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Onda Vaga, celebración colectiva en Madrid

La danza juntó almas y celebró la vida, Onda Vaga lo volvería a hacer

El pasado 5 de septiembre, un rincón de Madrid se llenó de calidez y complicidad con la llegada de Onda Vaga, una de las bandas más queridas del indie-folk rioplatense. La noche arrancó con una sala llena y un público dispuesto a cantar cada verso, incluso cuando los primeros problemas de sonido se hicieron evidentes. Pero si algo caracteriza a la banda y a sus seguidores es esa capacidad de transformar la adversidad en fiesta.

El arranque vino con Milagro, cargado de nostalgia urbana que rápidamente dió paso a la ternura de Un día yo quiero. El ambiente se volvió íntimo, con voces coreando al unísono, como si cada estrofa tejiera un puente invisible entre escenario y pista.

Las vibras fueron aumentando

Con Parque y Sequía de amor, la sala explotó en una vibra ligera y luminosa, pese a que los micrófonos seguían jugando malas pasadas. La banda, lejos de perder el ánimo, respondió con sonrisas y guiños al público, que no dejó de aplaudir y bailar. La energía colectiva se sostuvo en temas como Ir al baile y En el barrio, donde la percusión y los vientos marcaron un pulso irresistible.

En medio de la lista apareció Como que no?, acompañado de guitarriñas juguetonas, y luego la belleza de En tu mirada, con una calma casi ritual. No es un exceso devolvió la intensidad con palmas y saltos, y cuando sonó Revolución, el concierto alcanzó uno de sus puntos más altos: el coro de cientos de voces se sobrepuso a cualquier falla técnica, transformando el tema en un acto de resistencia compartida.

Onda Vaga en su momento más íntimo | Fotografía: Paola Gómez Gualteros

La velada continuó con la ligereza de Mariposa de colores, la calidez de Mi mundo y el canto colectivo de Tataralí. Llegando al tramo final, la banda desató la euforia con Mambeando, La noche y Deja, piezas que encendieron la pista como una danza comunitaria.

Entre baile y celebración

El cierre fue tan conmovedor como profundo, con Mina menina y Te quiero coronaron la noche con un espíritu de danza que desbordó sonrisas, abrazos y saltos. Onda Vaga se despidió agradeciendo la paciencia y la entrega del público, consciente de que esa complicidad fue el verdadero sostén del concierto.

En definitiva, más allá de los fallos técnicos, lo que se vivió en Madrid fue un ritual colectivo, la confirmación de que la música de Onda Vaga trasciende el escenario y se convierte en pura comunión con su gente.

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