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María Negroni: «Para que la inteligencia artificial pudiera reemplazar al arte, tendría que experimentar la muerte»

Acantilado ha editado Elegía Joseph Cornell, obra en la que María Negroni explora la figura del artista neoyorkino y su visión afín del arte

La editorial Acantilado ha publicado ya dos obras de María Negroni: La idea natural y, más recientemente, Elegía Joseph Cornell. La autora y traductora argentina, que ha cultivado la poesía y el ensayo, siempre circulando sobre los límites entre géneros literarios, ha recibido numerosas distinciones y dirige actualmente la Maestría en Escritura Creativa de la UNTREF en Buenos Aires.

Elegía Joseph Cornell es una obra que se resiste a ser clasificada. Negroni aborda la figura del artista y su producción desde distintas propuestas de experimentación formal, combinando, a modo de collage poético, diferentes perspectivas, fragmentos biográficos, caligramas, dibujos o citas, entre otros. El conjunto conforma un misterioso puzle que logra expresar, a través de sus juegos con el lenguaje y su forma, la fascinación de Negroni por la obra de Cornell, las construcciones de la imaginación y las imágenes de la infancia.

He conversado con la escritora acerca de su identificación con Joseph Cornell y de su concepción del arte y la poesía como medios para iluminar los grandes misterios de la experiencia humana y para subvertir el discurso del poder.

«El lenguaje no alcanza»

Pregunta: En Elegía Joseph Cornell da varias acepciones para el término homebody. Una de ellas es «en arte, alguien que no alguien que no pertenece a ninguna facción, que detesta las clasificaciones». ¿Se siente identificada?

Respuesta: Sí, claro. Todo el libro es muy autorreferencial; me identifico con Cornell en muchos sentidos, me encanta su figura de artista.

P: Comparten muchos intereses: la infancia, los sueños, el arte fragmentado.

R: Exacto. En primer lugar, él es un flâneur, una especie de Baudelaire del siglo XX, que se pasea y se pierde por la ciudad de Nueva York en busca de los objetos que pondrá en sus cajas. Es un enamorado de la ciudad, fascinado por la ciudad. Yo viví allí veinticinco años, o sea que compartí esa fascinación muchísimo tiempo.

P: Otra de las definiciones que da es «alguien que hace de lo inconseguible su pasión más pura». En el prólogo también se refiere a Cornell como un «detective abocado a lo insoluble». ¿Qué cree que es aquello que el arte pretende conseguir o resolver?

R: El arte siempre va en pos de tratar de aclarar un enigma que es, por definición, indescifrable. La poesía también; cada expresión artística lo hace por un medio diferente. Si nos ponemos en la literatura, que es lo que yo hago, con las palabras uno siempre va atrás de querer captar algo que el lenguaje no alcanza. Es una especie de batalla perdida de antemano porque las grandes preguntas de la existencia, como ¿por qué nos vamos a morir?, ¿por qué la impermanencia de todo?, ¿cuál es el origen?, no tienen respuesta en realidad.

De alguna manera, en la creación se produce una fidelidad, una lealdad hacia algo que es inconseguible. Hay algo muy hermoso en eso: es una apuesta por algo que se sabe que va a fracasar. Pero, como en el poema de Cavafis, «lo importante no es Ítaca». Ítaca te da el viaje: del fracaso se extrae también una ganancia, la de haber descendido a lo más profundo de nosotros mismos para tratar de poner más luz en el mundo.

P: ¿Y por qué escoge la poesía, y no otro medio, para aproximarse a eso que está en lo profundo de uno mismo?

R: A mí siempre me encantó la literatura. En primer lugar, me defino como lectora; para mí, leer es uno de los gozos más enormes. Hay libros que termino de leer y siento un profundo agradecimiento hacia quien los escribió porque me ha permitido imaginar, sentir cosas que no estaban en mi radar. En general nos movemos en un mundo donde lo que se nos dice y lo que leemos y vemos en televisión se mueve en el territorio de lo consabido, el cliché, es un aburrimiento total donde no pasa nada.

En la literatura, y sobre todo en la poesía, el lenguaje se pone en tensión; es el grado más alto de conciencia del lenguaje, y hace emerger las cosas que no están en el mundo cotidiano. Creo que no elegí la poesía, sino que en todo caso la escritura me escogió a mí. Es algo que me gusta hacer, me fascina. Me parece que tengo una habilidad mayor para ello que para otra cosa; si no, hubiera sido compositora o cineasta.

