Un testimonio para cambiar la vergüenza de bando
La francesa Gisèle Pelicot publica Un himno a la vida, unas memorias en las que relata cómo vivió uno de los casos más mediáticos de los últimos años. En el libro reconstruye el largo proceso judicial que siguió a la revelación de los abusos que sufrió por parte de su marido durante una década.
El caso
El 30 de septiembre de 2021 algunos medios comenzaron a hacerse eco del caso conocido como “las violaciones de Mazan”, ocurrido en un pueblo francés. En los artículos se explicaba que más de cuarenta hombres habían sido detenidos por violar a una mujer durante una década.
Los hechos tuvieron lugar con la participación del marido de la víctima, que le suministraba ansiolíticos con el fin de dejarla inconsciente para estos encuentros, organizados a través de un foro sexual en internet. El marido drogaba a su mujer horas antes de la cita y se encargaba de preparar minuciosamente todos los detalles previos a la visita. Además, durante las violaciones, el marido se encargaba de grabar cada uno de los encuentros sexuales con el propósito de excitarse después.
El caso salió a la luz tras la detención del marido, ya que un guardia le sorprendió grabando a mujeres por debajo de la falda. A raíz de esa detención, la policía incautó su ordenador portátil. En el dispositivo, la policía local encontró una carpeta titulada “abuso”, donde el hombre almacenaba vídeos y fotografías de cada una de las violaciones acontecidas durante los diez años que ofreció a su esposa en el foro sexual.
Atrás queda la anonimización
Al principio, los nombres de los protagonistas del caso fueron anonimizados. Algunos medios aludían a la víctima como nombres ficticios, decididos por la misma, como Marie o Françoise P. Sin embargo, con el paso de los meses, toda la historia adquiere una gran repercusión mediática y comienza a hacerse público el nombre de algunas de las personas implicadas, entre ellos el de la víctima, Gisèle Pelicot.
A la publicación de su nombre le sigue un intenso escrutinio público, la disección de su vida personal antes de los sucesos acontecidos. La prensa no tardó en hacerse eco de la situación económica de la pareja. Gisèle y Dominique Pelicot habían estado casados durante cincuenta años y, pese a algunos altibajos, se consideraban un matrimonio corriente. Nunca habían gozado de una situación financiera especialmente holgada, pero creían haber conseguido una estabilidad tras jubilarse a principios de la década pasada cuando decidieron mudarse a Mazan, una localidad francesa al sureste del país.
La vergüenza debe cambiar de bando
El caso se convirtió en uno de los más mediáticos de los últimos años. El nombre de Gisèle Pelicot apareció en multitud de medios y el seguimiento del juicio fue continuo. Además de destacar por la gravedad de los hechos, una mujer abusada por su propio marido y desconocidos durante diez años, el caso también resaltó por una decisión que tomó Gisèle Pelicot que cambió por completo el rumbo de los acontecimientos.
La frase «la vergüenza debe cambiar de bando» transformó al completo la percepción tradicional de los juicios, normalmente celebrados a puerta cerrada con la intención de proteger a la víctima. Gisèle decidió hacer público el proceso, exponiéndose al impacto mediático que implicaba, pero con un objetivo claro: trasladar la vergüenza a los agresores, quienes realmente deben sentirse de esa manera. De esta forma evitó que ellos quedasen impunes y se evidenció que todos aquellos que habían cometido abusos eran “hombres normales”, con profesiones corrientes esposas e hijos, pero que a pesar de su apariencia cotidiana, habían cometido un delito grave.
La resolución del juicio
La resolución del juicio, que se prolongó alrededor de tres años, llegó el 19 de diciembre de 2024 y concluyó en una condena de veinte años de prisión para Dominique Pelicot, la pena máxima para esos delitos en Francia. En total fueron 51 hombres declarados culpables de violación o agresión sexual.
Las grabaciones incautadas permitieron demostrar cada uno de los abusos e identificar a muchos de los involucrados, la mayoría residentes en localidades colindantes. No obstante, no se consiguió identificar al completo a todos los involucrados, y las penas impuestas oscilaban entre 3 y 15 años de cárcel, dependiendo de la implicación de cada uno.
