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‘El crack’ de José Luis Garci: esto era el cine

La mayor lección de cine de Garci viene implícita en la mirada, penetrante e inolvidable, de Germán Areta, que cumple 45 años

José Luis Garci, atlético convencido y devoto sportinguista, es uno de los grandes hitos de nuestra cinematografía. Una huella imborrable de que el cine clásico podría ser la solución a los males del cine actual. Un síntoma de que la «huella autoral», tan defenestrada por el madrileño, no es un simple elemento ególatra, sino un fin y un final. Por ello, no es descabellado comparar al detective Areta con los grandes personajes que nos ha dejado el cine en su siglo de historia. 

El último español honrado

Al lado del Cine Rialto, en media Gran Vía, donde anuncian en cartelera Viernes 13 (1980), se halla en un segundo piso Investigaciones Areta. El detective y su fiel escudero, «El Moro», conversan con el que será su próximo cliente. Éste les ofrece el enigmático motivo que le quita el sueño por las noches, el que atemora su presente por las oscuras reminiscencias que yacen de lo vivido. Es entonces cuando Don Germán se dispone, una vez más, a actuar de oficio y ejercer de ángel salvador. Sin complejos y sin ataduras. Pero, unos minutos antes, el protagonista ya había dado a conocer su arma más valerosa, la gravedad de sus ojos, del pulso y del gatillo.

Alfredo Landa en un fotograma de la película “El crack” / Fuente: Acuarius Films
Alfredo Landa en un fotograma de la película “El crack” | Fuente: Acuarius Films

Pero si por algo reluce El crack es porque, quizás, nadie ha estado tan imponente como Alfredo Landa o, tal vez, por el destello de Madrid, con esas calles abarrotadas de cines, teatros, frontones y carteles. Uno que no haya vivido la brisa de la época no puede sentir nostalgia de la misma. Pero si el sentimiento de que podría ser feliz en un tiempo que cambie las franquicias despersonalizadas por barberías donde el boxeo se emplee como mera excusa para hablar de la aceptación vital. Citas donde conversar sobre nada.

Conversaciones en silencio

El mundo interno de Areta es un misterio, una pista sin resolver. Y es entonces donde el cineasta encuentra aquellos bellos momentos de intimidad que hacen al personaje enamorarse de su vida, de sus allegados. Su rostro es distinto cuando se encuentra cerca de la sonrisa de Carmen y la inocencia de Maite. Y es en ese pequeño diálogo donde la pequeña le pide compartir su tiempo en nochebuena, en esos cinco segundos, en el que el incorruptible corazón del detective se reblandece. Posteriormente, en Nueva York, suenan villancicos.

El dibujo de las heridas de los personajes hacen que lo de dentro tenga la misma trascendencia que el gesto que le enseñan a la vida. En parte por lo que no se cuenta. Por aquello que solo se puede entrever, teorizar y, en ocasiones, vislumbrar. Pues el reflejo de las cicatrices hacen ver a los presentes la existencia de ese algo, que no será revelado por la coraza que encierran las inseguridades de los personajes. Como Garci quiere para su película, como quería Coppola para Hackman. Por eso, en tiempo pero no en lugar, conversan en su silencio ambos. Harry Caul y Germán Areta, detectives a distintas escalas, que forjan el peso de su oficio en la mirada.

"El crack" (1981) de José Luis Garci, una de las mejores películas del cine español / Fuente: Acuarius Films
«El crack» (1981) de José Luis Garci, una de las mejores películas del cine español | Fuente: Acuarius Films

La moralidad no es cuento de hadas

El aroma añejo que suscitan en el subconsciente las hazañas de Areta, enfrentándose al mar, mirándole a los ojos, percibiendo su maldad y aguantando el pulso, es un juicio moral. De la moralidad antigua, la de la justicia por bandera. Aquella que predica Eastwood. Pero el detective no quiere líos, odia su trabajo y los terribles frutos de su resultado. Tan solo ansía una familia, con las dos mujeres que ocupan todo el espacio de sus pensamientos. Una vida tranquila, sin excesos. Sin tampoco regalar sonrisas. Pero es por ello por lo que lucha, por esbozar en su gesto un aliento de felicidad. Por esos «momentos felices» en los que cree. No hay nada más justo que lo que uno cree. Areta se niega a predicar desde la ignorancia.

¡Qué grande es (y era) el cine!

Quienes entran al cine de Garci por la silueta oscarizada de su estatuilla, se hayan con una película amable, Volver a empezar (1982), un año después de El crack. Pero en realidad, la gran contribución de la obra se abriga del calor de la chimenea. Albajara y Roxiu rememoran sus recuerdos de juventud. Conversaciones sobre el pasado y el futuro para, tras concebir las consecuencias de la vida en el peso de una carta médico, volver a refugiarse en el apesadumbrado dulzor del pasado, en el glorioso rojiblanco. El escritor, segundos después de metraje, se queda dormido en el escritorio tras citar a Jorge Manrique, explicando que «cualquier tiempo pasado fue mejor».

Es en estos diez, quince minutos es donde reside el testamento cinematográfico de Garci, desde el presente, haciendo películas del pasado para que nosotros, en el futuro, las disfrutemos igual.

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