«Todo el arte tiene un objetivo común, todos estamos lidiando con lo mismo»

P: Aunque su vocación sea la escritura, también se ve inspirada por otros medios de expresión artística, como el cine o el arte plástico de Cornell.

R: Sí, y de hecho tengo un libro llamado Objeto Satie, sobre el compositor Erik Satie. Eso viene de que soy una profunda convencida de que las artes dialogan entre sí, y no solo yo, sino también los griegos; ellos hablaban de un «coloquio de las artes». No puedes tener un artista visual que no sea lector a la vez, o que no entienda nada de música. Las artes son muy inspiradoras. Mirar un cuadro, escuchar una ópera o una sinfonía… Todo está en relación con todo porque el arte tiene un objetivo común, todos estamos lidiando con lo mismo, con ese enigma del que hablábamos.

P: En una parte de Elegía Joseph Cornell dice que el collage es la innovación en arte más importante del siglo XX porque logra «abolir la separación entre el arte y la vida». Supongo que eso se da en todas las artes, no solamente en la poesía o en las cajas de Cornell.

R: Ese es uno de los dilemas más difíciles de resolver: ¿cuál es la relación entre el arte y la vida? No es fácilmente resoluble. ¿Cómo transformar la vida en arte y qué es lo que del arte puede influir en la vida?

P: ¿Cree que del mismo modo en que es posible acercarse a la vida desde el arte puede haber un modo de vivir artística o poéticamente?

R: Bueno, eso es lo que decían los surrealistas. Había un poeta que se iba a dormir y ponía un cartelito en su puerta que decía: «Poeta trabajando». El ideal sería que todo fuera una cosa, que uno pudiera vivir la vida como hace su arte. No siempre es posible, porque la vida es una cosa muy compleja, con muchísimos aspectos, y una de las cosas más difíciles que hay es integrarlos. Por ejemplo, yo soy una escritora mujer, y durante muchísimo tiempo tuve que integrar los distintos aspectos de mi vida: la maternidad, la pareja, la sexualidad, el supermercado, el gimnasio, el estudio, la escritura…

La literatura como encuentro entre «dos soledades»

P: Define a Cornell como un flâneur, pero también como un recluso que creaba aislado en su casa en Avenida Utopia, que no abandonó en toda su vida. También en su obra habla a menudo de la soledad que acompaña al proceso de escritura. ¿Hay realmente soledad en una obra como la suya, siempre en diálogo con tantos otros artistas y escritores?

R: La soledad es metafísica. Para escribir y para crear, como decía Joyce, «es necesario la audacia, el exilio y la astucia». De alguna manera, la soledad y el silencio son muy importantes para la creación. Son muy raros los casos como el de Jane Austen, que escribía en el salón familiar. Es muy difícil; uno necesita tiempo de lectura, de contacto con el eje, con el ser o lo integral de quién soy en lo más profundo. Yo necesito estar en contacto con eso para poder escribir.

P: Rescata en Elegía Joseph Cornell una cita de Adam Gopnick: «El suyo es un arte de la añoranza: prefería el boleto al viaje, la postal al lugar, el fragmento a la totalidad». La idea de fragmentación es bastante recurrente en su propia obra, tanto en su contenido como en su forma. ¿Prefiere usted también el fragmento frente a la totalidad?

R: El fragmento me interesa porque se parece al poema, porque es breve, y termina como dejando algo en el aire. Generalmente, la última frase de un fragmento no resuelve. En algún lugar escribí «un fragmento es como una idea musical». La totalidad supuestamente resolvería. Hay una cineasta argentina que dice, un poco en broma: «¿ustedes vieron en la vida algo que tenga una conclusión?». Las cosas se van moviendo, somos atravesados por la impermanencia. El fragmento permite ir captando instantes que no son necesariamente un inicio, desarrollo y final.

P: Por eso diría usted en El corazón del daño «no existe más fidelidad a los hechos que equivocar el rumbo o divagar».

R: Exacto. Es un poco lo que hace la escritura, divaga. Otra vez la idea del flâneur, que va, viene, toca, experimenta y se acabó. Deja al lector, al que escucha o al que mira a merced de sí mismo. Lo ayuda a reencontrarse. Si el libro es bueno, si la obra o la pieza musical son buenas, trasladan la experiencia al que los está viviendo, que siente lo mismo o algo parecido a lo que sintió el compositor, la pintora o el escritor.

P: O sea, que a pesar de ser algo que se produce en soledad, el arte también es un medio para alcanzar al otro.

