Tras años sin publicar un proyecto de larga duración en solitario, Charlie Hijos Bastardos regresa con Shortcuts
Su nuevo trabajo que llega después de haber dedicado gran parte de su tiempo a extender su sello bastardo entre nuevas y viejas caras.
Lo cierto es que no estoy seguro de que deba hacer esto. Estamos hablando de un artista que ha conseguido dejar marca, pavimentar el camino para que otros caminen, influir en toda una escuela que, incluso a día de hoy, se encuentra más presente que nunca. Y no solo una escuela: una forma única y autóctona de hacer las cosas.
Si hablamos de merecer…
Pero, a pesar de ello, no hay nadie como él. Alguien capaz de renunciar absolutamente a todo: al reconocimiento, a la jubilosa mirada del público, al brillo de la moneda por encima del de la inocencia. Alguien que decidió refugiarse tras una máscara intangible que solo te concede el más absoluto anonimato.
Y es por eso que encuentro paradójico que, como periodistas, hablemos de Charlie. Porque siempre permaneció respaldado por la incógnita, perteneciente a las cloacas, a esas calles a las que no llegan los halos de luz, donde todo es realismo: oscuro, costumbrista.
Sin embargo, en sus letras ese mismo mundo se retrata con cierta gracia, lleno de analogías a corsarios, realeza o incluso divinidades.
“AUNQUE BEBEN DE MIS ESTIGMAS CADA VEZ QUE SANGRO”
Pero si por algo merece la pena levantar la atención y redirigir los focos sobre esta última etapa del madrileño, es precisamente por eso: por su aroma definitivo. Es esa autenticidad que solo te da el tiempo. Quizá podría haber vuelto simplemente para recoger los royalties. Pero no. Al contrario: el de San Blas regresa para recordar esos momentos en los que el sol brillaba, e inmortalizar aquellos días en que la luz conseguía colarse por algunos de estos callejones.
Y lo hace colaborando con las mismas personas con las que creció: Nasta, La Clave, Chaman, Kamus, Flavia, Rams, etc. («no hablo de Plauto y Petrarca, hablo de Zoide y Petaka»), y con una autoconciencia casi brutal: la de saber que nada de lo que publicara después de los veinte años superaría lo anterior.
«ya había escrito lo mejor de mi carrera cuando cumplí veinte«
“Un mundo de ocio”, “XL a la sombra”, etc., son la viva imagen del poder que solo te da el hambre: el hambre por ganarte el respeto de los mayores, por eternizar esos momentos y por dejar un legado imperecedero en el ADN del rap madrileño.
Top tracks (sin orden): Memories 1999_2007, Youth y Crew de Mancos/Juicio.
El descrédito del triunfo
Porque el “triunfo” quizá no signifique nada cuando el podio está amañado. Pero el prestigio, eso es algo que no te lo dará ningún podio, ninguna lista adulterada con interacciones autómatas, ningún premio creado por pseudodivulgadores musicales. («Esos niños encadenaos’ al adelanto, se creen tanto, están nadando en fango y engañando a su fandom») El prestigio es algo que solo se consigue con el tiempo.
Y quizá ahí es donde cobra verdadero sentido el título de este último trabajo. Shortcuts. Atajos. Porque, paradójicamente, Charlie nunca creyó en ellos. Su trayectoria siempre fue la del camino largo y zigzagueante («porque el camino más corto no siempre es la recta»).
El anonimato voluntario, la renuncia a la exposición, la fidelidad a los suyos y a un código que rara vez sobrevivía más allá de los barrios donde nació. Sin embargo, es precisamente esa forma de hacerlo todo más difícil la que, con los años, ha terminado funcionando como un atajo. Un atajo hacia la autenticidad.
Porque en un contexto donde muchos buscan fórmulas, visibilidad o validación inmediata, el autenticismo, el carisma barriero y la unión entre iguales se convierten en los verdaderos puntos de acceso a esos caminos. No hay marketing capaz de reproducirlo, ni algoritmo que lo fabrique. Solo tiempo, memoria y respeto.


