La filósofa Silvia Bardelás publica el ensayo Una conciencia nueva. La urgente pregunta de quiénes somos en la que subraya una de las cuestiones claves de nuestro tiempo
Esta primavera se cumplen seis años del confinamiento por la crisis del Covid 19. Quién nos iba a decir que ese iba a ser el principio de una serie de eventos históricos que poca o ninguna gracia nos ha hecho tener que vivir. Volcanes, la DANA, nieve, muchísima lluvia, muchísimo calor, la crisis de la vivienda. Guerras en la otra punta del planeta y al otro lado de la esquina, porque quien piense que esos conflictos no nos afectan, no puede estar más equivocado.
Esa soledad, ese individualismo que nos susurra que todo está al alcance de la mano pero que nada es suficiente, se contradice con todos los fuegos que nos quedan por apagar. Y qué hartanza y cuánta rabia. ¿Cuál es el sentido de este sinsentido?
El regreso de Bardelás a las librerías
Bardelás se pregunta por esa sensación de estar desconectados en este mundo que nunca duerme y en el que todo pasa al mismo tiempo. «La desconexión por un exceso de abstracción es uno de los problemas básicos de los que nos está ocurriendo». Bueno, creo que en el fondo ya lo sabíamos. Quizá sea verdad eso de que usar tanto el móvil no podía traer nada bueno. Ojalá que al apagar la pantalla se pudiese apagar el ruido. Pero no podemos ser tan ingenuos.
¿Cuál es el mal de nuestro tiempo? ¿Cómo se cura esta soledad que se nos ha quedado pegada en la ropa, que nos acompaña en el metro, que se instala en los vacíos y en el nombre de los vecinos con los que hemos crecido, pero que no conocemos?
Bardelás lo tiene tan claro que parece fácil: «La revolución en el siglo XXI, el gran cambio, sólo puede hacerse desde una nueva perspectiva, una conciencia nueva, una forma de percibirnos y percibir el mundo que nos obligue a reorientar la sociedad hacia un organismo que se reconozca a sí mismo como nosotros, en construcción».
Cerrado por reformas
El alegato de la filósofa va directo a la raíz del problema: estamos llegando al límite porque hemos olvidado la pregunta más básica de todas, la definición de lo que es la identidad. De nada sirve preguntarse quién soy si no nos preguntamos quiénes somos. Una de las claves para poder encontrar la respuesta reside en su reformulación. Tenemos que pensar de forma colectiva, volver al origen y asentar las bases que se han desgastado con el paso de los siglos.
Sabemos que somos seres sociales. Ese enunciado ya lo tenemos requetedigerido desde Aristóteles. Lo sabemos y, sin embargo, qué envidia daban nuestras abuelas cuando tomaban el sol con sus vecinas, sentadas sobre sus sillas de enea, pelando judías y hablando, a veces solo por hablar. Tampoco hace falta romantizar esos rayitos de luz. Basta con recordar el caos divertido del apagón de abril del año pasado y el cómo las radios se compartieron de mano en mano, la música rebotó en los altavoces para todos y las risas y los bailes recorrieron los parques. Basta que todo pare para volver a ser una comunidad. Hay esperanza.
El vacío en los medios
Bardelás señala sin reparos algunas de las dimensiones que han sido afectadas por la crisis de la posmodernidad -si es que acaso alguna se ha librado de este malestar colectivo-. El periodismo tampoco parece salvarse, sostiene Bardelás. Aquí reconozco que tocó hacer un poco de autocrítica. ¿Para quién escribimos o a quién nos debemos los profesionales de la información?
Creo que cualquier estudiante de cualquier facultad de Periodismo sabría contestar a esta cuestión como un resorte. Pero algo estamos haciendo mal si estamos asistiendo a una crisis de confianza nunca antes vista. Para la autora, hemos perdido la autoritas: «El periodismo debería estar legitimado por nuestra comunidad. La forma de legitimarlo es obligarlo a responder a nuestras necesidades de conocimiento». Tenemos que buscar mejores preguntas.
Literatura superflua
También la ciencia o la literatura son canales de este sinsentido. Bardelás señala, por ejemplo, el problema de los héroes de la novela. Para esta autora, el género de la novela permite crear una experiencia para ser vivida, es decir, conocer la vida de un personaje en otra dimensión. En la misma línea, Hannah Arendt decía que la novela «es la única forma de arte por completo social».
Pero con el posmodernismo el absurdo se instauró como un jarro de agua fría que, en lugar de tener como objetivo lanzar un mensaje crítico contra la estructura de poder (como ya vimos en las Vanguardias del siglo XX), ahora es el vacío por el vacío. Atendemos a personajes tan difuminados que no parecen reales. El problema es que no sabemos dónde guardar esa sensación.
«La sensación de irrealidad que producen esos personajes ya sin alma a disposición de un mundo absurdo es exactamente la sensación que produce nuestro mundo», escribe Bardelás. En este cansancio que ya no nos cabe en las manos, la sociedad del consumo nos ha dejado un mundo consumido.
En contra de la desazón
Pero hay fugas. Estamos esperando pacientemente a que llegue la oportunidad para saltarnos las reglas. Es posible y podemos crear barrio, reforzar lazos, construir nuestra existencia por y con todos nuestros compañeros. Lo encontramos en las librerías que se llenan de sonrisas entusiasmadas al oxigenarse con sus autores favoritos. En los deportes en equipo. En nuestros amigos. En los clubes de lectura para gente joven. En la vida que nos queda por delante frente al caos que se nos echa encima, porque podremos sobrevivir y, ya de paso, vivir en el intento.
Existo porque me reconocen. Reconozco porque vivo en sociedad. Y no hay ninguna máquina e inteligencia artificial que nos pueda quitar eso.