Durante el juicio, muchos de los acusados alegaron que ella era consciente y consentidora de cada uno de los actos, intentando minimizar su participación. En el libro reflexiona sobre todos esos momentos, evidenciando la vulnerabilidad de la víctima en momentos en los que se cuestionan sus palabras, y mostrando el impacto emocional de enfrentar un juicio de tal magnitud.

Escribir los hechos
Tras el juicio, Gisèle Pelicot decide escribir un libro con la ayuda de la periodista francesa Judith Perrignon. La premisa es clara: narrar los hechos tal y como ocurrieron. A lo largo de toda la historia, realiza un gran ejercicio de sinceridad recuperando muchos episodios de su vida, algunos de ellos especialmente oscuros, pero que ayudan a entender qué le ha traído al momento actual.
La narración se alterna entre el día que descubrió los abusos a los que había sido sometida por su marido, cuando el suboficial Perret pidió que se reuniese con él; y el recorrido cronológico por su vida, narrando su historia niñez, juventud, matrimonio y aparente normalidad familiar que reinaba antes del descubrimiento.
No deja de ser un ejercicio catártico en el que se aprecia cómo la narradora, Gisèle, empieza con una actitud y concluye con otra, fruto del proceso recorrido durante el tiempo que redactó cada uno de los capítulos. Entre las páginas aborda multitud de temas que fueron ampliamente comentados públicamente y que ella matiza acertadamente y con sensibilidad.
La reflexión continua sobre lo ocurrido
Explica su relación con Caroline, su hija, quien también escribió un libro narrando su experiencia en relación al caso, y pudo ser víctima de los abusos de Dominique Pelicot. Durante la investigación, se encontraron fotografías en las que aparecía semidesnuda en el disco duro, además de instantáneas de las esposas de los dos hijos del matrimonio, capturadas a través de un dispositivo escondido en el baño mientras que las mujeres se duchaban.
En el relato se hace evidente el sentimiento de culpa por no haber podido percatarse antes de los hechos. Debido a la sumisión química a la que fue sometida, olvidaba muchos detalles de su propia vida y, aunque visitaba a especialistas, no lograban determinar el motivo de las pérdidas de memoria. Acabó pensando que los síntomas podrían tener vinculación con un tumor cerebral, como el que había padecido su madre, pensando que estaría desarrollando síntomas parecidos.
El himno a la vida de Gisèle
Nunca deja de ser un himno a la vida, tal y como el título del libro indica. Hay espacio tanto para las emociones positivas como para la recuperación tras un evento traumático. En el libro, Gisèle también habla de su pareja, que conoció durante el proceso judicial, y se muestra agradecida por el apoyo recibido, que le ayudó a seguir adelante en momentos de dificultad.
A pesar de las enormes dificultades, Gisèle encontró la entereza necesaria para poder afrontar su situación. Se sometió a terapia profesional con el fin de procesar emociones y aprender a sobrellevar el trauma de manera consciente. Con su testimonio, ha propuesto un nuevo enfoque frente a casos de abuso, buscando que no sea la vergüenza aquello que define a la víctima, sino que la responsabilidad sea de los agresores.
El relato no deja de ser una demostración de la fuerza vital de una mujer que decide expresar cómo se ha sentido durante el proceso. Durante la narración, el lector observa cómo impera la fuerza vital sobre la adversidad, cómo consigue encontrar fortaleza para afrontar un hecho traumático y con ello ayudar a personas que se puedan encontrar en situaciones similares.

La gira promocional
Durante la gira de promoción de la novela, Gisèle Pelicot ha recorrido puntos de la geografía española. El pasado 2 de marzo presentó para los lectores españoles en el Instituto Francés en España el libro. Estuvo acompañada por la periodista Montserrat Domínguez y la actriz Blanca Portillo, quien narró y leyó algunos fragmentos. Asistieron más de 300 personas al acto, en el que habló abiertamente de su historia e invitó a todas las víctimas a no sentir vergüenza. Ya no hablaba desde la sensación de sentirse víctima, ahora considera que es el momento de ayudar a otras personas que hayan sentido violencia sexual a no callar.
Asimismo, un día más tarde el presidente del gobierno, Pedro Sánchez, le hizo entrega de la Encomienda de la Orden del Mérito Civil, una condecoración al mérito por su firmeza al denunciar un caso de violencia sexual, y ayudar a concienciar socialmente.


