Si vas a San Francisco, ponte flores en el pelo
El movimiento hippie, señalado como cumbre de la revolución global e inmortalizado en la cultura a través de flores y símbolos pacifistas, supuso un punto de inflexión en la historia de la movilización social.
Mitificado por su faceta nihilista y su rechazo a toda norma social, es habitualmente descrito como un suceso sin precedentes. Pero sus raíces se asientan sobre un entramado contracultural que sentó la base sobre la que después pudo correr.
La generación Beat
El rechazo al orden establecido, tan marcado estéticamente por bandanas y trajes de tul, no comenzó con la Guerra de Vietnam. Ni el Woodstock del 69 vio el culmen del potencial que tenía la concentración de masas por un mundo más justo.
La Generación Beat, con una inspiración similar a la que años más tarde incendió a los hippies, rechazaba la norma implementada por la sociedad tradicional estadounidense. La promoción de la posguerra, la que comenzaba a ver un mundo sin blanco y negro, empezó a sentir las posibilidades de la protesta y de la unión, y puso la primera piedra del movimiento contracultural en las grandes ciudades del oeste estadounidense. La repulsión a la sociedad de consumo crecía: misa, coches familiares, casas idénticas y programas uniformes… desilusionaban a una generación agotada por la moralidad puritana.

El germen del movimiento surgió en San Francisco, al norte de California, refugio de pensadores, artistas e individuos que buscaban un modo de vida más liberador. Como ocurrió con los buscadores de oro del siglo XIX, San Francisco se volvió un punto de peregrinación para las mentes abiertas de la época. Y la librería City Lights se convirtió en el centro de reunión y creación para los primeros bohemios de la contracultura.

City Lights, fundada por el poeta Lawrence Ferlinghetti en el corazón de North Beach (el barrio italiano), abrió sus puertas en 1953 para dar cobijo y rienda suelta a la contracultura como se conoce hoy. Musas de la Generación Beat, como Neal Cassidy, Michael McClure o Gary Snyder, abrieron el camino hacia un mundo crítico y romántico mediante la poesía. Y arriesgaron su seguridad por defender ideas antimaterialistas, guiados únicamente por el amor al arte.
Howl
Pero si uno supuso un punto de inflexión en la contracultura del oeste norteamericano fue Allen Ginsberg. La publicación de Howl en 1956 abrió la brecha generacional que los jóvenes buscaban frente a la sociedad tradicional estadounidense, y comunicó de forma provocativa el inconformismo hacia un sistema que oprimía el deseo en cualquiera de sus ángulos: de libertad de expresión, de un futuro transparente, del fin de la conflictividad o del desarrollo sexual.
Entre sus filas se encontraban cantos histriónicos por la salvación de una generación que ya se había hundido y que quería mirar hacia un futuro evidentemente mejorable. Y, si se revisa América, el sexto poema de la obra, demuestra que la historia no es más que un disco rayado.
En Estados Unidos el orden siempre ha sido fácil de rechazar, pero complicado de enfrentar. Por eso Howl (1956) fue retirado de librerías, y su editor Lawrence Ferlinghetti llevado a juicio en 1957 por obscenidad.

Contra todo pronóstico, el juzgado consideró Howl una obra con alto “valor social redentor” y permitió su distribución en librerías. Lo que, finalmente, prendió la mecha que impulsó la revolución de las flores, extendiéndose por el país y asentándose en el centro-oeste de San Francisco.
El movimiento hippie
El “Movimiento Hippie” con mayúsculas predeterminadas es únicamente comprensible atendiendo a las cuestiones económicas de la época. La existencia de múltiples movimientos contraculturales paralelos en los años 60 hace indispensable incidir en que fueron exactamente eso, “paralelos”, y que los puntos que impedían la globalización de sus motivaciones, normas y desenlaces se encuentran en los contextos que los provocaron.

Hippie (2003), de Barry Miles, desarrolla como Gran Bretaña y el famoso Swinggin’ London comenzaron como una “reacción a la austeridad de la posguerra”. La economía estaba controlada por las élites viejas, que pretendían mantener el orden social en un intento por olvidar la II Guerra Mundial. “Los cambios en Gran Bretaña comenzaron con la oposición organizada hacia las armas nucleares (…), al crecimiento de la música rock ‘n’ roll clandestina (…) y a un abuso de drogas que separaba a los jóvenes de la generación de sus padres” (Miles, 2003).
A diferencia de la adolescencia británica, Estados Unidos vivía un periodo de crecimiento económico envidiable. Las políticas keynesianas, con recortes de impuestos, baja tasa de desempleo y expansión del trabajo urbano, aumentaron salarios y redujeron precios de inmuebles. Así, incluso los menores de 20 años podían acceder a recursos para convertirse en propietarios de casas victorianas en zonas céntricas.

