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Desde que salí del armario

Ser un twink con bigote tiene sus contras, pero, desde luego, también sus pros

Desde que salí del armario mi vida empezó a saber a esa primera calada que no sabías si dar pero diste. A sacar la cabeza por la ventanilla del coche y dejarte despeinar. O a bailar hasta el amanecer con los cordones desatados y la frente sudada. Me escapé, sin saber muy bien hacia dónde ir o dirigirme. Pero a donde no volver.

A veces siento que no nací hasta los 16, cuando le susurré a Andrea que me gustaban los chicos. En voz baja, casi como si no importara. Como si estuviera hablando del corte de pelo de la profesora de matemáticas o del color de mi nueva mochila. Pero en realidad sí que importaba. Me temblaban las manos. Y las piernas. Y el cuerpo entero. No fue hasta que sentí aquel temblor que me desperté. Gracias a esa conversación, aquel día fue el primer día de mi vida.

Desde entonces he vuelto a nacer muchas veces. Cuando me hice mi primer piercing en la oreja, cuando me mudé a los 18 o cuando le conté a mi hermana mis amoríos mientras doblábamos la ropa. He nacido cada vez que hice algo que con 15 años me aterraba. Cada vez que me lancé sabiendo que podía salir mal. Cada vez que temblaba del miedo pero, finalmente, daba el paso. Y ahora, mirando atrás, creo que me hice mariquita a base de darme hostias con las ganas.

Este mes del Orgullo pienso mucho en todo lo que me habría perdido si no hubiese salido del armario. Veo fotos antiguas donde estoy, pero, realmente, no estoy. Las ciudades a las que considero no haber ido porque fui estando en el armario, y las personas que, si les preguntas por mí, te dirán que nos conocimos hace tiempo. Pero yo diría que no, que no me conocen, que no era yo. O mejor dicho, aún no era yo.

Ahora guardo en mi pecho todo aquello que, desde que salí del armario, alguna vez sentí. Lo bueno, lo malo. Lo que me ha sacudido. Porque he vivido los nervios de antes de besar a alguien por primera vez. He compartido un paraguas bajo la lluvia, tiritando de frío, pero deseando que no escampara. He visto brillos en ojos de chicos que jamás se podrían ver desde ningún armario. Y, sobre todo, he querido.

He querido en canciones que ya no escucho, en helados que se derretían mientras hablábamos de tonterías y en mensajes aún sin responder. He querido en Madrid, en desayunos con pan quemado y en pisos de estudiantes con gotelé y platos sin fregar.

Ninguno duró para siempre ni fue el amor de mi vida. Los planes de futuro que organicé con cada uno de ellos nunca llegaron a cumplirse, y, ahora, si los veo por la calle los saludo, pero sin sentir nada más. Como un libro que ya has terminado y disfrutaste, pero que no volverías a leer. Aunque no haya más capítulos por escribir, me acuerdo de ellos y los celebro. Porque en realidad eso también es amor: el que se queda en medio. El que nunca se dice, pero se guarda por si acaso, el que se recuerda con los ojos cerrados en el metro, que dolía pero se curó. El que te acuerdas cuando te emborrachas. El amor que no dura, pero existe. Y si existe, cuenta.

Madrid celebrando el Orgullo | Fuente propia
Madrid celebrando el Orgullo | Fuente propia

Desde que salí del armario he aprendido a hacer las cosas sin esperar tanto. A querer sin permiso y dejarme querer, aunque me dé miedo. También a morderme menos las uñas y más los labios, a bailar sin pensar en quien me esté mirando y a hacer hueco en camas donde casi no cabía yo. A conocer al amor de mi vida, aunque a veces solo dure un fin de semana y aunque otros findes no haya amor. Porque ahora, por fin, he entendido que hay días en los que no pasa nada. Pero que también cuentan. Porque este mes del Orgullo no quiero perder ni un minuto más sin celebrar lo bonita que es la vida desde que te aceptas a ti mismo.

Seis años después estoy orgulloso de quien soy, porque no soy más que eso: todo el amor que he recibido. Pero también todo el que he dado. Porque besar a alguien que quieres es demasiado bonito como para no sentirlo al menos una vez en la vida. Vengas de un armario o no.

Desde que salí del armario comenzó mi vida. Aunque no todas las cosas me salgan bien, aunque le deba disculpas a alguien o aunque mis amores no duren para siempre. Ahora, al menos, ya sé que no quiero quedarme con nada sin sentir. 

Y si no que le pregunten a mi hermana, que ya no puede doblar la ropa tranquila sin que le cuente que, una vez más, me han vuelto a temblar las manos antes de un nuevo primer beso.

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