Una adaptación fallida que sacrifica la creatividad y el alma del videojuego por una narrativa vacía y personajes olvidables
Si algo ha caracterizado a Minecraft desde su lanzamiento en 2011 es la libertad absoluta que otorga a sus jugadores. Su esencia es la creatividad, la exploración y la construcción de experiencias únicas. Sin embargo, Una película de Minecraft se aleja completamente de estos principios y entrega un producto vago, sin alma y que se sostiene únicamente en el reconocimiento masivo de la marca.
Desde su anuncio, muchos fans se preguntaban cómo se trasladaría la experiencia de Minecraft a una película. ¿Se centraría en la supervivencia? ¿Exploraría la historia oculta detrás de sus mundos generados proceduralmente? ¿Apostaría por una aventura original dentro de su universo? Desafortunadamente, la respuesta no es ninguna de las anteriores, tal y como se preveía en el trailer.
No podemos disfrutar de algo que sabemos que es malo solo por el nombre que lleva. Lo fácil es decir que «vamos al cine a disfrutar», pero cuando la película es mala, esa promesa se desvanece rápidamente. El simple hecho de que una película esté basada en un videojuego tan popular como Minecraft no garantiza que sea buena. Aunque el reconocimiento de la marca atrae a los fanáticos, no podemos dejar de lado los elementos esenciales que hacen que el videojuego sea especial, como su creatividad, su libertad y su capacidad para inspirar. La película, al carecer de estos aspectos fundamentales, no es disfrutable. Se siente vacía y desconectada, y no logra ofrecer una experiencia que sea entretenida o auténtica. Al final, lo que queda es un producto que ni los fans del juego ni los nuevos espectadores pueden disfrutar plenamente.
Otra evasión fácil es el «es para niños». Bueno, los niños se merecen películas inteligentes, que no solo los entretengan, sino que también los estimulen y los hagan pensar. En lugar de aprovechar la oportunidad de crear una historia que inspire la creatividad y la imaginación, Una película de Minecraft ofrece una narrativa simplona y predecible que no aporta nada valioso. Los niños, al igual que los adultos, pueden disfrutar de tramas que los desafíen y los hagan reflexionar sobre temas más profundos: el cine infantil no debe ser sinónimo de contenido vacío o superficial, y una película basada en un fenómeno tan vasto como Minecraft tenía el potencial de ofrecer algo mucho más enriquecedor. Pero, al optar por lo fácil, se pierde la oportunidad de crear una experiencia que sea tanto divertida como significativa para las nuevas generaciones.
Un universo sin vida, sin historia, sin justificación
Desde el primer minuto, la película asume que el espectador ya conoce el universo de Minecraft, lo que en teoría podría ser una ventaja, pero en la práctica resulta en una narrativa superficial y carente de contexto. No hay esfuerzo por construir un mundo inmersivo ni por establecer justificaciones claras dentro de la historia, y eso es hacer trampa. Simplemente se asume que todo vale porque es Minecraft, y aprovechan que el espectador conoce cómo son las reglas del videojuego más vendido mundialmente.
Una película de Minecraft es todo menos una película de Minecraft. Las preposiciones son muy importantes y se han elegido mal en el título: la obra parece más bien una película en la que pasan cosas y Minecraft está de fondo, o más bien, como vehículo. O sea, una película ‘con’ Minecraft, no ‘de’ Minecraft. Esto se ve reflejado en todos los aspectos de la producción: la trama es predecible, los diálogos son planos y la estructura narrativa es completamente convencional. No hay ningún momento que sorprenda o que justifique la existencia de esta adaptación más allá de la explotación de la marca.
Esta falta de explicación hace que la película se rebaje a una dimensión aterradora para cualquier director de cine, y es que se parezca a un vídeo parodia de la época dorada de YouTube. La película de Minecraft parece un Scary Movie, un proyecto a medio desarrollar cuyo único objetivo es que se vea algo parecido al videojuego pero no adquiera una historia adicional, y eso es infantilizar al espectador. No solo por ser fans de algo significa que uno tenga que consumir todo lo que se produce de ese algo con buena cara. Volvámonos exigentes. Queremos que los productos derivados del original sean buenos. No podemos permitir que las películas de videojuegos puedan parecerse a esto.
Mientras otras adaptaciones han sabido captar la esencia de su material original —como La LEGO película, que respetó lo que era construir con LEGO, pero creó a un protagonista singular, una historia única y supo aprovechar la creatividad como un medio y no un fin en el centro de su historia— Una película de Minecraft parece haber sido hecha por alguien que conoce el juego solo por su popularidad, pero no por lo que realmente significa para quienes lo juegan.
