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Elisa Díaz Castello: «La literatura trata de narrar aquello que no parece narrable»

Malacría, la primera novela de Elisa Díaz Castelo, sigue la herencia del trauma

Malacría se construye sobre las perspectivas de tres mujeres unidas por sangre y silencios, Ele, Perla y Cecilia, una genealogía herida que posiciona a su autora como una de las voces más poderosas de la literatura contemporánea mexicana.

Influencias de gigantes de la literatura como Vladímir Nabokov, Annie Ernaux o Margaret Atwood atraviesan esta historia, íntima y brutal, con la que la poeta Elisa Díaz Castello estrena su faceta de novelista. En ella, Elena perseguirá a Perla, su madre, hasta encontrar el núcleo de la herida que aqueja a las mujeres de su familia, el secreto que, a pesar de su tendencia a reescribir la historia familiar, su abuela Cecilia nunca pudo nombrar.

La autora nos ofrece un impactante relato sobre el trauma intergeneracional que, con una prosa repleta de recovecos líricos y una estructura caleidoscópica, recoge las piezas del pasado como si fuera un espejo roto. Hemos hablado con Díaz Castelo sobre su incursión en este nuevo género, la psique de sus inolvidables protagonistas y la importancia de la literatura para «mirar a lo que duele».

En conversación con Elisa Díaz Castelo

Pregunta: Malacría es tu primera novela. ¿Qué te impulsó a escribir sobre el trauma generacional en esta obra?

Respuesta: Desde hace muchos años tenía muchas ganas de escribir una novela. Y cuando tuve la idea de escribir sobre un linaje de mujeres herido, me pareció que era la forma más adecuada de escribirla. Por eso me lancé a pesar de que es realmente mi primera publicación de ese género.

P: Tu carrera comenzó en el terreno de la poesía con Principia (2017), El reino no lineal (2020), Proyecto Manhattan (2023). ¿Cómo fue la adaptación de este género a la novela?

R: Fue un verdadero desafío para mí. La forma de la poesía me parece más manejable, es más contenida. En cambio la novela es una estructura muy complicada y en la cual todo tiene que tener una congruencia absoluta a lo largo de su extensión.

Siempre digo que es como si escribir un poema fuera como hacer la disección de un insecto para poder ver perfectamente todas sus partes. Escribir una novela es como tratar de entender una ballena solamente tocándola. Es sumamente desafiante y distinta la experiencia de escritor.

P: En cuanto al tratamiento de una temática tan cruda, ¿cómo fue el proceso creativo al tener que enfrentarte ya de por sí al reto de un nuevo género, sumado a un tema tan sumamente delicado?

R: Empecé a escribir durante la pandemia. Entonces yo estaba haciendo el aislamiento sola por completo y muchos proyectos laborales se cayeron en esos meses. Tuve mucho más tiempo y la mucha mayor posibilidad de escribir que en otros momentos.

Gracias a esa circunstancia tan peculiar pude dedicarle mucho más tiempo a mi escritura los primeros meses. Eso ayudó a solidificar la forma de la novela y su intención.

P: A propósito de la reflexión del asunto principal de Malacría, el trauma transmitido de generación en generación, ¿cómo consideras que se transmite un trauma vivido en primera piel?

Justamente lo que me interesaba era preguntarme cómo la experiencia del trauma atraviesa no solo a la persona, la vida de la persona que lo experimentó, sino también a las siguientes generaciones.

Por eso me enfoqué en el personaje de Ele, la protagonista, a pesar de que también están presentes las voces de sus ancestros realmente. Quería que fuera una novela coral en la cual participarán varias voces, varios tiempos y varias formas de narrar distintas, para evocar formalmente cómo se transmite y cómo funciona el trauma.

P: ¿Podrías describir brevemente a los tres personajes principales, Cecilia, Perla y Ele, y lo que representan para tu historia?

