualidad hoy no está amenazada por aquella «razón pura» que, adversa al placer, evita el sexo por ser algo «sucio», sino por la pornografía». No entiende pornografía como un vídeo o una web, sino la tendencia generalizada de cambiar la sexualidad por el voyerismo onanista que busca más verse a sí mismo como parte de un acto sexual que de disfrutar del contacto con la otra persona. El sexo ya no se comparte, se consume.

La imaginación del individuo actual «está determinada sobre todo por el mercado de los bienes de consumo y la cultura de masas». Es aquí cuando entra en sentido el concepto de «progreso de lo pornográfico en la sociedad» porque nos embarcamos en unas dinámicas sociales que cogen lo sensual y «lo exponen todo como mercancía y lo exhiben. No conocen ningún otro uso de la sexualidad». Todo es un producto, nada es humano y así el erotismo termina muriendo, porque es deseo de conocer, de descubrir, de fundirse. La sociedad actual «profaniza el Eros para convertirlo en porno».

Portada del libro ‘Sex spy’ | Fuente: Wikimedia Commons.

Porno social

Si en algo destaca el porno es en que asesina la fantasía, su carácter explícito se carga la imaginación. Tenemos este efecto «pornográfico» hasta en los medios de comunicación y las redes sociales que nos inundan de informaciones, sobre todo visuales, atrofiando nuestra capacidad para imaginar. Dice Han que «La hipervisibilidad no es ventajosa para la imaginación. Así, el porno, que en cierto modo lleva al máximo la información visual, destruye la fantasía erótica». No hay fantasía si todo se exhibe desde el primer momento.

En el mundo actual, es complicado que alguien tenga fantasías eróticas, más bien, refiriéndonos a Bauman, tendrá apetitos sexuales. «Lo erótico nunca está libre de misterio», Eros es, insiste todo el que lo conozca, afán por descubrir al otro, por descifrar sus misterios. La pornografía, en cambio, es todo lo que sostiene el sistema del narcisismo «es pornográfica precisamente la falta de tacto y de encuentro con el otro, a saber, el tacto autoerótico y la afección de sí mismo que protege al ego del contacto extraño». La pornografía aumenta la dosis de ego en el sujeto narcisista y Han sigue sin referirse a los vídeos porno, sino a la sociedad narcisista y pornográfica en su conjunto.

La cura

¿Cuál es la cura? Es lo que cualquiera se pregunta mientras lee el libro de Byung-Chul Han. Lo mismo sucede al leer a Fromm, a Bauman, a Ortega, a Frankl o hasta a bell hooks. Lo único que Han identifica con el poder de combatir el narcisismo, la píldora que tiene la clave para hacernos escapar del ego es el amor: «el amor como acontecimiento, como «escena de lo dos», deshabitúa y reduce el narcisismo. Produce una «ruptura», una «perforación» en el orden de lo habitual y de lo igual». Es la única manera de rasgar las paredes de nuestro aislamiento en nosotros mismos.

Dice en El hombre en busca de sentido Viktor Frankl que una de las mejores maneras de encontrar un fin a nuestra existencia es «experimentando a otro ser humano en su singularidad, amándolo». Entendiendo al otro como átopos -es decir, inclasificable y único- o adorable, llegamos a escapar del vacío que nos produce basar nuestra vida en el ego y en las sensaciones carnales. La manera de resucitar a Eros y sentirnos llenos, según Han, parece ser abandonar la dinámica pornográfica de una sociedad encauzada hacia la excesiva exhibición de imágenes explícitas. Para ello, nos dice que «La música interna de las cosas suena por primera vez al cerrar los ojos, cosa que introduce su demora». Congraciarnos con la calma, con posponer la recompensa, con lo desconocido, con el otro, en esencia, con Eros.

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