Fito lo vuelve a hacer: con todas las entradas de sus conciertos agotadas tras una gira mayúscula, el bilbaíno cierra dos noches en Madrid y se acerca al final de gira en su casa
Aunque Fito quiera empezar la casa por el tejado, el cantante también tiene muy claro cómo levantar (antes de que cuente diez) a toda una ciudad en dos horas de concierto. Y así fue en Madrid. Después de una gira recorriendo prácticamente todas las ciudades de España, vuelve a Madrid, donde ya había tocado, para despedirse por todo lo alto de su Aullidos Tour.
Pasadas las 20:30, la sábana que cubría el escenario cayó, dejando ver la figura de un reconocible Fito al que ya todos ponen cuerpo, voz y alma. A contraluz abrió la noche que precisamente se vivió así, a contraluz. Con la figura de un Fito deslumbrante que servía de foco y que cegaba con los acordes de su guitarra. Al grito de “Buenas noches, Madrid” se presentaba el cantante, que se reencontraba con la capital en la última noche de gira fuera de su Bilbao.
Los ojos como el coyote cuando ve al correcaminos
El arranque fue directo, casi sin permitir tregua. Un buen castigo llegó pronto, con Fito señalando “sus ojos del coyote” como quien sigue interpretando cada palabra incluso después de haberla cantado miles de veces. Porque Fito es el coyote y su música el correcaminos, esa carrera insaciable y sin fin y con esa energía de seguir viviendo cada canción como si fuera única.
Es ahí donde la banda se alineó sobre el escenario, compartiendo foco, y Fito empezó a mostrarse especialmente vulnerable. Emocionado. Cercano. Como si Madrid le pesara distinto.
Por la boca vive el pez y Me equivocaría otra vez fueron momentos claves de la noche. Dos temas atemporales que han marcado la carrera musical del cantante, y él lo sabe. Se abrazó con Carlos Raya. Breve, sincero, sin necesidad de teatralidad. Dos músicos, dos viejos compañeros, dos supervivientes de muchas carreteras y carreras.

Whisky barato y la bendición de Fito
A la orden de “Madrid, vamos a bailar un poquito”, el público, que ya era un hervidero, siguió las órdenes de su amo Fito a la escucha de los primeros inolvidables acordes de Whisky barato. El gran protagonista de esta canción, como siempre es, fue del violín de Diego Galaz, dejando boquiabiertos al público con su virtuosismo y su narrativa. En este punto uno se plantea si ese Whisky era o no tan barato, pero vale completamente la pena.
“Sois una puta bendición” coronaba Fito como una verdad sin adornos. El cantante llegaba a su momento más álgido de la noche y su público no tardó en responder coreando su nombre en bucle hasta la saciedad. Como parte de una tradición ya repetida cada noche en todas las ciudades del tour, la banda grabó uno de sus saludos colectivos, esta vez con destino a Bilbao. Un guiño de carretera, de gira viva, de ruta. La ciudad recibió gritos y envió otros aullidos al norte del país, donde Fito finalmente se despedirá de esta gira.
Soldadito marinero, dedicada a su madre
Cuando llegó Soldadito marinero, Fito se la dedicó a su madre. Esa canción que todo el mundo conoce, pero de la que nadie recuerda el momento exacto en la que dejó de ser “nueva” para pasar a convertirse en un himno. Una canción que nació justamente para lo que es ahora. Esta canción, que era dueño de todos, encontró una nueva capa de sentido cuando se la dedicó a su madre. Madrid la cantó como siempre, sí. Pero también como si, por unos minutos, todos entendieran que algunas canciones no envejecen porque siguen encontrando nuevas razones para sentirlas.
Para poner el broche de oro final a la noche más perfecta, Fito recordó a su amigo Robe con la cover de Entre dos mares y finalmente Antes de que cuente diez. Sus versos se clavaron como espadas y quedaron suspendidos sobre el Movistar Arena, flotando entre miles de gargantas: «Y no volveré a quererte tanto, y no volveré a dejarte de querer…».

“Espero no llorar”, confesó Fito.Y por un instante pareció olvidarse de algo: que allí dentro no era el único sintiendo cada palabra como si no llevara décadas escritas. Con un Fito arrodillado y quitándose su emblemática boina, el cantante recibía los últimos aullidos del Movistar Arena de Madrid, preparado para cerrar en su casa la gran gira de Fito & Fitipaldis.


