La segunda película de Maggie Gyllenhaal actualiza el relato de la Novia de Frankenstein a sensibilidades actuales, pero resulta en un pastiche pop difícil de digerir
Tras dirigir la aclamada «La hija oscura», la actriz reconvertida en directora y guionista prueba suerte con una adaptación valiente y novedosa del clásico de Mary Shelley. Sin embargo, se ha atragantado con demasiados elementos -drama, thriller, legado de la novela, romance, alegato feminista, y el peor de todos, números musicales- y termina por no hacer nada bien.
La era de las «revitalizaciones»
Irónicamente, una película que trata sobre la resurrección de los muertos forma parte de una ola de resurrecciones de franquicias. Y es que ¡La novia! es otro ejemplo más de la desesperación de Hollywood por hacer caja con relatos clásicos de monstruos: La Momia (2017), con Tom Cruise; Nosferatu de Robert Eggers y Drácula de Luc Besson (ambas, estrenadas en 2025); El hombre invisible (2020) y Hombre lobo (2025), ambas dirigidas por Leigh Whannell y producidas por Blumhouse; e incluso la más reciente adaptación del mismísimo Frankenstein, a cargo de Guillermo del Toro (que vio la luz en Netflix hace apenas unos meses).
Uno se estremece pensando que la ola apenas acaba de empezar: ya están anunciados La Momia (2026) y Werwulf (2026). El desafío al que se enfrentaba ¡La novia! era muy grande, pues la moda de remakes de monstruos le exigía diferenciarse con un estilo propio, una trama novedosa y frescura en la dirección. Quizá, aspirar a cumplir todas esas demandas es lo que ha hecho que la película descarrile catastróficamente. Lancémonos, pues, a desarrollar por qué.
¡La novia! se encuentra ya en la cartelera española desde el pasado viernes 6 de marzo.
Profanar una tumba
Tras ser asesinada, la mujer que conoceremos como «Ida» (Jessie Buckley) será revitalizada en un laboratorio. ¿Los responsables? El monstruoso Frank (Christian Bale) y la doctora Euphronius (Annette Bening). Hasta aquí llegan las similitudes con la película original, La novia de Frankenstein (1935), del legendario James Whale. Como es poco probable que el público objetivo de ¡La Novia! la haya visto, no supone esto una grave ofensa, sino una oportunidad para Maggie Gyllenhaal de construir sus propios cimientos.

La directora y guionista decide situar la historia en los años 30, durante la Gran Depresión, momento en que Frankenstein reclama una compañera vital. La elegida resulta tener cuentas pendientes con la mafia y con policía corruptos, lo que provocará la fuga de ambos personajes. Y es en esta violenta aventura (en la cual asesinan tanto a malvados villanos como a personajes inocentes) en la que la Novia se transforma en una suerte de referente feminista que lleva a numerosas mujeres a revelarse agresivamente contra la corrupción y el patriarcado impuestos en su tiempo.
Lo que en papel supone una ingeniosa proclama frente a la violencia y opresión contra las mujeres, queda embarrado y diluido por una puesta en práctica bochornosa. La Novia es exasperante, irritante, a ratos ininteligible -Mary Shelley, como narradora, interrumpe los propios diálogos del personaje- y, para colmo, ya era así antes de ser asesinada por los gánsteres. La aparente intención de crear una mujer incómoda y molesta, como vehículo para transmitir un discurso de libertad, rebeldía y consentimiento, actúa en contra de la película, como ya lo hizo la que es claramente su referente, Aves de presa (y la fantabulosa emancipación de Harley Quinn) (2020).

«Remakes» de autor
La obra insiste en que la Novia, a pesar de haber sido creada para satisfacer la necesidad de Frank, es en realidad una mujer libre e independiente. Esto supone una grave contradicción, pues la película busca también convencernos de que se trata de un romance vital, y ambos se necesitan el uno al otro para sobrevivir. Por ello, ninguno de los dos enfoques funciona, y las motivaciones de los personajes cambian constantemente. Esta rebeldía narrativa se aprecia asimismo en la dirección, con elecciones musicales, vivos colores y elementos anacrónicos a la época que tratan desesperadamente de romper con lo establecido.
Todos estos recursos gritan «reivindicación» de la forma más plana y cansina posible, sin ser capaces de conjurar una imagen memorable, un diálogo elocuente, o una secuencia de acción coherente en lo visual. Los escenarios, alterados digitalmente y editados de forma espasmódica, causan dolor en la vista, especialmente al ver grandes actores o equipo -Jake Gyllenhaal, hermano de la directora, en un cameo, o Hildur Guðnadóttir en la banda sonora- trastabillando en un intento de aportar oxígeno a un conjunto claramente inerte (valga el juego de palabras).

Interpretar a los monstruos
El personaje de la Novia es el centro, cara y estructura de la película. El trabajo de Jessie Buckley bien podría describirse como «deslumbrante», incluso aunque sea por las razones equivocadas. En pocas actrices de su generación puede verse tal desparpajo, tal derroche de energía y entrega al papel en cuestión. Ejecuta a la perfección un papel doble (Ida, la protagonista; y la voz de Mary Shelley en su cabeza), y comanda la atención de la audiencia a grito pelado, por inconexos y confusos que sean los diálogos que tiene que decir. La actriz está ya nominada al Óscar por su papel en otra película con la que comparte cartelera, Hamnet.
Su dinámica con Christian Bale es muy reminiscente de Bonnie y Clyde. Ambos se lanzan a la fuga por el país, perseguidos como «monstruos», e inician con su ejemplo una revolución. El actor está flamante en el papel, gracias a su ya habitual compromiso físico con cada rol que elige: su piel llena de cosidos y cicatrices, su rostro desfigurado, y su actitud tímida y enamorada, hacen de él un Frankenstein muy humano y empático. Sin duda, un servidor escogería su trabajo por encima del de Jacob Elordi, nominado al Óscar.

El resto del reparto, salvando a Annette Bening, no hay por dónde cogerlo. Peter Sarsgaard y Penélope Cruz son policías en busca de la pareja fugada, y John Magaro es un gángster encargado de eliminar a la Novia. El puñado de escenas en que aparecen estos tres consumados actores son, sencillamente, ridículas, y aparentan ser remiendos añadidos con la intención de crear una ilusión de trama. Pocas veces una secuencia en una superproducción ha estado a la altura de una representación teatral de instituto.
¿Habrá más ¡Novias! en el futuro?
El fracaso de ¡La novia! como película debería remitirnos a otra conversación: la de los interminables remakes. No sólo de películas de monstruos, sino también de adaptaciones literarias clásicas. Hace unas semanas se estrenaba en España Cumbres borrascosas, y las malas críticas no se hacían esperar: de nuevo, un intento de actualizar una historia revelaba que los cineastas responsables no tienen nada que aportar a la ya excelente novela de Emily Brontë (ni a la adaptación que William Wyler dirigió en 1939).
No sería de extrañar que en seis o siete años tengamos una nueva «reinterpretación» de la Novia de Frankenstein. Quizá ha llegado el momento, como espectadores, de demandar a los grandes estudios obras más originales, y no continuar desacralizando tumbas de obras inmortales. Recordemos la icónica frase del Señor Cangrejo en Bob Esponja: «¿De verdad voy a profanar esta tumba por dinero? ¡Por supuesto que sí!»


