¿Y si este mes de diciembre retrocediera a 2025 de nuevo?
El otro día pensé qué pasaría si esta Nochevieja, en vez de ir hacia delante, fuéramos hacia atrás. Si diéramos la vuelta al calendario y, si tras la última campanada, en vez de ser enero, fuera diciembre nuevamente. Y luego noviembre. Y así, hasta que todos estos meses pasen del revés; verano, luego mayo, abril, hasta llegar al 1 de enero de 2025.
Me emocioné imaginando que mañana fuera ayer. Que el tiempo corriese hacia atrás, que volvieran a mi garganta todas las palabras que me arrepiento de decir y a mis ojos cada lágrima que lloré. Hay calles que me prometí no pasear nunca más, canciones que no he escuchado desde entonces y personas que se han quedado en el camino. Pero si esta Nochevieja rebobinara el tiempo, volvería allí. A la canción de Amaia que cantaba en marzo con mi compañera de piso, a la calle de Granada donde conocí a Pedro en enero o a casa de mi abuela para verla, de nuevo, por última vez. Si pudiera volver, tengo claro que lo haría.
Me gusta pensar que existe la opción de retroceder, de progresar caminando de espaldas. De que las flores que vi crecer vuelvan a ser semilla, que las películas empiecen por los créditos y los pelos de mi bigote mengüen cada día un poco más. Tragaría mi cuerpo cada gota de sudor que mojó mi piel en verano y los viajes en carretera a Madrid harían el recorrido contrario. A principios de este año no podía evitar preguntarme cuántas cosas me sucederían este 2025, con impaciencia por enterarme de todo lo que iba a disfrutar, los viajes que haría con mis amigas, las noches en las que bailaría hasta que me dolieran los pies, las personas nuevas por conocer, los chicos que iba a querer.
Ahora, después de haber viajado, bailado y querido mucho, desearía volver y no haber tenido tanta prisa. Que las uvas de esta Nochevieja regresasen a sus viñedos y el invierno diera paso al otoño. Y así cada día haría menos frío y me leería los libros comenzando por el último capítulo. Recuperaría todo el potencial que perdí por no creer en mí mismo y aquello que ahora está mal evolucionaría otra vez a estar bien.

Es curioso el efecto que tiene la nostalgia y la manera en la que pesa mucho más ahora en diciembre. Porque por mucho que me duela, nada va a volver. Este año no sucederá de nuevo. Los trenes van a seguir por sus vías sin mirar atrás, las hojas caidas no volverán a colgarse de los árboles y los cabellos engrisecidos continuarán blanqueándose. Y duele entender eso. Duele darse cuenta que para crecer hay que perder. Que para avanzar hay que dejar atrás. Que en la mesa hay asientos vacíos que ya nadie ocupará, colonias que olvidaré porque ya no puedo oler más y meses que se quedan resumidos en eso: en las ganas de volver.
En medio de toda esta reflexión es cuando me doy cuenta de lo estúpido que soy. Me atrevería a decir que ahora estoy viviendo lo que dentro de un año querré repetir hacia atrás. Que hoy escucho canciones que en un futuro no podré ni oír en la radio, y que ahora salgo por la noche a discotecas que no regresaré, y que estoy conociendo a la gente que me arrepentiré de no haber conocido antes. Gracias a este año he aprendido que lo verdaderamente bonito de volver no es el pasado, sino el presente.
La suerte de que cada diciembre siempre vuelvo, y, al hacerlo, me espera en casa una familia con la mesa llena de turrón en Nochebuena. Un grupo de amigos con quienes hacer el amigo invisible. Un pueblo con las mismas luces de cada año que, curiosamente, no dejan de brillar. Los regalos por abrir y los que me toca regalar. Las personas a las que en Nochevieja no sé si escribirles o no para felicitarles el Año Nuevo —aunque, al final, siempre termino escribiendo—. Porque diciembre es el mes para eso: para volver. A casa, al pueblo, a ver las luces de todos los años. Volver a la magia de cada Navidad aunque no estemos los mismos del año pasado. Volver a quien no debes, a equivocarte, a mandar mensajes que te hacen temblar.
Ahí, como cada diciembre, me doy cuenta de lo afortunado que soy, y entonces lo entiendo: que la vida es cíclica, que el corazón también, y que a veces no hace falta que el año vaya hacia atrás para sentir que regreso a casa. Porque, al final, siempre hay algo (una luz vieja de Navidad, un regalo de amigo invisible, un mensaje que envío temblando) que me trae de vuelta.
Y quizá eso sea lo más bonito de todo: que a este 2026, solo le pido salud, amor y, claramente, volver; no, no a 2025. El año que viene solo pido volver a volver.

