El debut de Laia Viñas hace un recorrido sensible a través de los recuerdos, los espacios y las heridas de una familia
Las cáscaras (Altamarea, 2026) es una novela silenciosa. Sucede a menudo que sus personajes quieren decir algo, pero callan, o que esperan mucho tiempo, años, a que se les diga algo que no llega. El silencio, como el dolor que permea la novela, es hereditario, intravenoso, incómodo; es el recipiente en el que habita la memoria de toda una familia (e incluso yendo más allá, la de una clase y una forma de vida). Y, cuando el silencio se rompe, el lenguaje surte a borbotones, rebosa como una corriente, hasta que el cuerpo se queda «limpio por dentro».
Así se da en la obra de Laia Viñas (Xerta, 1997) el primer encuentro entre Arnau, protagonista de la novela, y su hija Aurora, tras años sin verse: «Padre e hija caminaban en silencio, procurando no hacer ruido ni moverse para no molestarse. (…) Arnau pensó que sí era hija suya, porque él tampoco sentía nada en aquel momento, ni felicidad ni euforia ni añoranza de todo aquello que ya había perdido». De su hija no reconoce, en un primer momento, ni las piernas, ni la cara ni el pelo, sino el vacío familiar, vacío de roces y de palabras.
La novela de Viñas es una obra fragmentada, como solo puede serlo una semblanza de vida que tenga cierta pretensión de verosimilitud, y puede resultar confusa si se busca trazar a través de ella una línea recta; tiene más bien forma de espiral. Salta entre episodios y escenas de las vidas de un amplio elenco de personajes, dibuja hilos, nudos y reflejos entre pasado y presente. También oscila entre perspectivas, de madres a hijos, de hijas a padres, de la narración omnisciente al diario personal. Sin embargo, todo el conjunto, con sus idas y venidas, tiene como corazón a Arnau y Aurora y ronda alrededor de una pregunta: ¿qué hacer con esta vida, con esta herencia, este origen que nos ha sido dado?
El influjo del Baix Ebre
Es un logro admirable transmitir, como lo hace Viñas en esta novela, el misterio que son los padres y las madres para sus hijos y los hijos para sus padres. La conexión entre los miembros de una misma familia, arbitraria pero visceral, en la que los propios personajes no parecen estar muy seguros de cómo desenvolverse, se expresa en Las cáscaras de un modo tan poético como la existente entre esos mismos personajes y los lugares en los que viven.
Los más presentes en la obra son el Delta del Ebro, del que Viñas es originaria, y, por supuesto, Barcelona, donde Arnau y Aurora se reencuentran años después de su extrañamiento y aprenden a existir el uno junto al otro. El entorno, marcado a su vez por la historia (la guerra y la posguerra), atraviesa a la familia, retuerce sus cuerpos y determina sus duras condiciones de vida. Entre los personajes hay una relación tan carnal (en ocasiones hermosa, y en otras, violenta) como la que tienen con el mar, los arrozales y los árboles frutales del Baix Ebre. «Volver al lugar del que provienes», piensa Andreu, el hermano mayor de Arnau, «debe ser un alivio, como un suspiro». Pero nunca es tan sencillo.
Un lenguaje sensorial y expresivo
El lenguaje de Viñas en Las cáscaras es atento, luminoso, táctil, y se detiene sobre pistas y huellas: los olores, las texturas, las manchas, los geranios, los dulces, los acentos, los detalles que por sí solos no significarían nada, pero que dotan de nitidez a la memoria. Aparecen dogmas inocentes frente a la vida y la muerte, y las rutinas y creencias que hacen habitables o comprensibles los afectos, las pérdidas y las crueldades cotidianas («quizás la madre era como un geranio que se había quedado sin agua y luz, y tenía que revivir»).
Es un logro, también, que en una novela de personajes herméticos los unos para los otros y prosa de intensidad casi siempre contenida, la narración no resulte fría, sino expresiva, colorida. Sus imágenes son vívidas y directas, y quizás precisamente gracias a su concisión y su (solo aparente) sencillez resultan efectivas, sinceras, creíbles. En este sentido y en lo que a estilo e inquietudes literarias respecta, Viñas es explícita en sus referentes, a saber, Mercè Rodoreda y Montserrat Roig.
Ambas autoras son mencionadas también en la contraportada de la cuidada edición de Las cáscaras de Altamarea, que ha publicado la traducción al castellano, ejecutada por Gala Sicart Olavide, de la obra de Viñas. La novela se publicó originalmente como Les closques en 2021, de la mano de L’Altra Editorial, que la galardonó ex aequo con el Premio Documenta 2020 (que ganó también ese mismo año Irene Pujadas, y, en su momento, Irene Solà).
Por aquel entonces, Viñas tenía 23 años. En 2021, decía en una entrevista para Núvol: «La edad no te debería impedir escribir lo que te dé la gana». De esta actitud nace una novela audaz en la que trasluce el interés de Viñas por las vidas de los habitantes de su Baix Ebre natal, que abordaría otra vez desde un ángulo novedoso en Aquí baix (L’Altra Editorial, 2024) (también traducida al castellano por Gala Sicart Olavide, y editada por Colectivo Bruxista).


