Más de 45.000 personas pasan por el Recinto Expo en una segunda jornada marcada por Guitarricadelafuente, Siloé, Ultraligera, La M.O.D.A. y La Plazuela
Si el viernes había dejado el listón alto, el sábado decidió no mirar hacia abajo. El Vive Latino 2026 en Zaragoza afrontaba su segundo y último día con una previsión de público superior a la primera jornada y la realidad terminó dando la razón: más de 45.000 personas se acercaron al Recinto Expo para despedir una edición que ha vuelto a colocar a Zaragoza en el mapa de los grandes festivales. El calor seguía haciendo de las suyas, pero a estas alturas nadie parecía dispuesto a negociar con el termómetro.
El segundo asalto también tenía pólvora
La jornada comenzó con acento local. Multipla, dúo aragonés, fue el encargado de abrir el día y de demostrar que jugar en casa también puede ser una responsabilidad. Poco después, B.V All Stars tomaba el escenario Caja Rural mientras Biznaga comenzaba a poner en marcha la maquinaria del escenario principal. El festival volvía a coger velocidad casi sin necesidad de arrancar.
Con el sol todavía arriba, El Verbo Odiado, Veintiuno y Los Hermanos Martínez fueron haciendo bajar la temperatura a su manera: a base de canciones. Tres propuestas diferentes que mantuvieron al público en movimiento y que dejaron claro que el Vive Latino no necesita esperar a la noche para empezar a jugar sus mejores cartas. El ambiente ya estaba hecho.

Vive Latino 2026: cuando el sol se esconde, empieza lo serio
A las 20:05 llegó uno de los nombres marcados en rojo en muchas agendas: Guitarricadelafuente. Y no decepcionó. Su actuación tuvo esa dimensión de concierto que explica por qué parte del público había acudido al festival prácticamente con una misión: verlo a él. Un directo abrumador, de los que dejan la garganta tocada y la sensación de haber asistido a algo más que otro concierto.
Después llegó una sucesión de nombres que fue cambiando el color de la tarde. Ojete Calor, Esteman, Daniela Spalla y División Minúscula acompañaron la caída del sol mientras el recinto se iba preparando para una de las franjas más potentes de la jornada. La noche comenzaba a tomar el control y Zaragoza ya había dejado atrás buena parte del calor.
Entonces apareció Siloé. La banda vallisoletana volvió a demostrar por qué lleva tiempo teniendo a medio país pendiente de sus pasos. Saltos, gritos y un público completamente entregado convirtieron su actuación en uno de los grandes momentos del festival. Y cuando llegó Todos los besos, aquello fue un desmadre por completo.

Camisetas que ya sabían lo que venía
Mientras Siloé terminaba, Ultraligera hacía lo propio en Caja Rural de Aragón. La expectación se podía medir antes incluso de que empezara el concierto: camisetas de la banda ondeando desde primeras horas, grupos de amigos esperando su momento y una sensación bastante clara de que aquel era uno de los conciertos que muchos habían venido a buscar.
Al mismo tiempo, Begut, artista aragonesa y miembro de la banda de Carlos Ares, defendía su propuesta en el escenario VL ante un público que siguió cada canción con especial atención. Otro ejemplo de cómo el festival consigue colocar propuestas locales junto a nombres de alcance nacional sin que ninguna parezca estar fuera de lugar.
Y llegó La Maravillosa Orquesta del Alcohol (LA M.O.D.A.). El escenario principal volvió a llenarse de ese sonido reconocible que ha convertido a la banda en una de las propuestas más queridas del país. Era el cierre de uno de los grandes escenarios, pero todavía quedaban cartas sobre la mesa.
El último baile no quería ser el último
En otros puntos del recinto, Sonido Gallo Negro y Rialto también encaraban sus últimos compases. El festival comenzaba a despedirse por partes, escenario a escenario, pero todavía faltaba encontrar quién tendría la última palabra. Y el nombre elegido para hacerlo no podía ser más adecuado: La Plazuela.
El dúo granadino se encargó de poner el broche de oro a la edición con una mezcla de electrónica, pop y raíces que terminó desbordando el recinto. Su música viajó mucho más allá del escenario y se convirtió en la última gran banda sonora de un festival que durante dos días había conseguido juntar generaciones, estilos y acentos muy diferentes.
Con ellos se apagaron los focos, pero no exactamente la sensación de que aquí acababa algo. Porque una edición así no desaparece cuando termina el último concierto. Queda en las fotos, en las camisetas, en las voces rotas y, sobre todo, en esa conversación inevitable de camino a casa: “¿Has visto lo de…?”. El Vive Latino 2026 había terminado.
Y Zaragoza puede presumir de haber vuelto a acogerlo. Más de 45.000 personas en esta segunda jornada y una edición que ha dejado el listón especialmente alto. Además, la maquinaria de 2027 ya empieza a moverse, con artistas confirmados para una próxima edición que tendrá la difícil tarea de superar lo que acaba de ocurrir. No será sencillo. Pero si algo ha demostrado el Vive Latino es que sabe cómo hacer que Zaragoza vuelva a querer más.


