Con la remontada en LaLiga y la conquista de Copa del Rey el técnico estadounidense se ha ganado un hueco en el corazón de los txuri-urdines
San Sebastián siempre fue tierra de paladares finos. En Anoeta, el fútbol se entiende a través del balón, del rondo infinito y de esa pausa tan característica de Zubieta. Sin embargo, la llegada de Pellegrino Matarazzo ha supuesto un choque cultural necesario: el paso del academicismo a la competitividad de hierro. El técnico ha logrado lo más difícil en el fútbol moderno: cambiar la piel del equipo sin traicionar su alma.
Bajo el cielo plomizo de Donostia, Matarazzo no aterrizó con un libro de estilo bajo el brazo, sino con un cronómetro y una máxima: «La posesión es un medio, no un fin». El cambio más radical se observa en la zona de presión. Si antes la Real esperaba el error rival en un bloque medio, hoy es un equipo que asfixia.
La verticalidad se ha convertido en el nuevo mandamiento. El equipo ya no se recrea en el pase horizontal; ahora busca la espalda de los centrales con una agresividad que ha pillado a contrapié a más de un «gigante» de la liga. Matarazzo ha inyectado ese pragmatismo ítalo-estadounidense que prioriza la eficacia sobre la estética, transformando a los «jugones» en «guerreros«.
Las claves de la nueva identidad
Para entender por qué esta Real Sociedad asusta, hay que mirar los tres pilares que el técnico ha reforzado desde su primer entrenamiento:
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El despliegue físico: el equipo corre más, pero sobre todo, corre mejor. Las transiciones defensivas son ahora repliegues de alta intensidad que minimizan las contras rivales.
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El factor psicológico: se acabó la fragilidad en los minutos finales. Matarazzo ha trabajado la resiliencia mental; ahora la Real sabe sufrir, sabe «embarrar» los partidos cuando es necesario y, lo más importante, sabe cerrarlos.
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La meritocracia de Zubieta: el técnico ha sabido integrar el hambre de los potrillos con la experiencia de los veteranos, exigiendo a todos el mismo nivel de sacrificio defensivo.
La vertiente realista
Desde la perspectiva del aficionado txuri-urdin, el sentimiento es de una ilusión contenida. El seguidor de la Real es, por naturaleza, cauto. Se celebra el liderato o la buena racha europea, pero siempre con un ojo puesto en la enfermería y otro en la regularidad.
Lo que Matarazzo ha conquistado no son solo puntos, es el respeto. El realismo más puro dicta que no se puede ganar siempre jugando bonito, y la grada lo ha entendido. Ahora se aplaude un despeje a la grada o un duelo ganado con el hombro tanto como un caño en la frontal. Se ha perdido quizá un punto de lirismo, pero se ha ganado una tonelada de fiabilidad.
¿Hasta dónde puede llegar esta versión de la Real Sociedad? El artículo de la historia de Matarazzo en San Sebastián aún se está escribiendo, pero el prólogo es inmejorable. El equipo ha dado un salto cualitativo en su jerarquía competitiva.
Ya no somos ese equipo simpático que juega bien y acaba perdiendo por la mínima. Somos un equipo incómodo, rocoso y letal. Matarazzo ha entendido que para que el sol brille en Anoeta, a veces hay que saber jugar bajo la tormenta. Y esta Real, ahora mismo, no teme a ningún temporal.


