La compañía Cuarta Pared propone una obra sobre los capítulos que, aunque efímeros en la ciudad, perduran en nuestra humanidad
Todas las casas es solo el nacimiento de un proyecto que madurará durante los próximos dos meses. La compañía Cuarta Pared, por su 40 aniversario, ofrece al mundo la oportunidad de vivir el Tríptico de la Vida. Un proyecto puro, ambicioso, que responde a las incógnitas y placeres de lo bello y pesado que muchas veces resulta vivir.
El regalo de poder vernos
Todas las casas es una obra que enseña a vernos. Parece una tontería, pero mirarnos no solo significa contemplar un espejo, sino replantear qué somos exactamente. O si ya lo tenemos claro, recordarlo.
La compañía Cuarta Pared nos recuerda que solo somos una persona entre las millones que residen en una ciudad masiva. Pequeños humanos que circulan en una marea de gente que intenta complacer las exigencias de la capital sin descanso. Sin embargo, cuando a ello se refiere, no lo plantea como si fuéramos hormiguitas sin identidad. Durante Todas las casas, los actores miran a su público y le recuerdan que son irrepetibles copos de nieve.
La obra de teatro nos hace comprender que, aunque físicamente solo ocupemos una diminuta habitación de un enorme edificio, lo que llevamos dentro podría abarcar el universo entero.

Lo épico en lo cotidiano
Todas las casas pretende contar varios relatos. Pero te dice que no son cuentos, tampoco ficción. ¿Entonces qué son? Solo sabemos que no son cuentos porque están ocurriendo.
La obra de teatro presenta historias cotidianas, podría ser un embarazo, un concierto, un romance o un nuevo puesto de trabajo. Pero no son cuentos porque estos sucesos están sucediendo en la realidad, a nuestro alrededor, en la ciudad.
Los episodios de Todas las casas son historias con las que muchos espectadores pueden identificarse. Un trabajo agotador, una pelea, una noche de sexo o una pérdida. Representan experiencias que una gran mayoría ha vivido. Son cotidianas, conocidas y carecen de cualquier aditivo épico. Pero es que no hace falta más. Una sonrisa, una caída, un flechazo o un despido puede cambiar el rumbo de nuestro mundo entero, y eso sí que es épico.
Tal vez la ausencia de historias intrépidas haya aburrido o decepcionado a algún espectador. Sin embargo, representar relatos con los que muchos podemos identificarnos, o incluso emocionarnos al recordar, es una idea fantástica. Todas las casas es un espacio de reflexión sobre nuestra cotidiana humanidad, y a mí me parece conmovedor.

Una obra sin límites
Todas las casas contempla nuestra pequeñez frente a nuestra inmensidad emocional. Algo tan concreto y algo tan abismal. Es por ello que, para la representación dramática, optan por una puesta en escena sencilla. Cuanto más hiperrealista sea el decorado, más límites tendrá nuestra imaginación. Y cuando se trata de conceptos tan abstractos, encerrar la historia en un espacio y tiempo concretos no es una buena idea. Así que los personajes se pueden encontrar tanto en una habitación de hotel, como en un piso, un local o una oficina. Puede ser verano, invierno o primavera, no lo lo sabremos.
El ritmo de la obra es frenético, como todos los episodios de una hiperactiva capital. A través de los cinco actores que dan vida a Todas las casas, el atrezzo se transporta de forma fugaz, aportando definición al escenario. Los intérpretes realizan esta tarea casi de manera ininterrumpida, lo que mantiene la obra en un movimiento constante, dando la sensación de que nunca descansa (como la ciudad). Este dinamismo facilita que el público permanezca atento.
En cuanto a la carencia de límites, Todas las casas va aún más allá. La obra no responde a las exigencias de establecer secuencias de planteamiento, nudo o desenlace en cada relato. Este detalle provoca un menor compromiso con las tramas de las historias y cierta desconexión con ellas. No obstante, sí responde a la narrativa de los episodios efímeros dentro de la ciudad.
Los actores tampoco quedan atrapados en un solo papel. A lo largo de la obra, dan vida a múltiples rostros. Su actuación es auténtica y conmovedora, pero su puesta en escena es tan coral que resulta imposible destacar a un intérprete en particular.
La destrucción de la cuarta pared
Durante Todas las casas, los actores hacen pequeños guiños al público. Diría que el objetivo de ello es recordarnos que también formamos parte de la obra, pues lo que ocurre en escena no nos es ajeno. Son relatos que hemos protagonizado, estamos protagonizando o quizá protagonicemos en algún momento. Nosotros también somos personajes de Todas las casas, es por ello que la obra intenta recordárnoslo.

No sería de buen gusto desvelar cuáles son esos guiños que destrozan la cuarta pared, pues estropearía algunas sorpresas. Sin embargo, adelanto que invitan a la introspección y a reflexionar sobre aspectos en los que no nos detenemos a pensar.
Todas las casas, una obra que te invita a apreciar las cosas sencillas. Una experiencia bella que te permite sentir un poco más de lo habitual, hasta que «una persona contó hasta tres, y se puso todo oscuro».