Cecilia es la abuela de Ele y es una una mujer un tanto mitómana, que siempre está inventando distintas historias de su propia vida. Cuando comienza la novela ella ya murió, pero se desarrolla el personaje en retrospectiva.

En cambio, Perla, la madre, es más bien una persona que guarda muchos secretos y que la forma en la que busca proteger a su hija es guardándose todo lo doloroso y no contándoselo. Son dos distintas aproximaciones a la memoria y a la información, pero ambas de distintas maneras hacen daño.

Por último está Ele, una mujer de 30 años que está recuperándose una separación amorosa. Así es como en ese momento inicia la novela cuando desaparece la madre, y organiza una búsqueda con Jenny, la novia de su madre, y Valeriana, una perrita en silla de ruedas.

P: Como acabas de mencionar, el silencio tiene un importante papel en cómo se hereda, cómo va mutando poco a poco el trauma familiar. ¿Cuál es el silencio que juega en Cecilia, quien sufre un acontecimiento desconocido por sus familiares? Porque está muy relacionado en la novela con la locura, la herida y con su incapacidad de procesar el suceso que hereda inevitablemente su hija.

R: Pienso que el silencio es como el pegamento que mantiene unidas a las familias, pero de de la peor manera posible. Me preguntaba mucho por cómo funciona, cómo es la idea de una genealogía que está vertebrada por el silencio.

En el caso de Cecilia, es un silencio peculiar, no es un silencio que simplemente sea la ausencia total de información. Más bien una forma de reinventar el pasado y de reimaginarlo, dejando fuera los hechos traumáticos.

En la última parte de su vida hay una mezcla entre su tendencia a inventar pasados alternativos y la demencia que va dando sus recuerdos reales. Al final la única forma en la que ella empieza a tal vez gestionar o poder procesar lo que le sucedió es a través de unos cuadernos de alemán que escribe y en los cuales relata su infancia de una manera en la que antes nunca la había logrado relatar. Esos cuadernos son muy importantes a la trama del libro, y se van revelando poco a poco a lo largo de la lectura.

P: Las anotaciones de los cuadernos han sido uno de los elementos que más me han fascinado de la novela. En un primer momento no sabes quién lo está escribiendo, pero finalmente el lector descubre que son los comentarios que Perla escribe cuando aún es pequeña sobre el misterio que detecta en su madre.

Hay un momento cuando todavía está mirando con ojos de niña que escribe: «A veces me gusta pretender que tenemos que huir de algún peligro juntas o que yo soy su mamá y tengo que salvarla».

De alguna forma, se hace responsable del dolor de su madre por su propio desconocimiento del trauma. ¿Se podría decir que hay en su desenlace una especie de culpa por no haber salvado a Cecilia?

R: Creo que sí, en parte tiene que ver con haber descubierto el origen del trauma de su madre. En esos recuadros que mencionas en los que se relata la relación de una madre con con la hija y, como bien dices, la idea es que no sepamos exactamente quién habla al inicio pero se pueda entrever una relación sumamente complicada y un tanto envenenada.

También hay esta tendencia, como dices, que tal vez es algo que he experimentado yo. A veces la relación con la madre es tan peculiar que una es cuidada por la madre, pero a su vez más adelante tiene que cuidar de ella. Los papeles se invierten.

Esos vínculos no son en una sola dirección, funcionan de otros modos. Sí, sin duda creo que había algo de culpa también en Perla por no haber descubierto el origen del dolor de su madre y por sentir tanto resentimiento con ella durante tanto tiempo.

P: Con respecto a Ele, el final de la novela descubre el dolor que aquejaba a su abuela y del que huye su madre. ¿Qué crees que sucede después? ¿Cerrará el círculo?

R: Pues yo siento que sugiero que se rompía de cierta manera el ciclo. Leí sobre cómo funciona el trauma y cómo el trauma se experimenta en un presente constante. La persona que ha tenido una experiencia traumática no sale de ella del todo.