R: Por supuesto, pero lo alcanza en la soledad del otro. Son necesarias dos soledades para encontrarse. Esto tiene que ver también con la calidad de la obra. Una novela entretenida, por ejemplo, no produce lo que estamos diciendo. Estamos hablando de obras con una conciencia muy aguda del lenguaje, el instrumento del que disponen los escritores, y que produzcan sobresaltos en el lector, que no le den todo masticado, digerido y facilito.

Por ejemplo, hay una novela de Marguerite Duras que dice «escribir es aullar sin ruido». No se puede parar ahí. ¿Cómo puede ser que escribir sea aullar, y después, sin ruido? Es un desafío que hace al lector. Los lectores también tienen distintos niveles de lectura. Un buen lector se detiene en esa frase y reflexiona, piensa, siente cosas.

«Yo digo que la escritura tiene que ser indócil»

P: Ha defendido muchas veces lo que llama la escritura «indócil». ¿Sería también indócil frente a las expectativas del lector?

R: Con indócil me refiero más bien al discurso dominante, al discurso del mercado literario, a lo convencional. No hablo de indocilidad frente al lector; yo tengo confianza en el lector. Hay una serie de expectativas del mercado literario con respecto a las obras, y de autores que responden a esas expectativas. A veces se produce una confusión; no todo lo que hay en la mesa de novedades es bueno. Yo digo que la escritura tiene que ser indócil frente al discurso calcificado, consabido, convencional, y frente al discurso del poder, también, que quiere que los significados estén cerrados.

P: Por eso decía en un discurso, Seis fragmento a favor de lo indócil, que no conoce mejor antídoto contra el autoritarismo que la poesía.

R: Hay un poeta brasileño, Paulo Leminski, que dice «la poesía es un inutensilio». En realidad, la poesía no tiene tema, no tiene mensaje, no sirve para nada, pero sí para provocar una especie de cortocircuito dentro de la lengua. Uno se pregunta, leyendo un poema, ¿significa esto o lo otro? No; significa esto y lo otro, las dos cosas. La poesía enarbola la ambigüedad, la ambivalencia, la duda, la equivocación. Eso ya es subversivo para el poder, que quiere que las cosas sean o blancas o negras, o buenas o malas. No quiere ningún tembladeral en el lenguaje. El lenguaje se puede usar para el arte, pero también para la dominación, y hay muchos ejemplos de ello en la historia. En ese sentido, la poesía es un antídoto.

P: En estos momentos estamos viviendo un auge del pensamiento totalitario y, en el campo de lo creativo, de la inteligencia artificial. ¿Le preocupa que la imaginación y que ese espacio para la duda que reivindica, y que aprecia, por ejemplo, en la obra de Cornell, estén perdiendo terreno en este contexto?

R: No. Para que la inteligencia artificial pudiera reemplazar al arte, tendría que experimentar la muerte. Nosotros nos olvidamos de eso, dicho un poco rudamente, de que en cualquier momento nos apagamos. La vida es finita, se acaba, y eso nos angustia, es una cosa dificilísima de tolerar, la finitud. Cuando uno tiene conciencia de eso, se embebe en el lenguaje. La inteligencia artificial no puede hacer eso. Puede reemplazar a los que escriben los guiones de Netflix, puede escribir novelas best-sellers, pero lo que yo estoy diciendo no tiene nada que ver, ni le llega.

P: No puede hacerse esas grandes preguntas que comentaba al principio: la muerte, por qué estamos aquí…

R: Más allá de que no se pueda hacer las preguntas es que no lo vive. La idea de que todo cambia y nada es para siempre, la pérdida permanente de las cosas, es una experiencia común de todos los seres humanos. Eso es una experiencia, no una pregunta. El cambio en el cuerpo, las enfermedades, el paso del tiempo… Son experiencias humanas, algo que no puede sentir la inteligencia artificial.

«La biblioteca, para un escritor o una escritora, es como una radiografía del cuerpo»

P: Ha convertido su biblioteca personal en parte de su obra y se ha rodeado de una colección de artistas a los que admira. Incluso a la hora de abordar la figura de Joseph Cornell dedica un espacio a su «biblioteca secreta». ¿De dónde sale ese ánimo por registrar, catalogar o coleccionar?

R: Cuando yo era jovencita, hice un doctorado con una tesis de Alejandra Pizarnik. Una de las cosas que yo sentía, como deseo, era «cómo me gustaría acceder a su biblioteca». Uno en una obra más o menos puede darse cuenta de quién influye, aunque el escritor no lo diga específicamente, pero no es lo mismo que saber cuáles son sus lecturas tutelares. Siempre tuve la fantasía personal de conocerlas. Así que pensé que, en lugar de que los lectores se las tuvieran que imaginar, yo las iba a poner en un libro. No solo los libros que he leído y me gustan, sino los que he releído y que puedo querer releer. La biblioteca, para un escritor o una escritora, es como una radiografía del cuerpo; forma parte de su ADN.

