El estreno de la segunda parte de la serie de Sorogoyen apunta a convertirse en una de las piezas del año, y en un ejemplo de legado musical indiscutible
Movistar+ ha estrenado Los Años Nuevos, la nueva serie de Rodrigo Sorogoyen que, después de sentar cátedra con As Bestas, ha unido fuerzas junto a Sara Cano y Paula Fabra para narrar las desventuras de un noviazgo treintañero a lo largo de 10 años.
Las Nocheviejas, como punto de encuentro entre frustraciones y nostalgia por un pasado que amplía el vértigo de lo que pudo ocurrir anteayer, enfrentan las realidades de Ana (Iria del Río) y Óscar (Francesco Carril), dos jóvenes-adultos que viven con dignidad su entrada en los 30, y que alargan la carrera de fondo de su activa o inminente relación durante una década, empleando cada entrada de año como punto de inflexión y toma de contacto con lo que comparten.

La desgarradora interpretación de ambos actores principales en los entremeses de una relación partida por la pasión y los anhelos del romanticismo de pareja da paso a un tercer personaje protagonista que acompaña ininterrumpidamente en multitud de facetas. Y que, de una forma u otra, narra la historia a su manera y ritmo.
La música como herramienta narrativa
La música en Los Años Nuevos dispone del único papel constante en todo el metraje que, más que como una serie, está planteada como una obra cinematográfica hilada por personajes, espacios, trabajos y pretensiones que, en contraste con la banda sonora, van y vienen.
Además de como recurso de acompañamiento audiovisual, la música vertebra cada punto de la vida (compartida y separada) del tándem protagónico, y se cuela como un personaje más sin el que la historia echaría algo en falta. Guiada por un “no saber cómo soltar” tan bello y frustrante como la vida misma, la música toma las riendas y roba el show de manera constante para otorgar contexto incluso en una obra que parece ir sola gracias al mapa hiperrealista de las conversaciones mundanas. Y de lo que dejamos atrás con cada calada en una ventana.

Intercalada en el tiempo y fiel a su respectiva época, la banda sonora adaptada indaga en el intervalo concreto y en aquello que los personajes se niegan a admitir o no saben anticipar, y se cuela como narrador en tercera persona para aportar las palabras adecuadas en el momento adecuado.
Una banda sonora adaptada
Es importante a su vez, reiterar el término “adaptada”, pues se trata de un conjunto compuesto casi íntegramente por temas ya existentes. Algo que suma al conceptualismo de la serie una ardua tarea de investigación que evidencia una envidiable construcción de personajes.

Sometidos a las fronteras de un contexto que debe encajar no solo con la trama, sino con un marco que le haga justicia a toda la vida que engloban 10 años de la misma, Sorogoyen, Fabra y Cano consideran los géneros musicales, la época y su relevancia en la elección de temas, pero tomando siempre como referencia la conexión emocional que debe reflejar lo perpetrado, así como la necesidad de resonar con el público a partes iguales en menos de 30 canciones que proporcionan una identidad millennial e inmortal a una narrativa visual completamente orgánica. Los Chunguitos, La Bien Querida, Silvia Pérez Cruz o The Rapture se entremezclan en una toma de decisiones artísticas acertada de principio a fin, e insertadas de forma estratégica pero genuina en la intensa pero mundana vida de Ana y Óscar, como si de su lista de reproducción se tratara.
Al compás de Nacho Vegas
Lo hace sin explicaciones al presentar desde un primer momento a Nacho Vegas como registro sentimental y partitura de la pareja, haciendo que la primera canción alertada sea una que en su sujeto y predicado explica y desvela un largo recorrido. Uno que se presenta a ojos del espectador de manera incómoda por la innegable vulnerabilidad que supone mostrar los entresijos de una escena sexual, un paseo en moto, una conversación de after, o una comida familiar. La Noche Más Larga del Año, elegante y sutil como el propio Vegas, figura como maestro de orquesta y se cuela desde el primer capítulo en sonido, pósters y menciones casi imperceptibles, pero tan gustosas de identificar como de rememorar al dar por finalizadas las expectativas de otros 365 días comprimidos en 50 minutos.
El tema de 2006 cumple con la primera función de la música integrada en las escenas y vida de los personajes: la creación de la atmósfera que enmarca el sentimentalismo de toda una pareja. Además de acompañar y explicar lo representado en pantalla (dos extraños intimando a las 12 del mediodía el 1 de enero), amplía y desarrolla la imagen y circunstancia en el plano más emocional, reforzando el ambiente y detallando la intimidad de la relación como futura banda sonora de la pareja.

Benvolgut: un diálogo sin palabras
Ocurre desde otra perspectiva con los Manel, que se cuelan de manera casi imperceptible con Benvolgut en el segundo capítulo, y destripan los (mínimo) próximos tres episodios de una forma tan bella como concreta. Como un spoiler. O breve adelanto de lo que todos (los presentes, el espectador, ellos mismos) están esperando, pero sin articular palabra.
Representando el momento exacto de realización que viven ambos personajes, evita la explicación de una trama obvia en un futuro diálogo de miradas. Uno que, en mitad de una mesa plagada de terceros, desborda una intimidad que parece imposible de superar. De fondo en una conversación, “ei, aquí els senyors, estem esperant // Xicots, aneu fent lloc // que estem esperant” se entremete para dar paso a una conversación carente de palabras. Excitante, e hilado con maestría a La Electricidad de McEnroe.
Los Años Nuevos
Como cierre de círculo, y como resumen pleno de la historia, Nacho Vegas vuelve a colarse como canción y acción final, que continúa hablando cuando los personajes han completado el guion. Los Años Nuevos es el tema homónimo del conjunto y la única canción original con la que cuenta, dándole el toque definitivo y asentándola como conjunto artístico en todos sus ámbitos. Al tratarse de la Nochevieja del 2024 (un momento aún por darse) otorga un sentido metafórico que sobrepasa el pico de lo romántico y del buen gusto, además de proporcionar una lógica desbordante que retoma (si es que era necesario) el propósito y calibre de la historia. Una petición de compromiso que, pese a todo, deja la puerta entreabierta, porque “cien segundos y habrá transcurrido un año más”.
Sin embargo, la desgarradora realización de que todo vuelve a comenzar a través de Nacho Vegas toma de la mano al espectador. Uno que, tras 10 años y una trayectoria cercana, parece estar también incluido en la misma, y tiene su propia circunstancia, reacción, y ahora relación parasocial con unos Ana y Óscar que ya caminan por su cuenta. Pero siempre con algo de fondo.
La música acompaña a los personajes incluso en sus momentos de soledad frustrada, sirviendo como nexo entre las 10 pequeñas obras cinematográficas que buscan la identidad de sus protagonistas. Todo a través del vínculo, la frustración, y las buenas intenciones. Y siempre acompañado de un café, una paella, un botellín, una hamburguesa precalentada, y una canción idónea.


