El cineasta adapta por primera vez una de sus propias novelas para retratar en la gran pantalla la soledad del ser humano en una sociedad falsaria y hostil
Del menor de los Trueba, David, uno siempre espera algo más que el simple discurrir de una narración fluida en la pantalla, como si esto no bastara para justificar el precio de la entrada del cine. Su carrera, que también incluye una prolífica trayectoria como escritor y columnista, nos ha habituado a una determinada mirada que, bajo el influjo de sus admirados Éric Rohmer y Woody Allen entre otros, apuesta por la deconstrucción de toda clase de convencionalismos sociales para hallar lo humano que hay en ellos. Como símbolo de esta pretensión queda, sin duda, el cercano profesor de inglés que encarnó Javier Cámara en Vivir es fácil con los ojos cerrados (2013), un tierno homenaje a esa España que el franquismo nos robó, pero también el Eugenio de Saben aquell (2023), certera exploración de las sombras que anidan detrás de la comedia.
En su undécimo largometraje como director, que responde al título de Siempre es invierno, Trueba parte de un material que le es tan propio (se trata de una adaptación de su novela Blitz, publicada en 2015) como ajeno en su faceta de cineasta, pues toda adaptación fílmica conlleva una serie de traiciones al original literario que pueden llegar a convertirlo en una fuente remota de la que se intuye poco en el resultado. En fin, retorcidas consideraciones que bien seguro habrán pasado por la cabeza del autor, quien sentía la necesidad de darle a esta historia una segunda vida en forma de imágenes para deleite de un cine español en tan buena forma que la cosecha de este 2025 amenaza ya con alcanzar la extraordinaria calidad de la del año anterior.

Un hombre perdido en el siglo XXI
Siempre es invierno arranca con la llegada de un arquitecto paisajista español y su novia a una Bélgica fría, nublosa y hostil (disculpen el pleonasmo) para asistir a un congreso donde el primero compite por un premio con el que aspira a resucitar una carrera profesional que ha entrado en vía muerta. Su proyecto, reproducido en una pequeña maqueta acristalada que carga a todas partes, consiste en la construcción de un parque ornamentado con enormes relojes de arena que permitirán a los viandantes reflexionar sobre la fugacidad del tiempo. El concurso, no obstante, pasará a segundo plano cuando su novia lo sustituya por un cantante uruguayo y él se vea abandonado en un país extranjero con la sola compañía de una veterana historiadora del arte. Es ahí donde la película despega y la mirada de Trueba se revela tan certera y evocadora como siempre.
En las peripecias de su protagonista, un David Verdaguer excelso que derrocha magnetismo y sensibilidad, la película retrata una sociedad, la de este aciago siglo XXI, dominada por la impostura y la superficialidad, como si los seres humanos se hubieran resignado a una existencia banal en un decorado de cartón piedra. La frustración del desgraciado arquitecto por no haber logrado vivir de su profesión viene acompañada de la ausencia de ambición para remediarlo, una impotencia que parece surgir de la convicción de que la suerte ya está echada, de que lo que tenga que ser será. En tan desolador panorama surge, como posibilidad de resurrección, no el amor, pero sí algo parecido: el contacto, el vínculo humano, el saberse parte de algo que endulza los días amargos y despeja los cielos grises.
Siempre es invierno no es una película perfecta (demasiado dispersa, quizás; puede que no tan profunda como su director querría), pero tampoco la vida lo es y hay aquí una vocación realista que solo entiende de matices y sutilezas. Bendita sea, pues, la mirada de quien nos hace ver el mundo de esta manera.

Isabelle Renauld, un gran redescubrimiento

En la presentación de la película en los Cines Renoir Princesa de Madrid, la actriz francesa Isabelle Renauld, que interpreta a Olga, la veterana historiadora del arte, dedicó unos minutos a charlar con El Generacional. La intérprete, todo encanto y simpatía, destacó que, para su personaje, tal y como dice en el filme, «sin amor siempre es invierno, pero yo pienso en todas las formas de amor: a la vida, a los hijos… Ella (su personaje) ama los paisajes, el mar… Es lo contrario de Miguel (David Verdaguer), que odia tantas cosas».
A raíz de esto, a la pregunta sobre qué debemos hacer los ciudadanos ante el terrible panorama que nos acecha, Renauld se confiesa perpleja: «Soy quizás muy vieja, pero no comprendo el mundo actual. No soy pesimista, pero la situación es trágica. Por eso creo que la película de David (Trueba) es un respiro, un espacio para la comprensión».