Alejandra Pizarnik | Fuente: Desconocida

P: También es posible que revele algo más allá del análisis evidente de las influencias, un aspecto secreto del autor.

R: Claro; tiene que ver con los gustos, las pasiones, la estética que tiene el escritor. Por ejemplo, la lista que yo armé, Colección permanente. De Rilke, que ha escrito tantos libros de poemas hermosos, yo elijo Los cuadernos de Malte. De Borges, los Textos cautivos, que son unos mini textos que escribía para una revista que se llamaba El Hogar, que publicaba cosas de costura, de cocina, etc. Dentro de la producción de esos autores, me interesa el margen. De Fleur Jaeggy, la escritora suiza, que me gusta muchísimo, y cuyo libro más importante y famoso es Los hermosos años del castigo, elijo Las estatuas de agua, un libro mucho más desarticulado, mucho más rupturista. Armo una especie de rompecabezas de gustos, de estéticas afines.

«Lo que pasa ahora en EE.UU. es un espanto y un retroceso impresionante»

P: En línea con lo que comentaba de la figura de flâneur de Cornell, ¿toma inspiración también de las ciudades en las que vive?

R: La ciudad para mí es muy importante. En el prólogo de La idea natural, que también está publicado por Acantilado, yo cuento que cuando vivía en Nueva York me vino a visitar un amigo de São Paulo, que es una metrópolis gigantesca. Entonces yo pensé a dónde lo podía llevar, y se me ocurrió llevarlo al Central Park. Estábamos allí cuando en un momento él me dijo: «María, ¿podemos salir de aquí? Me marean tantos árboles». Me hizo mucha gracia, porque a mí tampoco me gustan los espacios de mucha naturaleza; me encantan la ciudad, los bares, los cafés, las terrazas, la gente caminando, los taxis, los ruidos… Todo lo que no debería gustarme. Las ciudades, como diría Baudelaire, son como «ensoñaderos», lugares donde pasan muchas cosas interesantes en las calles si uno va mirando: personajes, expresiones de la gente…

P: Del mismo modo en que le interesa la ciudad, como a Cornell, me pregunto si también tendrá en común con él la idea del «viaje inmóvil», de no moverse mucho, o si le gusta más viajar.

R: Yo he viajado mucho más que Cornell. Nací en un lugar, mis padres se trasladaron cuando era bebé, viví mi infancia en Argentina en otro lugar, después me fui de adolescente a Buenos Aires, después a Nueva York, después volví a Buenos Aires… Viajo constantemente. Pero el otro día leía una cosa que dijo el filósofo francés Gilles Deleuze, al que le preguntaban si él todavía viajaba mucho, y él decía: «No, ahora tengo intensidades quietas». En algún momento voy a llegar al momento de Gilles Deleuze, espero.

P: Como ha comentado que vivió mucho tiempo en Nueva York, siendo argentina, e incluso se doctoró allí en la Universidad de Columbia, ¿cómo percibe la persecución a migrantes, en especial latinoamericanos como usted, que está sucediendo ahora en Estados Unidos?

R: La situación en Estados Unidos es de terror, pero no solamente allí. Los movimientos de ultraderecha están pululando y surgiendo por todos lados, también en Europa, y en Argentina tenemos un discípulo de Trump. Lo de Estados Unidos es terrible y además es muy penoso, porque es un lugar que está hecho de lo que se decía en una expresión en inglés, el melting pot. Roma, por ejemplo, era un lugar que vivía, crecía y se desarrollaba gracias a todo lo que aportaban los inmigrantes de aquel momento. El centro del imperio estaba lleno de gente que venía del Medio Oriente, de Egipto, de Grecia y demás.

En Estados Unidos era esa la idea: que la fuerza del país venía de las contribuciones que han hecho los inmigrantes, sin olvidar que los primeros colonos norteamericanos vinieron de afuera, con el Mayflower de Inglaterra. La inmigración se veía como algo positivo del país, y siempre es enriquecedora desde el punto de vista cultural, de las formas de pensar, y ayuda a que el medio sea menos autorreferencial, endogámico, que se abra a otras formas de ver el mundo. Lo que pasa ahora en EE.UU. es un espanto y un retroceso impresionante. Estoy preocupadísima; a parte, tengo a mis dos hijos viviendo allí, así que lo conozco y lo vivo de cerca.

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