La salud mental y el modelo psicológico aún persistente en los Estados Unidos fue también un factor agravante del movimiento contracultural. La idea estadounidense de independencia al cumplir la mayoría de edad provoca que los adolescentes abandonen sus hogares al cumplir los 18. Y la semiautonomía económica y emocional genera un individualismo temprano que a menudo requiere contacto humano y unidad social para sobrellevar la vida.
Haight Ashbury: el epicentro de los hippies
En consecuencia, no es extraño que los jóvenes, con cierta liquidez económica, buscaran pertenencia en el libre albedrío de la autonomía parental. Uno que, combinado con un mundo efervescente y lleno de posibilidades revolucionarias, llevó a la rápida creación de sectas y al consumo de drogas. Y a que se juntasen en Haight-Ashbury.
El barrio, denominado de tal forma por la intersección de las calles Haight y Ashbury, era una zona tradicionalmente “de estudiantes”. Su proximidad con el Golden Gate Park y la Universidad de San Francisco acostumbraba a la presencia de jóvenes en el área, y la peregrinación de las familias a los chalés de los suburbios rebajó los precios y facilitó que las nuevas generaciones se adueñasen de la zona.

San Francisco se convirtió en epicentro de la vida juvenil: primer bar gay, primer club de striptease y punto de encuentro de pensadores y músicos. Gracias al consumo de alucinógenos, los años 60 vieron florecer la mentalidad flowerpower, clamando por un mundo capaz de cambiar. Y, como Los Beatles en Inglaterra, la década dio voz y melodía a la opinión popular.

1967: El verano del amor
Emblemas de Haight-Ashbury incluían a The Greatful Dead, Jimi Hendrix, Janis Joplin, Jefferson Airplane, Moby Grape, John Philips (The Mamas & The Papas) o The Charlatans. Todos instigadores, participantes o nacidos gracias al “Verano del Amor”. El pseudónimo, lejos de limitarse a la temporada estival del 67, comprendió un periodo de tiempo entre enero y junio del mismo año en el que se dio la bienvenida a la consagración del disfrute en el norte de California. Y, en términos de cultura popular, el momento álgido de los años 60.

El pistoletazo de salida lo dio el Human Be-In, un evento celebrado en el Golden Gate Park durante el 14 de enero. 30.000 personas se congregaron en la zona recreativa de Haight-Ashbury para celebrar la vida bajo el lema “Turn on, tune in, drop out”, que llamaba a todos los hippies de California a formar comunidad. Todo para escuchar música –destacando el San Francisco (Be Sure To Wear Flowers In Your Hair) de Scott McKenzie– y poesía en directo, consumir LSD amparados por psicólogos como Timothy Leary, protestar contra la Guerra de Vietnam, y poner la piedra definitiva del Movimiento Hippie que más adelante sirvió para erigir fenómenos como el Woodstock del 69.
El Festival de Monterey
La siguiente parada fue el Festival Internacional de Pop de Monterey, del 16 al 18 de junio, considerado el primer gran festival al aire libre de la historia.
Pese a que el aforo establecía los límites en 8.000, los datos de asistencia estiman que entre 25.000 y 90.000 personas se congregaron bajo la comunión de John Phillips, Lou Adler y Derek Taylor, los organizadores del evento que buscaban elevar el estatus del rock and roll a nivel artístico.
Monterey, a dos horas al sur de San Francisco, tenía tradición de festivales de jazz y folk, valorados globalmente como punto de encuentros culturales. Y, en 1966, durante el Festival de Jazz de Monterey, Alain Parisier percibió la posibilidad de organizar un gran festival de rock.
Con siete semanas de antelación y un cartel inicial promocionado a 6,5 dólares por entrada, el festival dio techo a un total de 32 conciertos desarrollados en menos de 72 horas.

Pese a que gigantes como los Beatles ya no estaban en activo, los Rolling Stones no obtuvieron sus visas a tiempo, y los Beach Boys se bajaron del cartel por problemas entre la banda, el conjunto de citados en Monterey pasó a la historia: The Who, Simon & Garfunkel, Jefferson Airplane, Otis Redding, Country Joe and The Fish The Birds, Eric Burdon and The Animals, Grateful Dead, Moby Grape, Scott McKenzie, Big Brother and The Holding Company, Ravi Shankar, Johnny Rivers, Jimi Hendrix y una creciente Janis Joplin, entre otros.
La música fue la indiscutible protagonista, pero la droga le pisó los talones con creces.

