Cuando conversan las ciudades
Al salir del cine, mi padre ha vuelto a contarme cosas de su vida aquí; la única liturgia presente en mi previa experiencia católica que no envejece. La que sí lo hace es la ciudad, que pone placas y homenajea muertos, deja edificios a medio destruir, echa y acoge a gente y apaga letreros luminosos manteniendo los pomos originales para intentar hablar de lo que queda. Y yo, que la veo cambiar de estación desde 2002.
Madrid Ext. (Juan Cavestany, 2025) es una carta de amor a un Madrid personal, pero es también el retrato de una ciudad cualquiera vista a través de los ojos de alguien que la siente en las tripas. La mitología provinciana alrededor de la capital ha dado rienda suelta a obras de arte y razonamientos orientados a la creación de unas costumbres que, aparentemente, solo ocurren en el centro peninsular. Pero el principal problema (o virtud) está en que nosotros nos las hemos creído.
Hablar del sitio donde uno ha crecido, en el que las esquinas se doblan solas y los puntos de encuentro no tienen nombres de pila, se complica en el extranjero. Nos parece que el cielo es más claro desde nuestro balcón, que el olor es más intenso en la carnicería del barrio, y que no hay bar más acogedor que el que pilla de camino. Y convencer a quien siente lo mismo en otras coordenadas es igual de complicado que asumir que hay quien se ha criado entre el bullicio del centro y desea morirse así.
Pese al inevitable sistema analógico que evoca la nostalgia en el propio ensayo, muestra que no hay nada de Madrid que no pueda encontrarse en cualquier otra gran ciudad. Ni si quiera un cameo de «Los Heavies» en frente de la acera de la Telefónica es ya original.
Pero hay algo en el rostro aleatorio del que compra en la frutería que aún resiste como héroe local, del videoclub de la esquina, de las cuatro tintorerías del distrito, o de ver la ciudad a través de una radiografía del Hospital de la Princesa, que anima al boca a boca. A romantizar el parque donde aprendimos a montar en bicicleta y lo que queda de él. Ese «aquí la gente me conoce como» que humaniza el asfalto y que ya usaba Doña Lupe en las novelas de Galdós. Todo lo que tiene que contar el zapatero que echa en falta su ciudad porque es feliz en su día a día interactuando con los de siempre. Ser de un sitio y parecerlo. Ser de Madrid y que te guste.
A la ciudad la regañamos constantemente porque no la reconocemos de año en año. Porque la remodelan otros y porque nunca nos gusta. Porque la globalizan y se emborrona lo que hemos sido en otro momento. Y por eso emociona contar batallitas, mirar letreros que ya no existen y ver un bocata de calamares. Pero Cavestany no me alcanza en pesimismo, y me ha dado esa ilusión infantil de tener algo en común con un extraño. Ese es mi Madrid.
Y quizás la cura, además de en el activismo, esté en que hace falta hacer planes, pasear, entrar a los sitios, hablar con la gente. Y hacer fotos de cuando hacemos planes, paseamos, entramos a los sitios y hablamos con la gente. Encontrar la narrativa en que la tradición, la nostalgia y el amor a la ciudad lo hacemos nosotros. Y regalarla en un cine.
Recuerdo salir de la sala con un nudo en el estómago pensando en la columna que habría escrito Almudena Grandes para El País Semanal. Quizás por eso mi padre habla de las farolas de gas como si las hubiesen inaugurado en Embajadores 65, la calle de sus abuelos.

