En 206 minutos de metraje el cineasta estadounidense reproduce la despiadada movilización del hombre blanco en busca de petróleo en la América profunda
Robert De Niro, Leonardo DiCaprio y Lily Gladstone encabezan la obra estrenada en Cannes el pasado mayo y que llegará a los cines el 20 de octubre.
Si la fiebre del oro enloqueció a bandidos y no tan bandidos a finales del siglo XIX y principios del XX, más tarde llegaría la locura por el oro negro. No lo buscarían en el Oeste o en México como en la obra maestra de John Huston El tesoro de Sierra Madre. Sino que Martin Scorsese sitúa la fiebre por el petróleo en Fairfax, hogar de la Nación Osage. Scorsese se rodea de sus actores de cabecera, De Niro y DiCaprio, para narrar la llegada del hombre blanco a tierras indígenas y su implicación en la avalancha de asesinatos Osage.
Un relato marcado por la codicia
La primera escena de Killers of the Flower Moon -brillante- nos revela el instante en el que los Osage descubren que bajo sus pies se encuentra el recurso que cambiará el rumbo de su pueblo. Las cabañas pasan a convertirse en casas y las pequeñas aldeas en pueblos que se van engrandeciendo con la llamada del dinero fácil. Uno de los que atendió la llamada del papel verde fue Bill Hale (Robert De Niro), que se alza como el patriarca de Fairfax, llamado Rey por todos los ciudadanos, una figura de consenso. Acomodado en el sillón de su envidiable oficina aguarda la llegada de su sobrino. Ernest Burkhart (Leonardo DiCaprio), un joven con pocas luces, llega desde las trincheras de Francia a hacer dinero bajo la custodia de su tío.
Enfrente, Mollie (Lily Gladstone) se erige como mujer regia de los Osage, de pocas palabras, pero infinito conocimiento. Suya es la voz en off que enumera las muertes de los suyos en los varios intermedios en blanco y negro que muestra en pantalla Scorsese. El director de tantas películas irrepetibles se vacía y decide ahondar en un tema que necesita de un relato maduro y fiel. Si en Gangs of New York Scorsese contaba el origen moderno de Nueva York, en Killers of the Flower Moon filma la mancha que coincide con la consolidación de Estados Unidos como potencia mundial después de la Gran Guerra.

La confabulación detrás de los crímenes tiene un objetivo muy claro: hacerse con el rico patrimonio que amasan las familias Osage sea cual sea el método. Mollie consigue trasladar el mensaje de la comunidad a Washington y el encargado de hurgar en las redes de los poderes fácticos de Fairfax es el agente del FBI Tom White (Jesse Plemons), que revierte el desamparo institucional sufrido por los Osage. El tejido comandado por un cordial en formas, pero despiadado en fondo Bill Hale se desmorona en una magnífica historia de confesiones y deslealtades.
En esta, Scorsese deja las calles de Brooklyn, pero la familia siempre permanece. Bill Hale se presenta como el padrino y a Byron (Scott Shepherd) y Ernest como los encargados de enriquecerla. Un aire de cine negro, que recuerda al de Chinatown, la convierte en una película que trasciende el motivo histórico y reluce con personajes increíblemente bien redactados. Que no se acabe nunca el cine de Scorsese.