Personajes planos y olvidables
Uno de los mayores errores de la película es su falta de personajes memorables. Ni siquiera Steve (Jack Black), el protagonista, logra destacar. En el videojuego, Steve es un avatar en blanco que permite al jugador proyectar su propia historia sobre él, lo que funciona perfectamente en un entorno de sandbox. Sin embargo, en una película, este tipo de protagonista requiere desarrollo y carisma, algo que aquí brilla por su ausencia. Su trasfondo es inexistente y su personalidad apenas se define más allá de cumplir con su papel en la historia. No tiene motivaciones claras ni evolución, lo que hace que su viaje sea completamente insustancial. Sus diálogos son genéricos y, cuando intenta mostrar emociones, resulta forzado.

Los secundarios, por su parte, son intercambiables y olvidables, lo que impide cualquier tipo de conexión emocional con el espectador. Por una parte tenemos a Henry (Sebastian Hansen), un niño creativo (apelando mucho al espectador que se sentiría desplazado en la vida real y aplacase sus ganas de crear en Minecraft) que viene con su hermana, Natalie (Emma Myers), a una ciudad nueva porque su madre ha muerto. En esta ciudad se encuentra con Garrett (Jason Momoa), un hombre que tiene una tienda de videojuegos antiguos pero que está en bancarrota que será su tutor (a pesar de haber compartido dos minutos en pantalla). También, por las esquinas está Dawn (Danielle Brooks), una mujer animalista que… bueno, está ahí, que ya es mucho.
Posiblemente Henry y Dawn no intercambian ni un solo diálogo en toda la hora y cuarenta minutos que dura el filme. En general, las mujeres de la película (recordemos que tambien está Jennifer Coolidge, pero su papel es tan irrelevante que no sirve ni como alivio cómico) carecen de peso argumental. Dawn podría ser omitida y la trama avanzaría sin complicaciones. A Marlene (Coolidge) se la reduce a tener un romance con un aldeano, detalle que ya sabíamos antes de ver la película, sin embargo, no sabíamos que toda su historia se reduciría a eso. Ni siquiera Natalie, que es presentada como ‘la hermana mayor responsable,’ cumple con su estereotipo.
Si los analizamos a todos como grupo nos damos cuenta muy rápidamente de que no hay química entre ellos. Sus dinámicas recuerdan a cualquier otra película con un grupo de personajes desajustados que deben resolver una crisis juntos: escapar del mundo de Minecraft… ¡al que nadie buscó entrar, ni siquiera Steve!
Humor brainrot y chistes gastados
El humor de la película se basa en lo que solo puede describirse como brainrot: chistes rápidos, absurdos y repetitivos que buscan la risa fácil sin mayor ingenio. En lugar de aprovechar el potencial creativo del videojuego, se opta por una comedia vacía que en ocasiones roza lo infantil. Es un tipo de humor que se siente como un video de TikTok extendido a una película de hora y media, rescatando de nuevo este sentimiento de vídeo de YouTube de 2015.
Además, los pocos intentos de humor para adultos se reducen a chistes sobre lo miserable que es ser adulto, trabajar o tener responsabilidades. Esta fórmula ya ha sido explotada hasta el cansancio en películas de animación dirigidas a un público mixto, y en este caso se siente aún más desconectada del material original. Lo más curioso es que el juego en sí nunca ha sido particularmente humorístico en este sentido. Si bien tiene una comunidad vibrante llena de memes y referencias, la película no sabe cómo trasladar esto sin caer en lo más básico y predecible. Aunque es cierto que hay algunas referencias a jugadores emblemáticos que se agradecen, pero que, de nuevo, solo pueden apelar a cierta parte de la comunidad que los conoce.
Un videojuego que merecía más
Es especialmente frustrante porque Minecraft es un juego que, con el enfoque correcto, podría haber dado lugar a una adaptación increíble. Su capacidad para inspirar la creatividad y la imaginación de millones de jugadores en todo el mundo es innegable, y hay muchas formas en las que esto podría haberse traducido al cine. Podría haber sido una historia sobre la construcción de un mundo, sobre la importancia de la creatividad, sobre la exploración de lo desconocido o incluso sobre la comunidad de jugadores que ha mantenido vivo el juego durante más de una década (todo esto sin tocar el hecho de que podría haberse hecho con una animación parecida a la que vimos en Spider-Verse, pero ahora nos ha dado por una fiebre de live actions). En su lugar, tenemos un producto genérico que no entiende ni respeta el material original.
El problema no es solo que la adaptación falle en capturar la esencia de Minecraft, sino que representa una oportunidad desperdiciada en un medio donde las adaptaciones de videojuegos están empezando a demostrar su verdadero potencial. Series como The Last of Us o Arcane han demostrado que es posible trasladar historias interactivas a formatos narrativos sin perder su alma en el proceso. Pero cuando una producción se enfoca más en explotar una marca que en entenderla, el resultado es un producto sin identidad, incapaz de conectar con los fans ni de aportar nada nuevo al cine. Tal vez algún día veamos una adaptación que haga justicia a la creatividad infinita de Minecraft. Pero, por ahora, solo nos queda imaginar lo que podría haber sido.


