En la última novela del autor irlandés, Venecia atrapa al escritor Evelyn Dolman en una red de confusiones, engaños y visiones
Alfaguara ha publicado en España Nocturno de Venecia, el nuevo libro del novelista John Banville. El escritor irlandés propone un misterio que se desenvuelve lentamente, narrado desde la perspectiva claustrofóbica de Evelyn Dolman, escritor paranoico, desesperado y desesperante a partes iguales.
Hacia el último tercio de Nocturno de Venecia, su protagonista, Evelyn Dolman, escribe: «Temía que Venecia fuera mi ruina. Temía mi perdición, sí, pero a una parte de mí le entusiasmaba secretamente la perspectiva«. La nueva novela de John Banville bien podría condensarse en esta idea central: el desdoblamiento entre aquello que su protagonista cree que es y el hombre que realmente se revela al lector.
Evelyn Dolman es un tipo desagradable: es machista, arrogante y presuntuoso, entre otras cosas. De vez en cuando parece consciente de ello, aunque no tarda en urdir alguna floritura estilística con la que intenta convencer al lector de que es una pobre víctima de sus circunstancias. Su insistencia en presentarse a sí mismo como un «peón» en un juego del que solo es un participante involuntario no engaña a nadie.
Banville no tiene piedad por su protagonista. Conforme avanza Nocturno en Venecia, va afinándose también el retrato psicológico, no muy favorecedor, de un hombre dividido entre dos mundos.
Por un lado está la vida normal, delimitada por el puritanismo y las normas del decoro y la decencia, junto a su esposa Laura Rensselaer, la hija desheredada de un magnate del petróleo con la que viaja de luna de miel a Venecia.
Por otro, el reverso de la existencia que Dolman considera «abyecto» pero que es, en realidad, objeto de sus más íntimas fantasías. Este último se identifica simbólicamente con la ciudad de los canales.
Pronto se hace evidente que Dolman está incómodo tanto a un lado de la vida como al otro, y que es, en cualquier caso, un hipócrita (al más puro estilo victoriano).
Un juego metaliterario
La obra de Banville se desarrolla en los primeros meses del siglo XX, y comienza una imagen extraída de un sueño: «Crepúsculo, una habitación desierta, un retazo de seda negra sobre una mesa de mármol, aguas que se oscurecen más allá».
Desde este momento, la novela propone un viaje circular al lector. La fotografía onírica es el presagio de una desgracia cuya naturaleza aún no está clara, pero que irá estrechándose poco a poco sobre Evelyn Dolman.
Sabemos desde el principio que Dolman no saldrá bien parado de los eventos narrados en Nocturno de Venecia. Él mismo nos lo cuenta en primera persona. La intriga de la novela reside así en saber cómo se desarrollará exactamente el infortunio del escritor.
Banville no tiene prisa en desvelar el misterio. Nocturno de Venecia no tiene el ritmo de un thriller, se despliega con lentitud. El autor va sembrando sibilinamente las trampas en las que cae Dolman.
El protagonista permanece suspicaz, paranoico, convencido de estar dirigiéndose a una «caída en picado». También es, pese a todo, cómplice y artífice de su propia tragedia, y así es evidente para el lector, pese al victimismo del escritor.
Así, la resolución, si bien del todo previsible, resulta satisfactoria. Lo importante, más que la solución del enigma, es la exploración de perspectiva de Dolman a lo largo de la obra.
Que Nocturno de Venecia se presente como un manuscrito obra de su protagonista para tratar de justificarse o victimizarse dota a la novela de una dimensión muy interesante como ejercicio metaliterario. ¿Qué revela Dolman de sí mismo (muy a su pesar) a través del modo en que intenta hacerse comprender y compadecer por el lector?
Dolman, como el propio Banville, explicita sus referencias como escritor: «los Henry James, las George Eliot, los Conrad y los Hardy los Ford Madox Ford». Precisamente es de Henry James, con sus inquietantes novelas de corte psicológico, de quien más bebe Nocturno de Venecia.
Un juego, también, de espejos
En Nocturno de Venecia se pasean muchos otros personajes de moralidad gris que parecen participar de una broma de la que Dolman no está enterado. Entre estos destacan Laura, a un tiempo la esposa del escritor y el mayor interrogante de la novela, y los enigmáticos gemelos Freddie FitzHerbert y Cesca Ransome.
Todos los personajes que constituyen las piezas del misterio de Nocturno de Venecia también forman parte de un juego de espejos meticulosamente diseñado por Banville. Un juego en que se confunden unas y otras identidades, el pasado y el presente, los sueños y la realidad, los vivos y los fantasmas.
Para Dolman, que adolece de una narcisista falta de curiosidad por el mundo y sus habitantes, Venecia es un lugar sucio, indecente, elaborado solo para confundirlo. «Todo era culpa de Venecia, la ciudad de las luces rasantes, los reflejos deformantes, las sombras amenazadoras«, describe.
El agua de los canales devuelve a Dolman una imagen de sí mismo que lo desagrada, despojada de toda apariencia de pulcritud moral. La Venecia de la novela de Banville, envolvente y amenazadora, es un producto de la imaginación, la culpa y la paranoia persecutoria de su protagonista.
En Nocturno de Venecia, Banville vuelve a hacer uso de sus herramientas más eficaces: un misterio, una prosa de frases cuidadas y calculadas hasta el extremo e imágenes sugerentes, medio en sombras, y el perfil psicológico minuciosamente trazado de un narrador poco fiable. El resultado es una novela que, tras su planteamiento, se mantiene intrigante hasta el final, y que cobra especial fuerza en su segunda mitad.


