Un momento de desahogo y resistencia a manos de La Muchacha
En un espacio íntimo pero cargado de resonancia política, La Muchacha tomó la Sala Villanos de Madrid el pasado 25 de abril como si fuera una plaza pública. Su participación en el IberoExperia Sessions 2026 no fue simplemente un concierto, fue un acto de memoria, denuncia y resistencia. Desde el primer acorde, acompañada del colombiano Miguel Velazquez Matijasevic quedó claro que sería una noche para alzar la voz y sacarlo todo.
Relatora de luchas y territorios que gritan
Cada canción se desplegó como una crónica cantada. Las letras, lejos de la metáfora evasiva, apuntaron directamente a las heridas abiertas de Colombia, la violencia estructural, el abandono estatal y la desigualdad que persiste en los territorios. Pero el discurso no se quedó en lo local. En varios momentos, su voz se entrelazó con referencias al conflicto en Palestina, ampliando el alcance de su mensaje hacia una solidaridad global que rechaza las fronteras cuando se trata de denunciar la injusticia.

Ese posicionamiento no se limita al escenario. En coherencia con su discurso, La Muchacha ha decidido apartarse de Spotify, en una lectura política que conecta su obra con el rechazo a plataformas cuestionadas por su relación con economías que sostienen la violencia y la ocupación en Palestina. Ese gesto no es un detalle menor, también es una forma de trasladar el activismo a las condiciones materiales de circulación de su música.
Una propuesta que se aleja de lo complaciente
Hablar de canto de protesta en su caso puede quedarse corto. Lo que propone La Muchacha es un canto casi periodístico, una forma de narrar el presente desde la música, donde cada interpretación funciona como un testimonio vivo. Se aleja de lo complaciente para situarse en un terreno incómodo pero necesario. Sus canciones no solo denuncian; también preguntan, incomodan y obligan a escuchar desde otro lugar. En tiempos donde la sobreinformación diluye el impacto de las noticias, su voz recupera la capacidad de conmover y de hacer visible lo que muchos prefieren ignorar.

Ese gesto cobra todavía más fuerza en el contexto colombiano actual. La JEP elevó recientemente a 7.837 la cifra de víctimas de ejecuciones extrajudiciales conocidas como falsos positivos, una actualización que vuelve a poner en el centro la magnitud de un crimen de Estado que no puede ser reducido al pasado ni convertido en consigna vacía. Esta revelación no solo reabre heridas, también interpela el presente político, porque las elecciones que se avecinan en Colombia exigirán memoria, verdad y una defensa activa de las víctimas frente a cualquier intento de borrón y cuenta nueva.
Latinoamérica presente desde el otro lado del mundo
El público, diverso y atento, no respondió con euforia superficial sino con una escucha casi reverencial. Hubo silencios densos, aplausos contenidos y momentos de complicidad colectiva. Porque lo que se vivió en la Sala Villanos no fue un espectáculo más, sino un recordatorio de que el arte, cuando se asume con responsabilidad, puede ser también una forma de resistencia activa.

La Muchacha logró en tierra de migrantes, remover y acercar el territorio, hacer sentir que las luchas que canta son de todas y todos. Que la violencia, aunque tenga acentos distintos, comparte raíces. Y que la música, cuando se convierte en denuncia, puede atravesar cualquier frontera.


