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El conjuro de Edson Velandia y Adriana Lizcano

Una noche de palabra afilada y música visceral en Sala Villanos

La noche empezaba con un Edson Velandia, guitarra en mano, trenza hacia adelante, plantado en medio de una Sala Villanos completamente silenciosa, expectante. Bastaron unas palabras dirigidas al público para encender la noche. Con una mezcla de ironía, crítica y afecto, habló de Spotify, de grabar con celulares, de la urgencia política. Levantó la voz para decir «Viva Palestina, viva Haití, viva Cuba», y así, con ese filo tan suyo, abrió el concierto con Yo canto en Cuba, provocando los primeros aplausos cargados de espíritu revolucionario.

La noche tomó fuerza rápidamente. Antes de interpretar El ladrón de estrellas, lanzó versos improvisados contra los rateros de frente y ladrones de andén, entre risas y complicidad con el público. Todo era directo, honesto, sin filtros.

Edson Velandia cantando a todo pulmón | Fotografía Paola Gómez Gualteros

Entonces llegó el relato que heló el aire, la historia de Jaime Garzón, quien, al enterarse de que lo iban a matar, decidió enfrentar a quienes lo perseguían. “La palabra sirve para dialogar”, dijo Edson antes de cantar El ninja de Piedecuesta, mientras un leve eco de micrófonos envolvía la sala. Su gargantilla de conchas, típica del Caribe, brilló bajo las luces, marcando un símbolo más de su identidad.

Continuó con Jesús y El Canibal, que levantó al público, corearon, saltaron, se dejaron ir. En medio de la canción, el público le cantó feliz cumpleaños, Edson había cumplido 50 años la noche anterior. Sonrió con sorpresa y gratitud.

Un concierto con lado A y lado B

Entonces invitó al escenario a Adriana Lizcano, cómplice musical que cambió de instrumento en cada tema. Con ella llegaron Arrechas, La putana, Fracking y shopping, La paramera, La guerrillera y Camilo de Chucurí. El dúo respiraba fuerza, resistencia y humor negro. Con tono de sátira cada letra cobrara un sentido y removía toda lucha que evocaba las consecuencias del conflicto armado y el derrochamiento de los recursos naturales.

Adriana Lizcano coreando a viva voz | Fotografía Paola Gómez Gualteros

El viaje continuó con Tierra negra y un interludio instrumental que abrió paso al relato del torero de Duitama antes de Venganza. Siguieron El poeta, PARIENTE: La Circunstancia, El Día de la Mujer Trabajadora, Juvenal y el Candidato, Todo regalao y El infiltrado, tema que desató saltos y una energía que removió la sala entera.

La primera despedida llegó con El amanecer, una canción profunda. Pero el público no lo dejó ir. Volvió una vez más para cerrar con Su madre patria, canción que encendió un pogo espontáneo, liberador, colectivo.

Velandia se fue entre aplausos, sonrisas y un aire de comunión política y musical. Una noche que confirmó, una vez más, que su obra no solo se escucha, se encarna y moviliza todo por dentro.

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