El cineasta brasileño Karim Aïnouz firma un plomizo acercamiento a la figura del célebre monarca desde la perspectiva de su última esposa, la reina consorte Catherine Parr
El reinado de Enrique VIII de Inglaterra supone un periodo clave en la evolución sociopolítica del pueblo británico, pero lo que realmente interesa de este al gran público, no nos engañemos, no es ni la reforma anglicana ni los modos absolutistas del susodicho, sino su morbosa vida sentimental. El monarca, que contrajo matrimonio en seis ocasiones, desafió al papa Clemente VII para obtener el divorcio de su primera mujer, Catalina de Aragón, en 1533. A esta la siguieron Ana Bolena, Jane Seymour, Anne von Kleve, Catherine Howard y Catherine Parr, dos de ellas decapitadas y otras tantas divorciadas, siendo la última la única que sobrevivió al rey, fallecido en 1547 como consecuencia de una úlcera en la pierna.
Precisamente, son estos años finales en la vida del soberano los que recrea La última reina (Firebrand), enésimo acercamiento a este capítulo de la historia con la novedad que supone adoptar la perspectiva de Catherine Parr y ahondar en su figura como apreciada madrastra e ilustrada tutora de los hijos de su esposo. Así, mientras la Reforma protestante se expandía por la Europa continental y la Corona de Inglaterra sustituía las férreas estructuras del catolicismo por una no menos rígida jerarquía anglicana, Catherine (Alicia Vikander) mostraba interés por las obras de Martín Lutero o Juan Calvino, que cuestionaban las vigentes convenciones religiosas.
En este sentido, la película la describe incluso como una defensora de la relación directa entre Dios y su creación, además de como una simpatizante de la predicadora protestante Anne Askew, condenada a la hoguera por hereje. Como vemos, el debate teológico que subyace tras la trama se antoja la mar de interesante, pero el guion parece querer evitarlo y acaba discurriendo por lugares más comunes y menos emocionantes.

Una película de supervivencia
En esencia, por mucho que se presente como un añejo drama histórico, La última reina no deja de ser una película de supervivencia. Atrapada en el sombrío Palacio de Whitehall, Catherine intentará a lo largo de todo el metraje resistir los continuos envites psicológicos, políticos y sexuales de su marido, un genialmente desagradabilísimo Jude Law, mientras la enfermedad que lo corroe va acercando el ansiado final de sus días. Es en esa tensión enfermiza, en esa atmósfera lúgubre y purulenta, donde el filme se presenta más sólido, si bien es cierto que Vikander, con permanente expresión de desconcierto, no está a la altura de semejante reto actoral.
Por otra parte, el director, el brasileño Karim Aïnouz, tampoco acierta a construir una narrativa visual atractiva, empeñándose en situar la cámara en los ángulos menos idóneos para seguir la acción con interés. Hasta la música original, magnífica en su tempo entre lírico y desasosegante, acaba por verse arruinada con la inclusión de una canción espantosa en los créditos finales, recordándonos que, para debates más elevados en la Inglaterra del siglo XVI, ya estaba la espléndida Un hombre para la eternidad (1966), y para seguir espiando en los aposentos de Enrique VII podemos volver a las cuatro temporadas de Los Tudor (2007-2010).


