Por desgracia, la liturgia del minuto de silencio en los estadio ahora es apenas unos veinte segundos de aplausos está en peligro de extinción
El silencio está perdiendo el protagonismo que debería tener en nuestra sociedad. Al igual que la capacidad de reflexión y meditación, el silencio debe conquistar más espacios de nuestra vida cotidiana. El sosiego y la pausa se están convirtiendo en una rara avis.
El ruido nos acaba abrumando a todos. En la calle, ruido; en el metro, ruido; en los restaurantes, por desgracia, más ruido. En los campos de fútbol se presupone que las hinchadas tienen el papel de alentar a sus equipos. Hay estadios más o menos calientes en función de la forma de jugar del equipo o por la sociología del club y su afición. Sin embargo, por norma general, siempre se respeta el minuto de silencio cuando alguien cercano a la institución fallece. Por desgracia, la liturgia del minuto de silencio ahora es apenas unos veinte segundos de aplausos. Está en peligro de extinción.
Los ingleses, inventores de todo y ganadores de nada, son unos maestros en la creación y conservación de rituales ligados al mundo del fútbol. Una de las primeras veces que enmudecí viendo un partido de fútbol no fue con un gol en contra del máximo rival en el descuento, que desafortunadamente suele ocurrir, sino que fue con un partido del Liverpool en Anfield.
Aquel día en la casa de los reds, una de las grandes catedrales del fútbol, se conmemoraba a los fallecidos en el estadio de Hillsborough en 1989. El minuto de silencio me cautivó. Me enamoré del silencio viendo al capitán Steven Gerrard al borde de la lágrima mientras recordaba a los hinchas del Liverpool que murieron aplastados por culpa de la incompetencia policial. Aquel silencio sepulcral se podía oír.
Cuando fallezca no me van a rendir un homenaje como a los 97 aficionados fallecidos en Hillsborough, ni tampoco me van a levantar una estatua al lado de Anfield, como al eterno Bill Shankly. Nick Cave cantó A Rainy Night in Soho en el funeral de Shane MacGowan, líder de la banda irlandesa The Pogues, y no sería una mala opción que el artista que más y mejor canta a la muerte lo hiciera en mi último día. Pero por nada del mundo quiero que enmascare un minuto de silencio por veinte de segundos de aplausos. Sería morir dos veces.