Las sectas y el hundimiento de los hippies del oeste
Pese al rotundo éxito del Festival de Monterey, el Verano del Amor fue también el principio del fin del Movimiento Hippie originario. Las buenas reseñas del público masificaron un movimiento sin lucro, guiado por el amor y las ganas de cambiar la realidad. La publicidad se apropió de la ideología y estética hippie, y transformó la causa en una moda pasajera de la que sacar beneficio.
Pero no fue la única culpable. Las drogas, pese a no provocar ninguna muerte entre el 16 y 18 de junio, comenzaron a hacer efecto en el cerebro de sus consumidores. Y la adicción generalizada, que ya avisaba de lejos, se solidificó a lo ancho y largo de California como una epidemia de la que huir.
Los jóvenes, hiperestimulados por el consumo diario, compartían fácilmente ideas revolucionarias y podían influir en quienes aspiraban a un futuro mejor. Por ello, Haight Ashbury perdió su brillo y se transformó en un barrio peligroso, lleno de bandas, vandalismo y trapicheo.
Los supervivientes de la Generación Beat aprovecharon la situación, usando su experiencia pasada para convertirse en gurús y líderes de pensamiento. Era fácil ver a adolescentes congregarse alrededor de hombres que hablaban de revolución, sacando provecho del aislamiento ideológico y su estilo de vida.
De esta forma, las sectas comenzaron a popularizarse en la zona de Haight Ashbury, y el crecimiento en su número de adeptos hizo que las nuevas “familias” se trasladasen a las granjas de las afueras de la ciudad, empezando una vida en comuna.
«La Familia»
La más famosa fue fundada por Charles Manson, que tuvo su casa en el 636 de Cole Street, una de las calles paralelas a Haight, y que poco a poco fue formando la que más adelante se transformaría en la banda criminal conocida como “La familia Manson”.

Manson atrajo a la mayoría de sus seguidores en el verano de 1967, pero su reputación espiritual en San Francisco facilitó su influencia sobre los jóvenes. Recién salido de prisión y conviviendo con 18 mujeres, Manson convencía a adolescentes, especialmente chicas, de haber descubierto una premonición de apocalipsis relacionada con canciones de los Beatles.
El destino hizo que coincidiese con Dennis Wilson, batería de los Beach Boys, haciendo autostop en Los Ángeles. Sus contactos le consiguieron un hogar para “La Familia” en el Rancho Spahn, utilizado para grabación de películas y anuncios.
Pero fue el afán por ser artista que mantenía de su etapa en San Francisco el que le llevó a la locura definitiva. El rechazo discográfico por parte del productor Terry Melcher le llevó a organizar dos noches de matanzas en el condado de Los Ángeles, y acabó con la vida de la actriz Sharon Tate, y sus amigos Jay Sebring, Abigail Folger, y Wojciech Frykowski.
La muerte del movimiento hippie
La Familia Manson es solo un ejemplo de la crisis que afectaba al Movimiento Hippie en la costa oeste, dominado por las drogas. Los 70 trajeron muertes como la de Jimi Hendrix y Janis Joplin, y la disolución de grupos como Los Beatles debilitó la banda sonora del movimiento. La violencia, pobreza y mala vida causada por la adicción provocó que las grandes sectas se disolvieran, y los símbolos hippies se convirtieron en norma.
El final de la Guerra de Vietnam en 1973 hizo que la cultura popular adoptase los valores pacifistas y de progreso. Por tanto, los medios dejaron de mostrar interés en algo ahora común, algo ahora común, y sus integrantes debieron adaptarse a modelos de trabajo capitalistas para ganar dinero. Además, el movimiento terminó siendo funcional para el capitalismo que criticaba, con su idea transformadora y rebelde adaptándose al modelo de consumo que rechazaba.
Los hippies no murieron, pero se trasladaron progresivamente a la costa este como una moda tardía. Se extendieron principalmente en zonas rurales, creando las “ecovillas” que hoy permanecen con un estilo de vida vinculado al campo.
La influencia del movimiento se incorporó a la cultura popular, convirtiéndose en musa para la moda, el cine y la música, y su inclinación ideológica sigue siendo visible en el movimiento pacifista y en el ecologismo, entre otros.

