«Bernarda, que veo a Dios»
En la película La Llamada (2017), a María, una adolescente apasionada del reggaeton, se le aparece Dios. Esto ocurre en un campamento cristiano, donde la joven, interpretada por Macarena García, exclama tras sus encuentros: “Bernarda, que veo a Dios, que le veo, de verdad. (…) Madre, yo estoy en la cama, y se me está apareciendo un señor, que va vestido de negro y me canta canciones.”
Más allá del universo Javis, esa escena revela una verdad casi teórica sobre nuestra existencia como humanos: lo sagrado nos asusta. No se trata tanto de dogma, sino de ese encuentro con lo absoluto, con lo divino, que nos altera la percepción y ensancha las limitaciones de nuestras creencias. Ya decía Santo Tomás de Aquino que «todo lo que es verdad, sea quien sea quien lo haya dicho, tiene su origen en el espíritu». Y ahora, en 2025, este espíritu yace en responsabilidad de Rosalía. La catalana, a pocos días de lanzar su nuevo disco LUX, ha paralizado al mundo con el primer adelanto de este, titulado Berghain.
Es muy fácil trepar a las modas, a las tendencias, lo que la gente repostea en TikTok. Buscar el aplauso sistemático y caer sobre el colchón seguro. Pero a Rosalía no le gusta eso. Ella se entrega, casi como un hurto, en otro territorio. No, no es solo una canción con trend viral. Berghain es un lenguaje de liberación, un ritual que permite que lo humano y lo trascendente se toquen, se conozcan.
Este año, la cantante de Sant Esteve Sesrovires nos está abriendo un camino que, de momento, se nos presenta inconcluso. No sabemos qué esperar, ni lo podemos barruntar. La semana pasada Rosalía aterrizó en Callao (de manera ¿clandestina?), y esta nos dirige a una discoteca techno de Berlín. Cada imagen, signo y representación genera una causa, un engranaje que se mueve, que nos va transportando, como espectadores, a donde ella quiera. Mi teoría es que, con esta nueva era, la artista juega una partida de ajedrez en la cual cada movimiento es una demostración de los principios que sostienen la existencia y la perfección del ser, del arte y de lo divino.
Inconscientemente viene Tomás de Aquino a mi mente. Rosalía puede pensarse, desde esta filosofía, como intermediaria entre lo humano y lo absoluto, en contacto con un primer motor inmóvil que, aunque inalterable, pone en movimiento todo lo que percibimos. Siguiendo la lógica aristotélica que inspiró a Aquino, este motor primero se presenta como una fuerza trascendente, un principio que no cambia pero que impulsa; llámalo Dios, llámalo Lola Flores o llámalo «Bernarda, que veo a Dios». La artista recibe esta influencia, tanto espiritualmente como en lo artístico (sus raíces flamencas y folklóricas casan con lo experimental) y canaliza esa herencia, esa energía que la precede, esa ‘lux’ que transmite. Como si fuera la elegida para hacerlo, como si quisiera confirmar que nada nace por sí solo. Que sabe mucho y quiere contarlo.
La aparición de Rosalía en nuestras vidas pertenece a ese orden invisible que a veces se personifica para recordarnos que el arte también tiene destino, que lo espiritual forma parte de lo sensorial. Santo Tomás habla, en la cuarta vía de su Quinque viae, de los grados de perfección: lo más bueno, lo más bello, lo más verdadero, y, si seguimos su lógica, podríamos decir que Dios desemboca en Rosalía esa perfección estética. Su manera de verse sacra, de elevar lo cotidiano a lo sublime, de convertir Callao en otra dimensión bíblica, nos hace testigos del surrealismo mágico y prácticamente teológico en el que nos envuelve
Berghain.
Es por eso que en la era LUX la causa final somos nosotros. Como espectadores, tocados por lo sagrado gracias a ella. Como seres, participantes de esa experiencia que trasciende lo individual. Así, la catalana funciona casi como un canal en sí, un punto de contacto donde lo divino toca lo humano. Donde el encuentro con Rosalía se vuelve una participación en algo que excede la mera existencia humana.
En la canción de presentación del disco hay hueco además para la legendaria Björk (desconocida por todo aquel que alguna vez haya comprado un Labubu) y el productor experimental Yves Tumor. Se suma a la obra la participación de la Orquesta Sinfónica de Londres, creando la atmósfera etérea buscada por Rosalía. El trabajo discográfico, con salida el 7 de noviembre, ya cuenta con su propio imaginario sonoro, con la meta de poner melodía y lirismo al entusiasmo espiritual con el que pretende la catalana cantar sobre “la mística femenina, la transformación y la espiritualidad trazando el arco entre la ilusión y la pérdida, la fe y la individualidad”.
Quizás todo esto sea una paranoia fruto de mi obsesión insana con lo nuevo de Rosalía. Quizás sea yo teniendo una reinserción católica. O quizás sea cierto lo que pienso: Rosalía es la artista más grande que hay en la industria. Que nos recuerda que la música no solo se escucha. Se experimenta. Se participa. Y que, a veces, el momento de verlo todo claro llega en forma de catalana, con estética monjil y corriendo por Callao. Porque así, Bernarda, yo también veo a Dios.