Esa experiencia sigue sucediendo y quería evocar ese presente sostenido del trauma en la forma de la novela, pero también sugerir que hay un cambio. El tiempo vuelve a comenzar de algún modo y es posible salir de ese espacio por primera vez. O existe la posibilidad de salir de ese sitio.

P: La novela me ha recordado vagamente a Nadie se pone a la noche de Delphine de Vigan. ¿Cuáles han sido tus mayores influencias en la creación de esta historia?

R: Siempre menciono que Ada o el ardor ha sido una influencia muy grande porque es una novela que digamos que el tema de fondo es el mismo, aunque siento que es distinta la carga que se le da a a ese tema. Hay muchos guiños en la novela.

También fue una gran influencia El asesino ciego de Margaret Atwood, que es una novela que está compuesta por textos muy diversos. Desde que la leí me me obsesioné con la idea de escribir una novela a mi vez caleidoscópica, fragmentaria y que participará de tonos y tipos de texto y soportes textuales distintos.

Otro libro es No he salido de mi noche de Annie Ernaux sobre la demencia senil de su madre y su muerte. Fue muy importante para ir concibiendo como una persona con demencia utiliza el lenguaje, que es una forma muy distinta de utilizar la lengua.

Siempre me ha parecido fascinante y perturbadora y era algo que quería trabajar. Hay muchos otros libros. En México hay un libro que se llama Conjunto Vacío, de Verónica Gerber, que también tiene que ver con la ausencia de la madre. Fue una novela que me hizo pensar en la condición de la madre ausente, que es el inicio de la novela.

P: ¿Podrías hablarme un poco más de cómo la fascinación por el lenguaje se ha trasladado a los personajes de Malacría?

R: Me interesaba mucho también abrir un espacio para el lenguaje o el tono poético. Me di cuenta que no podía narrar esta historia sin mantener esa confianza férrea en que la poesía también puede narrar.

Por eso varios de los tipos de textos que aparecen en el libro, como cuadernos de alemán, son muy afines al tono poético. Están inoculados por esa lógica peculiar de la poesía. Gracias a esa confianza creo que logré terminar la novela. No sé si me hubiera sido posible escribir la novela sin confiar en ese tono y anclarme en él.

P: El imaginario que utilizas es rico y variado. La búsqueda de la casa del lago como alegoría al viaje al núcleo del trauma, todo lo que tiene que ver con las heridas del cuerpo como la manifestación física del trauma…

Pero destacan la fascinación de Perla y Ele por las casas en ruinas. ¿Cuál es la metáfora de estas imágenes que rodean a las protagonistas, y que recuerdan de alguna forma, que el trama es ubicuo?

R: Me interesaban mucho estos espacios arquitectónicos arrasados, derruidos y heridos. Las casas en ruinas me ayudaron a a preguntarme por la arquitectura del pasado. Por cómo ese pasado, incluso el que no le pertenece a la protagonista, la afecta y la lastima. De algún modo la protagonista creció simbólicamente en una casa en ruinas. Es su estructura familiar.

P: La novela concluye con la reflexión: «¿Qué piensan hacer ahora? Nosotras queremos vivir, sobrevivir». ¿Cuál sería el mensaje final que quieres que Malacría siembre en el lector?

R: Pues creo que tiene que ver con reconocer. En primer lugar reconocer ese dolor. Y, quizá, a partir de ese primer paso, lograr sanar, al menos, parte de esa herida o cicatrizarla. No sé si siempre es posible salir del trauma, pero al menos sí tengo la confianza en que poder nombrarlo es un primer paso.

Es importantísimo tener la posibilidad de narrar y de darle palabras a ese dolor. Para mí la literatura se trata mucho de mirar lo que duele, lo que no queremos ver o lo incómodo. Mirarlo y y narrar. Narrar aquello que parece no ser narrable.

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